Abonado al vagón de cabeza

Rahm, durante el torneo. /AFP
Rahm, durante el torneo. / AFP

Quinto en Medinah, Rahm se rinde ante el estado fuera de serie de Thomas, Cantlay y Matsuyama, pero llegará bien colocado a la final del Circuito Americano

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Como la pasada semana, y las anteriores que ha jugado, Jon Rahm puede actualizar su estado de ánimo con el inconformismo que lleva implícito su ser. Lamentaba en New Jersey que los Top10 no le satisfacen. Están bien, procuran dólares y puntos a porrillo, pero él busca el premio gordo, el número uno, ganar. Lo ronda, lo roza, va y viene en la clasificación durante 72 hoyos y se marcha del campo de turno, en caliente, con cierta desazón que retroalimenta su ambición de cara a la siguiente cita. Había llegado a su estreno en el escenario icónico de Medinah con hambre, seguro de seguir proyectando el buen juego que no le ha abandonado durante el verano. En otras condiciones quizá podría haberle bastado. Pero en Illinois florecieron rivales en estado de gracia ante los que resultó imposible competir.

La barbaridad de Justin Thomas el sábado –un once bajo par de otro planeta– dejó un testigo que ayer recogió Matsuyama para firmar su segunda vuelta de -9 durante la semana. De no haber mediado su pinchazo la víspera, el torneo podría llevar ahora su nombre en la peana. Rahm trató de evadirse del liderato del estadounidense y centrarse en la búsqueda de una segunda plaza que era canjeable por idéntico puesto para la llegada a la final de la FedEx Cup. A la derecha tienen cómo partirán el jueves en East Lake los 30 finalistas del Circuito Europeo. Pelear por acabar lo más alto posible tenía premio extra.

Quizá se esperaba mayor agresividad del de Barrika, entendida como una apuesta más firme por acercar la bola. Pero a la vez necesitaba mantener su atención en lo que venía haciendo el trío del partido estelar. Ver a Thomas y Cantlay pinchar en la primera bandera dejó en 'stand by' su querencia a las apuestas de todo o nada. Era mucho más lo que podía ganar que perder, porque salvo un hundimiento histórico no se alejaría de la décima posición en la proyección de la FedEx Cup y el botín era idéntica que si concluyera quinto, como hizo.

Jugó muy recto. Dejó la bola once veces en calle y llegó a green con aparente facilidad, aunque hubo hoyos en los que sus golpes sobresalientes previos no hallaron recompensa. Como una hormiguita previsora, comenzó la cosecha en la cuarta bandera con un putt de tres metros y medio. Facturó la séptima desde un paso más y la novena con una de las varias joyas que deja para el recuerdo en su paso por Chicago. Embocar desde doce metros, orgásmica sensación. Llegó a compartir la segunda plaza, pero en cuanto los perseguidores de Thomas se pusieron serios no hubo por dónde meterles mano. Sobre todo un Cantlay que se acercó inesperadamente a dos golpes del liderato, lo que el ganador de la FedEx Cup de 2017 acusó enlazando fallos de salida. Es un jugador genial, en casi permanente estado de gracia, y con la suerte del campeón. El último metro de una valla le evitó un fuera de línea. Un árbol le devolvió la bola a calle. Y él se encargó del resto.

Ventaja sobre muchos gallos

Hay cosas, situaciones, contra las que no se puede luchar, pero Rahm no dejó de buscarle las cosquillas al campo. Cuatro pares por no embocar entre cuatro y seis metros. Un birdie tardío en el 14, otra opción errada desde paso y medio en el 15. Tocaba ponerse la cinta de 'Rahmbo' y buscar el doble mortal con tirabuzón, aunque fuera para alimentar su espíritu y contentar a la galería. Se concentró únicamente en la bandera en el 17, uno de esos pares 3 con la bola sobrevolando el agua. Hizo 'chof' por un metro. Y limitó el daño a un bogey. Daba igual. El resultado de cara a la final de Atlanta era ya inamovible. Se le colaron por dentro Cantlay, Matsuyama y Finau y su aspiración era confirmar que partirá en East Lake con -4, a seis golpes de Thomas. Pero a la vez con ventaja sobre muchos gallos del corral americano. Y, sobre todo, abonado como lleva todo el año, al vagón de cabeza. Jon Rahm aún no ha dicho su última palabra.