La felicidad del líder en el caos de la meta

Van Baarle, en el suelo tras la caída. /AFP
Van Baarle, en el suelo tras la caída. / AFP

Medio siglo después, Herrada sucede a otro conquense, Ocaña, al frente de la Vuelta

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAO Barqueiro

La meta de Estaca de Bares era una trampa. Es el final del camino. Más allá sólo hay mar. Y la carretera se va estrechando a medida que se acerca al borde. No cabe casi nadie y no cabía la caravana de la Vuelta. Había órdenes y contraórdenes para que se colocaran los fotógrafos tras la meta. Y en ese ambiente confuso y tenso, un miembro de la organización echó a correr por la carretera de espaldas al sprint que venía. Geniez, el ganador, lo arrolló y acabó sobre las vallas. Cara y cruz. Así es la Vuelta para el francés: había ganado antes en Peyragoudes (2013) y Ézaro (2016), y fue expulsado el año pasado por remolcarse en un coche de su equipo. Con Geniez cayó Van Baarle, el peor parado. Gianni Bugno, presidente del sindicato ciclista, cargó contra la Vuelta: «Esto es inaceptable. Es una total ausencia de consideración de la organización hacia los corredores. El ciclismo es un deporte cada vez más peligroso», arremetió.

En ese tumulto había alguien feliz, el nuevo líder. Jesús Herrada. Desde 1970, desde Luis Ocaña, ningún conquense llegaba tan alto. Ocaña ganó aquella edición. Herrada no se ve para tanto: «Trataré de disfrutar de este maillot. Y lo defenderé hasta donde pueda». En la etapa de la Covatilla cedió un minuto ante Yates, Valverde, Quintana, Urán, Ion Izagirre y Keldermann. Ahora les lleva más de tres. «Ya, pero me he desgastado mucho estos días en busca de fugas. No sé. Madrid está muy lejos. La tercera semana va a ser muy dura», comentó. Y antes, estos tres días, esperan La Camperona, Les Praeres y los Lagos de Covadonga.

Herrada parecía serio, como asustado ante lo que le viene encima. «No. Me he emocionado mucho en la meta. Lo que pasa es que no estoy acostumbrado a que me rodee la prensa». Sonrió al fin. Y confesó que su primer objetivo fue la victoria de etapa. «Pero iba muerto». No pudo seguir al grupo de Geniez. Entonces se centró en el maillot rojo. «Significa mucho, para mí, para los míos, para el equipo».

Perder la rueda de Geniez le costó dos minutos y medio. Ahora tendría seis sobre los favoritos. Conserva tres y medio. Parece poco. Aunque en la historia del ciclismo hay antecedentes para animarle: Marco Giovannetti ganó la Vuelta de 1990 con el tiempo que arañó en aquella fuga camino de Ubrique que vistió de amarillo a Julián Gorospe. Y Óscar Pereiro se llevó el Tour de 2006 con una escapada sobre el horno de Montelimar que le devolvió la media hora que había cedido en los Pirineos. Herrada no se ve aún en ese grupo; se tapa. «Fiché por el Cofidis para saber si puedo ir a por carreras de un día, de una semana o para esto». Con 28 años y tras tanto tiempo en el Movistar, aún se está conociendo. La Vuelta le dará respuestas de inmediato.

A esta edición a la que le ha variado la temperatura, le cambia ya el perfil: vienen tres etapas con la meta colgada de un alto. La Campeora, Les Praeres y los Lagos de Covadonga. Tres combates. La Camperona está en Sabero, en León. Por su pasado minero le pusieron de apodo 'La Catedral del hierro'. En 2014, la Vuelta pisó esta tierra mineral y descubrió rampas del 20%. A esos porcentajes se arrima Les Praeres, ya en Asturias. Es un puerto nuevo sobre un camino viejo, y es gemelo de los Machucos: 4 kilómetros con una pendiente media del 12,5%. Los Lagos aguardan el domingo. La cuesta de Covadonga, bautizada por Marino Lejarreta en 1983, llega esta vez precedida por un doble ascenso al Fito. En tres días, Herrada y los aspirantes al podio sabrán a qué atenerse.

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