El River sufre un castigo cruel

Desolación tras el final del partido./Mireya López
Desolación tras el final del partido. / Mireya López

Los verdinegros se quedan sin ascenso tras estrellarse contra el muro del Marino de Luanco y recibir un gol letal a cuatro minutos del final de la prórroga

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

La gran fiesta del ascenso con la que soñaba el Sestao River se transformó este sábado en un funeral inesperado. Es lo que se vivió en Las Llanas, donde los verdinegros chocaron contra una verdadera roca y acabaron cayendo de la forma más cruel, a cuatro minutos del final de la prórroga. El fútbol no concedió a los pupilos de Etxebarrieta ni siquiera el cara y cruz de los penaltis. La injusticia fue evidente. Mereció más el River, pero al César hay que darle lo que le corresponde. El Marino de Luanco dio una lección defensiva magistral, haciendo gala de un oficio muy superior al que uno puede imaginar en futbolistas de Tercera. Si a eso se le añade un golpe de suerte en forma de estocada letal, poco más hay que añadir. Este sábado fue su día. Todo lo contrario que el River, que tardará en olvidar la decepción.

El partido tenía un clave admitida por los dos equipos: el ascenso sería para el tuviera más suerte y dominase mejor la tensión, como sucede en la gran mayoría de las finales. Y la verdad es que no es nada fácil estar templado cuando uno se está jugando en noventa minutos la ilusión y el trabajo de once meses. De hecho, hasta los aficionados sestaotarras que abarrotaron las gradas de Las Llanas eran incapaces de disimular la tensión en los prolegómenos del partido, por mucho que la adornaran con un disfraz festivo. Lo mismo ocurría, por supuesto, con los cuatrocientos luanquinos presentes en Sestao, gente animosa que se agrupó en las redes sociales a través de un hashtag entre rústico y cachondo: alzaelrabumarinín. A saber qué se han inventado para celebrar el ascenso.

Había tanto en juego que la carga eléctrica de las dos esperanzas enfrentadas iba condicionarlo todo. En cuanto el balón se puso a rodar, quedó claro que el partido iba a ser un 'remake' del disputado hace una semana en Luanco. La única diferencia era que el River iba a acentuar su dominio, pero el desarrollo del juego iba a ser el mismo: dos equipos muy igualados que se respetaban al máximo y no se hacían la más mínima concesión. O dicho de otro modo: veintidós futbolistas picando piedra sin parar y el triunfo acostumbrado en esos casos de las defensas sobre los ataques. En este aspecto, el Marino volvió a demostrar una fiabilidad espectacular. No era una casualidad que los pupilos de Oli se presentaran en las Llanas sin haber encajado un gol en los cinco partidos que llevaban de Promoción. Parecían la típica escuadra italiana cuyos defensas aprendieron a defender y a tirar de catenaccio al mismo tiempo que les salían los dientes. Sus centrales, Trabanco y Pantiga, dieron una lección de saber estar. De haber estado en la grada, Chiellini hubiera bajado a felicitarles a los vestuarios.

Los asturianos fueron, en fin, un hueso durísimo, para el River, cuyo dominio era casi siempre infructuoso. Un disparo desde fuera de área de Huidobro en el minuto 14 y, sobre todo, un remate casi a bocajarro, en el rechace de una falta, de Zumalakarregi fueron las dos únicas ocasiones de los verdinegros dignas de tal nombre. El resto fueron córners, faltas y aproximaciones voluntariosas que la retaguardia luanquina solucionó sin grandes agobios. Rabanillo, de hecho, no tuvo que lucirse. Tuvo poco trabajo, pero todavía tuvo mucho menos Ibon. Con Morán peleando como el llanero solitario en ataque, el Marino sólo creo peligro en una falta rápida que sorprendió a la defensa verdinegra. Y fue en el minuto 36.

En esa tesitura, era obligado preguntarse cuál era el plan de los asturianos. Probablemente, aguantar de la misma manera, aprovechándose de su dura coraza, haciendo faltas tácticas con unos automatismos muy bien estudiados, dejando pasar el tiempo hasta encontrar en la segunda parte la pepita de oro del gol en alguna jugada aislada. Ciertamente, no era un plan muy sugerente, pero la convicción con el que lo llevaban a cabo les hacía muy peligrosos. Tenía que hilar finísimo el River y eso no era fácil con tan pocos espacios y tanta tensión. Monteiro dispuso de dos ocasiones en los minuto 71 y 75. En ellas pudo estar el ascenso. El jugador sestaotarra, sin embargo, no acertó a armar bien sus tiros para desesperación de una grada que acabó resignándose lentamente, como uno se resigna al mal tiempo, a la tortura de la prórroga.

Fueron treinta minutos agónicos, una verdadera lucha por la supervivencia entres dos equipos que llevan once meses en el tajo. Txema Pan fue el primero en caer, derrengado. Hugo Cabanas salió en su lugar. Fue el segundo cambio de Etxebarriera tras el que hizo en el minuto 83 sacando a Pacheco por Monteiro. Una peligrosa llegada del Marino nada más comenzar la prórroga pareció insinuar un cambio de guión en el partido, roto por el desgaste físico. Pero no. Todo continuó igual, con el Marino demostrando una habilidad extraordinaria para hacer faltas tácticas y cargarse de tarjetas sin que ninguno de sus futbolistas repitiera. Hasta ocho llegaron a ser amonestados y ninguno vio la roja, que era una esperanza que tenía el público de Las Llanas. A algo había que agarrarse en medio de una igualdad tan asfixiante, de un duelo que acabó teniendo un destino realmente cruel para el River. Justo después de que Villar tuviera una buena opción de hacer el 1-0 en un tiro desde la media luna, el Marino marcó en una jugada de estrategia a cuatro minutos del final. Falta bien puesta por Alex Arias, prolongación de Trabanco y cabezazo de Morilla. Y todo se acabó.