Un abrazo 22 años después

Néstor y Roberto Carlos, durante su encuentro en Madrid. /N. L.
Néstor y Roberto Carlos, durante su encuentro en Madrid. / N. L.

Néstor tenía 10 años cuando le diagnosticaron leucemia y consiguió hablar con Roberto Carlos desde el hospital. Este fin de semana, este vizcaíno ha conseguido lo que no pudo entonces: conocer en persona a su ídolo

Julia Fernández
JULIA FERNÁNDEZ

Con diez años uno no vive más allá de la siguiente hora: la del desayuno, la entrada al cole, la clase de matemáticas, el recreo... Sobre todo esta, la del recreo, la de jugar con los colegas a cosas que te gustan. A Néstor López San Andrés lo que le pirraba a esa edad era el fútbol. En el patio de su colegio de Ermua y en la tele claro. Era zurdo y soñaba con llevar el 3 a la espalda, como su ídolo, el jugador del Real Madrid Roberto Carlos.

El 4 de junio de 1997 todo eso se quedó en 'stand by' en la consulta de un médico. El diagnóstico fue demoledor: leucemia. A Juan, el padre de Néstor, se le cayó el mundo encima. Después de aquel día, la vida del crío se convirtió en un ir y venir de batas blancas y de ingresos en el hospital Nuestra Señora de Aránzazu, en San Sebastián. Precisamente allí, en una de sus habitaciones, ocurrió algo mágico.

Por delante, Néstor tenía una larga batalla que tenía que lidiar solo, pero su padre urdió un plan para mantenerlo entretenido mientras acababa con el 'bicho'. Le dejó su móvil y le pidió que hiciera las veces de secretario. «Tú cógeme todos los recados, ¿eh?». Horas después de aquella orden, el teléfono sonó, pero quien hablaba no era ningún conocido de su padre, sino el ídolo de Néstor.

Convencido por Juan en el hotel donde se concentraba el equipo antes de jugar contra la Real Sociedad, llamó al crío para animarle. Por supuesto, al peque casi le da algo y, de hecho, no se creía del todo que el que estuviese al otro lado fuera el brasileño. La conversación fue corta, pero a Néstor le sirvió. Sobre todo, cuando, durante el partido, el defensa marcó un gol y se lo dedicó del modo y manera en el que habían quedado.

Aquello marcó un antes y un después. «Se lo he contado a todo aquel que me conoce», habla hoy, dos décadas después, aquel crío, ya recuperado. Lo que nunca pensó tras la llamada es que de verdad pudiera abrazar a su ídolo y darle las gracias en persona por un gesto que era una minucia para el jugador y un mundo para la familia López San Andrés. Sin embargo, este fin de semana pudo hacerlo.

En el palco de Ipurua

Y otra vez quien estaba detrás de todo esto era Juan, que ni corto ni perezoso se lanzó a contarle la historia a uno de los directivos del Real Madrid que estaban en el palco de Ipurua en el partido de Liga entre el Eibar y los merengues hace unos meses. Al responsable blanco se le despertó algo dentro y se apuntó el contacto del de Ermua.

Y ahí quedó todo durante meses. Hasta que la semana pasada llamaron a Néstor para que acudiera al Bernabéu con su familia. Fueron todos, los padres, su hermano mellizo Alexander y su mujer -que ya habían estado sobre el césped antes cuando organizaron su particular pedida de mano-, y él. Sabía que iba a ver a Roberto Carlos, pero pensó que serían «cinco minutillos, no más».

Hasta que vio las cámaras de Real Madrid TV. «Ahí ya me puse muy nervioso», confiesa este joven que hoy se dedica a retransmitir y comentar competiciones de videojuegos a nivel amateur. El primero en ver cómo Roberto Carlos bajaba las escaleras de la grada al césped fue Alexander. «Me dijo: ¡Ni te muevas!». Pero cuando vio por el «rabillo del ojo» a su ídolo ya no pudo contenerse: «Le di ese abrazo que le debía desde hace 22 años».

Una espinita clavada

Estuvieron un rato hablando sobre el césped, recordando con humor aquella llamada y el desparpajo del chaval. Y, por supuesto, Néstor volvió a sacar la camiseta de aquel Real Madrid al que patrocinaba Teka y que ya tenía una firma del brasileño. «¿Me la firmarás otra vez?», le dijo. Y el exjugador no se negó: «Claro, te tengo que hacer la nueva, jajajajaja».

- ¿Le hizo ilusión?

- Por supuesto, pero también se la hizo a mi padre, que se había quedado con las espinita clavada de no haber podido llevarlo al hospital.

- Vaya aita que tiene...

- Me siento muy orgulloso de él.

Y se le dibuja una sonrisa en la cara igual de grande que cuando colgó hace 22 años el teléfono tras hablar con su gran Roberto Carlos.