Messi, preso de Argentina

Messi cabizbajo durante el partido ante Croacia./EFE
Messi cabizbajo durante el partido ante Croacia. / EFE

Calificado en su país como el «peor mejor jugador del mundo, le pesa la presión de llevar a hombros a su selección

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Mientras sonaba el himno argentino, Leo Messi se frotaba con una mano la frente. La cabeza gacha. Algo le pesaba. Miraba la nada o cerraba los ojos, como si así pudiera borrar lo que veía. Su propia afición le parecía el cañón de una pistola. Sentía que toda Argentina se había encomendado a su talento. Le exigían ser el salvador de la patria. Messi es un mito presente. En el Barça, bien rodeado por delineantes de pases como Iniesta, parece flotar sobre el campo, ingrávido, con el balón atornillado al tobillo. En la selección albiceleste, sus pies se hunden en el césped. Y hasta le falla la puntería como en el penalti ante Islandia en el partido anterior. Por eso, durante el himno antes del encuentro frente a Croacia, Messi dio el primer síntoma de la catástrofe que venía: el 0-3. Esa derrota hundió a Argentina y confirmó la depresión de su líder, del mejor jugador de la historia al que la camiseta albiceleste le sienta como una camisa de fuerza. Le inmoviliza. Messi fue una estatua triste.

«El peor mejor jugador del mundo». Así le definieron en las televisiones tras la debacle. Las descalificaciones trabajaron por turnos. Primero apuntaron al meta Willy Caballero, culpable por el fallo que facilitó el tanto inicial de Croacia. «Caballero se marcó el moco de su vida». Luego le atizaron a Sampaoli, el sobreexcitado entrenador. «Croacia nos pintó la cara». Y, acto seguido, el foco se dirigió a Messi. La estadística del partido le desnudó: se pasó andando, casi deambulando, el 84% de partido y no tiró ni una vez a puerta. Messi, el futbolista que durante años ha ejercido de mago casi a diario, hacía bulto en el campo. Le pesaba la cabeza. Más que la piernas, movía los brazos para ajustarle el peinado y afilarse la barba. Recluido en su burbuja mientras su selección naufragaba. Capitán de un buque desnortado.

«Ya renunciaste una vez a la selección, piénsalo de nuevo», le pedían en una tertulia televisiva de alto volumen. Cierto: en 2016, tras la tercera final perdida, Messi dijo que nunca más jugaría con Argentina. Cuando la rabia pasó, cambió de idea y regresó. En su país no hay estación de paso entre el cielo y el infierno. Y en el fútbol, a un fracaso le sucede de inmediato un nuevo objetivo. Messi se fijó como meta para su redención el Mundial de Rusia y fue él quien logró la clasificación. Por fin parecía con anchura de hombros suficiente para portear a su equipo. Un título mundial le haría definitivamente más grande que Maradona, el mito que no se jubila, la boca que siempre se escucha tras cada tropiezo de Argentina. Sus palabras son lastre añadido sobre Messi, atado a un diván cada vez que se pone la albiceleste. 'Albifuneste', como decía ayer 'L'Equipe'.

A Messi le pesa también la falta de reconocimiento en su país. Cuando todo se tuerce le consideran un europeo. Creció pateando un balón en las calles de Rosario. La pelota era suya y no aprendió a compartirla hasta llegar, aún niño, a Barcelona. En La Masía descubrió que jugaba todavía mejor si se aliaba con otros niños. Montó cuadrilla con Iniesta, Xavi Hernández, Busquets... y ha ganado con el Barça todos los títulos. Tuvo incluso la oferta de jugar con la selección española. La rechazó. Hoy sería campeón del mundo y de Europa. Pero eligió Argentina, un lugar donde más que afición hay devoción por el fútbol. El Mundial es un sueño compartido. Messi nació designado para ser el guía. Y no lo ha sido hasta ahora. No acertó hace cuatro años en el final ante Alemania y en la primera jornada de este campeonato erró el penalti que hubiera dado el triunfo frente a Islandia. Ahí, la bisagra que sostiene el cuello de Messi chirrió. Hacia abajo. La tristeza. El agobio. Piernas de plomo.

El debate no cesa en Argentina. Su selección lleva años tratando de calcar el juego del Barça. En vano. Messi no encuentra allí los mismos suministradores de juego. Al final, todo se reduce al 'pásasela a Leo'. Y Leo no aparece. La afición le acusa de esconderse en el partido con Croacia. Cada vez que las cámaras le enfocaban estaba como en la pose del himno, cabizbajo y palpándose la perilla. Esa imagen de hundimiento interno contrasta, además, con la euforia en la que se ha instalado el otro mito con el que comparte era: Cristiano Ronaldo. El portugués sí ha sido capaz de tirar, él solo, de su selección. Son inversamente proporcionales. Cuando más desciende Messi, más se eleva Cristiano. Las cámaras captaron ayer al luso imitando a Messi. Se tocaba una barba que no tiene. Ronaldo disfruta del Mundial tanto como Messi lo sufre.

En una conversación privada pero desvelada entre Diego Simeone y su segundo entrenador, el 'Mono' Burgos, el técnico argentino del Atlético de Madrid lanzaba esta pregunta: «Para un equipo normal, ¿a quién elegirías? ¿A Cristiano o a Messi?». La pregunta llevaba implícita la respuesta: al portugués. La victoria de Nigeria ante Islandia abre un resquicio para que Messi y la albiceleste se reconcilien con Argentina, a la que espera Nigeria en el último partido de esta fase. Un himno más para ver, al fin, la mejor versión del número uno. Para su liberación.