¿Las horas contadas de Ernesto Valverde?

Ernesto Valverde en el banquillo del Barcelona en la final de la Copa del Rey./AFP
Ernesto Valverde en el banquillo del Barcelona en la final de la Copa del Rey. / AFP

En Barcelona dan por hecho que Txingurri, condenado por las derrotas en Champions y Copa, será destituido. Roberto Martínez se perfila como su sustituto

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Una de las leyes no escritas del fútbol advierte de que, cuando el presidente de un club defiende en público a su entrenador y le colma de elogios, éste tiene muchas razones para irse a casa y empezar a hacer las maletas. Sin embargo, el apoyo tan explícito de Josep María Bartoméu a Ernesto Valverde tras el desastre de Anfield, que tanto contrastó con la frialdad del año pasado después de caer en Roma, hicieron pensar que la continuidad de Txingurri no peligraba esta vez. A esta impresión contribuyó también la propia reacción del técnico tras el 4-0. Lejos de parecer hundido, se esforzó por dar la imagen contraria, la de un hombre firme que se rebela ante la adversidad. Quiso tragar veneno, como suele decir Marcelo Bielsa, ejercer de líder y levantar, uno a uno, a todos sus jugadores heridos en el campo de batalla.

Valverde, por supuesto, estaba pensando en la final de Copa. Le obsesionaba el doblete. En cierto modo, lo veía como su salvoconducto. Las dos Ligas y las dos Copas en dos temporadas las interpretaba como el argumento irrefutable que convertía en palabrería de vendedor de elixires el discurso de sus críticos y de tantos y tantos expertos en la disección de fracasos ajenos. Y no le faltaba razón. De haber ganado el sábado al Valencia -y no digamos nada de haberse repetido una exhibición de fútbol como la del año pasado ante el Sevilla-, Valverde hubiera podido cumplir su contrato, que el pasado mes de febrero prorrogó hasta 2020.

La derrota, sin embargo, tuvo un efecto demoledor. Vino a ser como un tiro de gracia. La prensa catalana coincidía ayer en que la destitución de Txingurri es cuestión de tiempo. De muy poco tiempo. A última hora de la noche, sin embargo, el departamento de prensa del club trasladó a diversos medios que Bartoméu mantiene su apuesta por Valverde. Otras fuentes apuntaban que se está librando un pulso en la directiva sobre la continuidad o no del técnico.

Para todos los medios catalanes, en cualquier caso, Roberto Martínez, actual seleccionador de Bélgica, es el favorito para sustituir a Valverde. El club se limitó a asegurar que se encuentra «en un periodo de reflexión», pero todos interpretaron ese mensaje de la misma manera: la directiva, simplemente, no quería que su decisión de destituir al técnico al que renovó hace tres meses pudiese parecer el arrebato de un perdedor. Y el que menos lo quería era Bartoméu, que contaba con la victoria en la Copa para defender la continuidad de Valverde. La derrota y, sobre todo, la reacción del técnico le dejaron en una posición muy débil ante sus compañeros de junta.

Sin disimulos

Txingurri quedó muy abatido. Tampoco es que se le viera destrozado por los remordimientos y escuchando voces del más allá, como Edward G. Robinson en el final de 'Perversidad', que es la imagen terrible que uno podía llegar a tener leyendo a algunos cronistas. Pero quedó tocadísimo y ni siquiera le apeteció disimularlo. Todos los que se cruzaron con él destacaron su actitud triste, esquiva y silenciosa, que sus futbolistas fueron los primeros en captar. Desde luego, no era la imagen propia de alguien que tuviera dentro la energía y la ilusión que se requieren para liderar un nuevo ciclo en el Barça. Y tampoco la de un entrenador que quisiera aferrarse a su puesto de cualquier manera, hasta el punto de sacrificar su sinceridad.

Para cualquiera que le conozca un poco no es difícil detectar en él, aunque sea en la distancia, ese tipo de cansancio mortal que padecen quienes se sienten víctimas de una ingratitud. Aunque no lo vaya a denunciar en público, Txingurri considera -y en buena medida no le falta razón- que ni se le ha reconocido su trabajo en estos dos años ni se le han dado las herramientas necesarias para renovar de verdad a un equipo cuyo estado lo ha definido, con una sola frase impecable, el periodista Ramón Besa. «Aburre el Barça, harto de sí mismo, tan cansado de su estilo que hasta lo ha caricaturizado, víctima de una rutina propiciada por una junta que viaja con el piloto automático puesto por Messi».

Es inevitable adivinar en Txingurri una gran frustración. A lo largo de su carrera él siempre había demostrado un sexto sentido infalible para llegar a los equipos en el momento oportuno. Así pareció ocurrir también en el Barça, del que Luis Enrique se despidió ganando solo la Copa en su última campaña y dejando mucha tierra quemada. Y, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Cuando todavía se despistaba en las rotondas para llegar a Sant Joan Despí, Valverde se encontró con la marcha de Neymar y la debacle en la Supercopa contra el Madrid. Demostró entonces la que ha sido siempre su mejor virtud como técnico: ganarse a la plantilla con una sabia mezcla de conocimiento, buen talante y sentido común. Hasta el batacazo en Roma consiguió que todo fuese sobre ruedas. Él, sin embargo, sabía la verdad de fondo. Y no le gustaba. Le faltaba poder para establecer las directrices deportivas de su plantilla, en manos de una junta sin criterio cuya única obsesión era contentar a Messi sin pensar en serio si todo lo que le conviene al argentino le conviene también al Barcelona.

Por otro lado, el famoso entorno culé le acusaba de sacrificar el estilo de juego y convertir al Barça en otro equipo más, de los de gran calibre, potente en las dos áreas. Valverde podía haberse defendido recordando que el estilo de Guardiola sólo era posible con unos futbolistas que ya no estaban y para quienes no se había elegido a los sustitutos idóneos. Sin embargo, prefirió no hacerlo y seguir a lo suyo, intentando construir un Barça que, sin opciones de enamorar con su juego, enamorase al menos por los resultados. Y esto es lo que ha fallado. En la hora decisiva, a su Barça le ha faltado gen competitivo, avidez, la desbordante energía interior de los campeones. Ha demostrado ser un equipo en decadencia y con claros problemas en su andamiaje, un delito que en el fútbol pagan los entrenadores.