Golf

Lo que el sábado se llevó en el Valspar Championship

Lo que el sábado se llevó en el Valspar Championship

Rahm, sexto, rumia en el Valspar el estropicio de la víspera sin el que este domingo hubiera sido uno más en la lucha por la victoria

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Pudo jugar, y bien. Aunque le rondó por la cabeza lo vivido 19 horas antes en la conclusión de su tercera vuelta en el Valspar, Jon Rahm dejó su impronta de competidor nato en Florida. Presentó la mejor tarjeta dominical compartida. Cuando acabó su recorrido la suya fue la referencia en la casa club durante un buen rato hasta que Bubba Watson superó su -5. No esperaba ningún milagro. Pero no pudo evitar rebobinar la cinta, volver a ubicarse en el pozo de las serpientes y entender cómo una 'mocasín' y una 'cabeza de cobre' acabaron con su vida de aspirante al triunfo. El campo, duro como la mojama, citó a fajadores y el de Barrika lo es como el que más. Hizo cuanto estaba en su mano y un poco más, a tenor de los dígitos de la competencia, y aunque le satisfizo otro Top10 (sexto puesto final) para incluir en su lista de 2019 no dejaba de hacerse la pregunta del millón, la que no tiene respuesta, esa que comienza en modo condicional. ¿Y si...?

Rehacerse, volver a la carga, ponerse en marcha con dos birdies, es el retrato robot de un jugador que se resiste a dar nada por hecho cuando quedan banderas por atacar. Reivindica el golf como un juego vivo, cambiante, un ejercicio de superación constante. Repite en cada torneo que juega que a sus 24 años es un jugador nuevo porque también lo es como persona. Cosas del coco. A él le sirven y lo demuestra. Más allá de la contención de su ira –ahora no se habla tanto de los arrebatos de otros jugadores punteros–, es una suerte de carril, como las barreras que ponen a los peques en las boleras americanas para que las bolas no se pierdan por los pasillos. Sus ideas también van así encauzadas y por ello es posible que le doliera saberse entre los elegidos y no poder confirmarlo por la letal traca final de la víspera. Lo que el sábado se llevó.

Disfrutó de la jornada, pero desde la idea de estar aún en carrera. Un gran putt de 11 metros para eagle en su vivero del 1 –birdie los cuatro días– rematado desde medio metro, seguido de un toque en el green de seis metros a la cazuela. Dos birdies y mucha adrenalina concentrada. ¿Y si...? Ya no era una pregunta, sino un deseo difícil de contener. El campo le dio una toña en el 3. Falló un putt de metro y medio, una distancia que ha tenido miga, mala.

Fue descontando banderas sin más máculas y eso era en sí un éxito, una forma de asegurar ganancia clasificatoria. El campo había dejado de estar tragón por la dificultad para encontrar calles y la dureza de sus tapetes a la hora de patear. Y daba avisos en los partidos precedentes. Tanteos altos y accidentes de siniestro total, como el de Sergio García en el 16 con dos bolas al agua y un quíntuple bogey (9 golpes) que destrozó su buen día hasta entonces.

Esta vez sin veneno

Aterrizaba más en los fringes (collarines), pero el putt ha sido esta semana uno de sus mejores palos. De hecho, las salidas y conclusiones le han procurado la mejor nota y el juego medio, los segundos golpes, han sido su mayor freno. Se metía en algún fregado, como tres roughs seguidos en el 5 y el 9. Salía airoso con la manita en el par 5 y cobraba impulso en el 8 con un putt de siete metros perfecto. Tercer birdie. Pero el juego no recto le privó de disfrutar del premio y otras tres bolas sin pisar calle y retrasar la llegada a green le maniataron en el 9.

El segundo tramo lo niqueló. Copperhead se había revuelto. Era noticia que en algún partido estelar hubiera alguna vuelta provisional bajo par y Rahm no tardaba en seguir facturando. El 11, su otra bandera de la suerte en Palm Harbor (conquistada de viernes a domingo). En el 14 se quedó a un dedo de eagle en el paso de la bola tras patear desde 16 metros y solventó sin mordeduras su regreso a la cueva de las bichas. Ya se había llevado lo suyo la víspera.

Esperando con la mejor tarjeta en la casa club vio desfilar unos cuantos cadáveres. Se quedó al final a tres golpes, los que le arrebató el campo el sábado en su encerrona de despedida, pero la sensación rezumaba optimismo, fe y ganas de empezar el miércoles los cuerpo a cuerpo en el Mundial Match Play. Casey supo sufrir y sólo respiró con un bogey de Kokrak en el 18. Porque Dustin Johnson, número 1 del mundo, había entregado la cuchara con un +3 dominical. Mucho mérito lo de Rahm.