La teoría de la relatividad, según Urán

Rigoberto Urán./Efe
Rigoberto Urán. / Efe

El colombiano, que cedió tiempo en los Lagos, ha aprendido a sobrellevar las derrotas sin caer en el estrés

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

A Rigoberto Urán, segundo en el Tour 2017 y octavo en esta Vuelta, le suelen pedir en Colombia que imite a Mike Jagger. Son clavados. Y lo hace. Le gusta. Hace tiempo que aprendió a hacer divertida su vida. Es mejor así. En los Lagos de Covadonga cedió «50 segundos preciosos». Ahora está a dos minutos y medio de Simon Yates. Ni eso le enturbió el ánimo. «Bueno, en la contrarreloj puedo acercarme. Lo que tengo claro es que lo dará todo hasta Madrid», avisaba en la cima. Es un tipo peculiar, feliz en el triunfo y en la adversidad. Como si la derrota fuera un gaje más del oficio y no un drama.

Llegó tan joven al ciclismo europeo, con apenas 19 años, que ahora parece un viejo. Y no: todavía tiene 31 años. En 2017 subió al podio del Tour y en la última ronda gala se cayó en la etapa de Roubaix. Ahora está en una Vuelta en la que aspira aún al podio. «Bueno, bueno –frena el ciclista colombiano–. Yo me lo tomo con calma». En su equipo, el Education First, conocen bien ese carácter templado. «Los ciclistas viven en una burbuja. Muchos no se dan cuenta. Rigo lo sabe perfectamente. La presión se la pone él mismo», cuenta Juanma Garate, director de la escuadra. Urán le añade una sonrisa a todo: «Si hago planes de ataque, me estreso, ja, ja, ja». Es de esos ciclistas que corren para ganar sin miedo a perder. La vida es mucho más que el ciclismo.

Urán es su infancia. Nació en Urrao, a 170 kilómetros de Medellín. Hace tres décadas Colombia era otra. Silbaban las balas. Su padre murió a tiros cuando Rigo tenía 14 años. De repente, era el hombre de la casa. Cogió el trabajo de su progenitor, vendedor de lotería, y llenó el plato de la familia. Su padre le dejó otra herencia: la pasión por el deporte. Uno de sus tíos le prestó una bicicleta. Había carrera en el pueblo. Contrarreloj. Rigo ni sabía lo que era eso. Ni tenía ropa de corredor. Le dijeron que saliera y pedaleara a tope hasta que le mandaran parar. Ganó. Con 19 años ya estaba en el pelotón europeo.

Nueve horas de quirófano

Superó una caída en al Vuelta a Alemania de 2007 que le rompió los dos codos, una muñeca y le machacó el cuello. Pasó nueva horas en el quirófano y ocho meses en la rehabilitación. Sin manos. Todo, comer y asearse, requería ayuda. Soldó sus fracturas y le disputó a Quintana el Giro 2014 y a Froome el Tour 2017. Ahora pelea por la Vuelta. A su manera. Con música colombiana. La vida feliz de Rigo. «Llevo muchos años en esto, pero sigo disfrutando. De eso se trata, de pasarlo bien. La felicidad no depende de los resultados», defiende. «Sé que estoy bien. Fresco». Y sin presión.

Hace tiempo que se vacunó del exceso de responsabilidad. Durante su paso por el Quick Step el nivel de exigencia le pudo. «Le cambió el temperamento. Tuvo una discusión familiar... Se dio cuenta de lo que le estaba pasando y aprendió a sobrellevarlo», apunta Gárate. Urán tiene su propia teoría de la relatividad. «Rigo cumple en su trabajo. Es serio. Pero ve la vida más allá del ciclismo», añade el técnico guipuzcoano. Y pone un ejemplo: «Le invitaron a una televisión colombiana para comentar una etapa. Empezó hablando de ciclismo y enseguida ya estaba charlando de otros temas, como de ropa». Urán tiene una empresa de moda. En los Lagos fue el primero de los derrotados, el primero que entró tras el grupo de Valverde, Yates, Quintana, Mas, López y Kruijswijk. Y parecía el más tranquilo de todos.

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