Vuelta a España

Yates tumba a Valverde y Mas de un golpe

Yates, al llegar a la meta. /AFP
Yates, al llegar a la meta. / AFP

El británico deja casi sentenciada la Vuelta con un brutal ataque lejano en la Rabassa que desmonta el plan del Movistar

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAAndorra

«Yo no corro con un plan. Mi único plan es atacar». Dicho por Simon Yates. Basta para perfilarle. A 15 kilómetros de la cima de la Rabassa, se abrió a la derecha. Maillot rojo abierto. Rampa exigente. Bajo sus gafas veladas, paso revista a los rivales. Nadie le devolvió la mirada al líder. Entonces lo supo. Había ganado el primer duelo, el psicológico. Volvió a meterse en el grupo. Ya acariciaba el gatillo. Su plan. Sencillo. Acabar con todos. Tan pequeño y tan bestia.

Dejó irse a Quintana, a Bennett y a Kruijswijk, y luego a Pinot. Calma. Flema británica. Seguro de sí mismo. Y a 10 kilómetros del final, en la zona donde la cuesta se ablandaba, salió a por la Vuelta. Con un golpe. Mientras Valverde y Mas trataban de coger aire, el líder los agarró por el cuello. Ahogados. Se largó. En un plisplás cazó a los fugados. Eso desbarató el plan del Movistar, que tuvo que frenar a Quintana para arrastrar a Valverde, que venía con Enric Mas, López, Pello Bilbao y Kelderman. Pero Quintana no tiene oficio como gregario. Ni actitud. La Vuelta se les iba.

Yates, descosido, no miró atrás. Vive en Andorra. Su jardín. Cargó con Pinot, ganador de la etapa, y con Kruijswijk, que iba a bajar del podio a Mas. Y, a falta de la última etapa de montaña, casi tiene la carrera y la triple corona: tres británicos en las tres grandes. El Giro de Froome. El Tour de Thomas. Y, casi, casi, la Vuelta de Yates, que se bastó solo. Entró pegado a Pinot. Le sacó unos metros a Kruijswijk, 52 segundos a Mas y 1.12 a Valverde, el que más le acechaba en la general. Manda en la clasificación con 1.38 sobre el murciano, 1.58 sobre Kruijswijk y 2.15 sobre Mas. Acaricia el trono. «Pero tengo la experiencia reciente de que todo se puede ir al carajo en un día. Y falta una etapa durísima», avisó Yates. Le duele, cicatriz abierta, su hundimiento en el pasado Giro ante Froome. Aquel funeral rodante sobre la tierra de la Finestre.

El ganador de la etapa, Thibaut Pinot (Groupama FDJ).
El ganador de la etapa, Thibaut Pinot (Groupama FDJ). / EFE

Pese a que todo le salió mal, el Movistar reclamó la etapa. Salió a hacer daño desde Lleida. Hacia Andorra. Con el viento de cola. El equipo de Valverde impuso el silencio. Sólo hubo aliento para jadear. El conjunto azul borró las fugas, las convirtió en espejismos. Liberado del dilema entre Quintana y Valverde, la apuesta estaba clara: el murciano, el ciclista de 38 años por el que no pasa el tiempo. Todo por él. Ese ritmo, a 45 por hora, complicó la vida abordo del pelotón. Incluso, el Movistar quiso aprovechar un despiste del líder, Yates. Los gregarios de Valverde le vieron bajar al coche. Ese error de colocación desencadenó un abanico. Durante unos pocos kilómetros, con la aduana de Andorra al fondo, el Movistar (Valverde) y el Quick Step (Mas) dejaron cortado al Mitchelton (Yates), salvado por el Bora (Sagan y Buchmann). El líder esta avisado. El Movistar había abierto las esclusas. Iba a soltar toda su fuerza. Ni un metro de regalo.

Mientras Castroviejo y Thomas sostenían con un minuto de margen la única fuga que sobrevivía al ritmo violento del Movistar, Yates se escondía en el centro del pelotón. Eso abría una interrogación. ¿Iba mal? El líder se echaba agua en el cuello, en las piernas. ¿Mal síntoma? Qué va. Al revés. Se estaba preparando para sentenciar la Vuelta. Dejó hacer al Movistar. Anacona encendió la primera rampa de la Rabassa, la peor. A 12 kilómetros de la cima, el plan del equipo español activó a Quintana. Era un movimiento ambicioso y resultó un error. Desnudó a Valverde. Le llegaba el agua al cuello. «Iba apajarado. No sé, quizá no he comido bien», dijo. Con Quintana se fueron Bennett y Kruijswijk. Enseguida les cogió Pinot, ganador en los Lagos de Covadonga. La carrera venía pendiente de los movimientos por detrás, de Yates, Valverde y Mas. Los tres del podio.

Pronto se vio que el primer puesto de la carrera estaba demasiado alto para Valverde. Al murciano le suele sentar mal la altitud. La Rabassa, a más de dos mil metros, ya se le había indigestado en 2008. Es una cuesta larga. Las prefiere más breves. Cuando Yates, puro instinto asesino, aceleró en busca del grupo de Quintana, el murciano se escudó en Carapaz, que claudicó pronto. Valverde iba vacío. No le respondían las bielas. A Enric Mas le traicionó la inexperiencia. Pensó que el Movistar o el Astana de López iban a hacerle el trabajo de caza. Y no. Ya no volvieron a ver a Yates, aunque sí a Quintana, que se descolgó en ayuda de Valverde. El colombiano no tuvo suerte: pinchó y tuvo que remontar. Y tampoco tuvo oficio: tiraba de Valverde sin reventarse. No sabe inmolarse por otro. No está en su naturaleza. Siempre se guarda algo para sí mismo, aunque como en la Rabassa no sirva para nada. Que no reventara prueba que no se exprimió a fondo.

Valverde estaba perdido. «No. Lo mismo que yo lo he pasado mal aquí, le puede ocurrir a Yates en la siguiente etapa», se resistía al murciano. Con 38 años, quizá sea su última baza para ganar una gran vuelta. A Enric Mas, quince años menos, le dolía menos la derrota: «Bueno, dormiré más tranquilo en la cuarta plaza que en la tercera». Tiene tiempo para jugar más partidas. Esta, esta Vuelta que hoy mete seis puertos en 97 kilómetros, entra ya en los planes de Simon Yates, el que no duda. Su fe es golpear. Es un ciclista que busca el K.O. Uno de los buenos.

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