El triunfo salvaje de Van der Poel

Van der Poel se arrojó al suelo tras ganar la clásica holandesa. /EFE
Van der Poel se arrojó al suelo tras ganar la clásica holandesa. / EFE

En un kilómetro final de locura, el joven holandés remonta ante Alaphilippe y Fuglsang y gana la Amstel Gold Race

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Mathieu van der Poel, ganador de esta edición de la Amstel Gold Race, es hijo de Adrie van der Poel, vencedor de la clásica holandesa en 1990, y nieto de Raymond Poulidor, perdedor eterno del Tour de Francia. Mathieu van der Poel es eso y cada vez es más. Un salvaje. Una bendición para el ciclismo. En apenas 15 días de competición, ya ha ganado seis carreras. Anuncio de leyenda.

Para poner su nombre a la Amstel Gold Race usó todas las formas de aplicar la fuerza. Bruta. Destilada en su imponente árbol genealógico. A 43 kilómetros de la meta, Van der Poel, tan joven, tan loco, tan instintivo, atacó a destiempo en la cuesta de Gulperberg. Lo que le dictaba el corazón. Su latigazo lo aprovecharon otros, Alaphilippe y Fuglsang, para rematar al resto cuando a nadie le quedaba aliento. El francés, número uno del mundo, y el danés del Astana se quedaron solos en el perfecto paisaje holandés, caldeado por un sol de verano que, paradójicamente, fundió a Valverde. Nadie, ni Kwiatkowski, ni Trentin, ni Schachmann, parecía capaz de cogerles. Alaphilippe y Fuglsang se alejaba en cada repecho, en el Cauberg, en el Keutenberg...

A casi un minuto, Van der Poel se negaba a perder la fe. No sabe hacerlo. Es campeón del mundo de ciclocross. En las carreras sobre barro nadie te ayuda. Luchas a solas contracorriente. O lo solucionas tu o te hundes en la ciénaga. El joven holandés no pidió ayuda. Una docena de rivales se colgaron de su chepa. ¿A dónde va? No cejó. Salvaje. Tiró y tiró. Es distinto. Le quieren fichar los grandes equipos del UCI World Tour, pero él sigue en una escuadra de segunda financiada por una aerolínea turca, Corendon, y Circus, una casa de apuestas. Le gusta. Le dejan correr a su manera y fijarse sus propias metas. En 2020, por ejemplo, quiere ganar el oro olímpico en mountain bike. A su aire. Van der Poel vale para todo. Infinito. Y por eso ni pidió relevo. Todos a su rueda persiguiendo a Alaphilippe y Fuglsang, que entraron solos en un kilómetro final que ya figura en la lista de secuencias antológicas de memoria ciclista.

El francés con rostro de espadachín y el danés gélido se vigilaban. Racaneaban. Calculaban. Calcularon mal. Primero les cazó Kwiatkowski, que venía fundido. Al fondo, Van der Poel, seguía derrochando su inagotable fuerza. Una hilera se seguía a rueda, todos agazapados y con el cuchillo entre los dientes para aprovecharse del loco holandés. Se equivocaron. Ya no se ven cosas así en el ciclismo. Nadie es tan fuerte como para tirar de un grupo y luego tener fe y piernas para que ninguno te remonte. Ahí, a 300 metros del final, cuando la única fuerza que queda es la del deseo, Mathieu van der Poel elevó sus 184 centímetros y sus 75 kilos. Se metió por la puerta que habían dejado mal cerrada Alaphilippe y Fuglsang. Los desbordó insaciable por la derecha. Holanda, tras las vallas, se echaba las manos a la cabeza. La afición asistía al alumbramiento de un mesías. El elegido.

Todas las formas de la fuerza estaban en su figura. Hasta los codos pedaleaban. Y así ganó la gran clásica holandesa pocos días después de sus triunfos en la Flecha Brabanzona y la clásica A Través de Flandes. Al entrar primero en la meta de Berg en Terblijt, sin que Clarke, siempre a rebufo, tuviera reprís para remontarle, Van der Poel negó con la cabeza. No lo creía. En enero era un especialista en ciclocross, el mejor del mundo. Y quiere serlo también en mountain bike. Y, de repente, lo es entre los grandes mitos de las clásicas. El extraterrestre se arrojó al suelo. Medio lloraba; medio reía. Se redescubre en cada carrera. En 1999, su padre había ganado esta prueba por listo, por dar un golpe de riñón cuando Roosen, precipitado, ya celebraba un triunfo que no le pertenecía. Cinco años después, nació Mathieu, hijo de Adrie y de Corinne, hija de Raymond Poulidor. El abuelo.

Mathieu tiene aún 24 años, cumplidos en enero. Ha sido campeón de mundo juvenil de ruta, bronce europeo en mountain bike y doble campeón del mundo de ciclocross. La Amstel Gold Race, su forma de conquistarla, es un fogonazo que perdurará. Es alto, mucho, y si mantiene este crecimiento salvaje, dejará pronto de ser el hijo de Adrie y el nieto de 'Pou Pou'. Adrie será el padre de la nueva sensación del ciclismo mundial y Poulidor, su abuelo. El álbum del futuro ya le reserva un hueco de oro. No se puede anunciar con más fuerza.