Óscar Rodríguez pone nombre al sueño del Euskadi

Óscar Rodríguez pone nombre al sueño del Euskadi

El joven navarro logra una fantástica victoria sobre Majka en la Camperona, donde Quintana muestra su poder

J. GÓMEZ PEÑA

«¡No! ¡No!». Óscar Rodríguez se resistía a creer en su fantástica victoria en la cima de la Campeona. Su primer triunfo, la primera etapa para el Euskadi-Murias en su primera Vuelta. La primera vez. Y no lo creía. «No creía que esto estuviera a mi alcance», repetía. «¿Qué sientes ahora?», le preguntaban. El joven ciclista de Burlada volvió a negar: «No lo sé. No lo esperaba». Y eso que desde el inicio de esta edición su equipo le reservó para la Camperona. Era su día. Jon Odriozola, el director, más que presentirlo lo soñaba. «Hay que soñar y trabajar para esos sueños», tiene por lema. Óscar Rodríguez cumplió ese sueño colectivo. Aunque en la cima tuviera que pellizcarse para creérselo, el ciclista navarro es un elegido. Nació así. En el 'Diario de Navarra' le preguntaron una vez: «¿Por qué sube tan bien?». Y él, como siempre, se encogió de hombros y negó: «No sé. Algo bueno tendré. Me agarro. Echo bocanadas de aire y voy para arriba. Se me da bien, pero no sé por qué». Ni él sabe lo bueno que es.

La emoción se desbordó en la Camperona. Rodríguez había sido el mejor en una fuga enorme, en la que iban Majka, Teuns, Mollema, Gorka Izagirre... «Sabemos que Óscar no tiene ese arranque en la primera rampa, pero que luego iba a ir a más», contó Odriozola. Acertó. Majka sí tiene ese acelerador. Kudus trató de seguirle y reventó. Teuns se pegó al polaco. Parecía un duelo. Y no. Venía el maillot verde del Euskadi-Murias. Rodríguez. Navarro como Induráin. Compañero del hijo del pentacampeón del Tour en el club ciclista Villavés.

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A veces salían juntos a rodar. Miguel padre, Miguel hijo y Óscar. Los chavales miraban al mito. Le imitaban. Si él bebía, los demás también. Para Óscar el ciclismo era un juego. Pero subía. Las cuestas le eligieron para este deporte. Y le fichó el Lizarte, el filial del Movistar, que se nutre en esa cantera. La escuadra de Quintana y Valverde tiene escaladores de sobra y quería rodadores. Puerta cerrada. Rodríguez abrió otra en el Euskadi-Murias. Por ella ha accedido a la Camperona, donde ni se creía lo que había hecho.

«Me iban diciendo que la etapa era mía. Yo me limitaba a mirar el potenciómetro. A ir a 400 vatios. Así he cogido a Majka y Teuns y les he dejado». Ni pensaba. Soñaba. Al colocarse a la par de sus dos rivales, les miró: notó su asfixia. Se animó aún más. Qué bonitos son los sueños. Todo es posible. Apretó. A saber con qué. Con su don. «A 500 metros de la meta se me ha caído el pinganillo de la oreja y ya no escuchaba a mis directores. Simplemente, lo he dado todo», contó. Ingresó en la historia de su equipo. Suya será para siempre la primera etapa en la Vuelta del Euskadi-Murias. Un salto enorme. Rodríguez se ocupó de lanzar a su equipo y de ganar la etapa, la primera.

De la pelea por la Vuelta se ocupaban un par de minutos por detrás Nairo Quintana y Simon Yates, a la par, de reojo. Quintana se deshizo del británico en la rampa final. Le sacó 6 segundos. Y 9 a Enric Mas, que ya ha superado su gripe. A 18 llegaron Valverde y Pinot. A 21, 'Supermán' López, que remontó tras una problema mecánico. A 25, De la Cruz, Keldermann, Kruijswijk y Urán. A 32, Ion Izagirre, al que, casi parado, esperó su hermano Gorka. Ciclismo fraternal. Herrada, líder aún, cedió casi dos minutos. Ya apura su maillot rojo en esta Vuelta que camina hacia Quintana y que ha descubierto una nueva veta de mineral preciado: Óscar Rodríguez.

A los viejos del valle leonés de Sabero les preguntan siempre por las minas, ya tapadas. Por el terror al grisú, por el sonido ronco de la silicosis que les comía los pulmones. Por la muerte. Por tanto huérfano que vio envejecer a su madre vestida de negro. Dicen que los viejos que este fue un valle de lágrimas, las de las familias de los mineros que agujereaban la tierra para sacarle el carbón y el hierro. Pero cuando les preguntan si volverían a meterse en la bocamina, casi todos responden que sí. Fue su vida, lo que les dio de comer y de sufrir. Quizá por ese pasado, la etapa de la Camperona, la montaña sobre Sabero, es un tormento para los ciclistas con rampas que superan el 20%. «El secreto de nuestro equipo es el trabajo», repetía Odriozola. Cavar y cavar. Insistir. Buscadores de oro.

Hace un año, en la Vuelta a Castilla y León, Óscar Rodríguez se cayó en el descenso del puerto anterior a la Camperona. El navarro estaba entre los que disputaban la general. Todo patinó en ese curva. Acabó en la ambulancia, con la boca partida. No pudo subir a la Camperona. Tenía ese mal recuerdo. Una cuenta pendiente en esta tierra minera.

Su equipo le ayudó a saldarla. El Euskadi Murias metió a tres corredores en la fuga masiva: Prades, Bravo y Rodríguez, dos veteranos y una promesa. Cuidaron a la perla. La protegieron. Hace nada era impensable que un ciclista de este equipo, recién ascendido a segunda división, pudiera medirse sobre la lona con pesos pesados como Majka, ganador de etapas en el Tour, o Teuns, vencedor de la Vuelta a Polonia. Ni el mismo Óscar, que nació cuando Induráin ganó su último Tour (1995), pensaba tan alto. Le cuesta creerse. Su primera victoria como infantil se la quitaron por levantar los brazos, prohibido en esa categoría. En la última, en la Camperona, los alzó sosteniendo toda la emoción posible, la suya y la de su equipo. Pesaba lo que pesan los sueños.

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