Groenewegen resuelve el laberinto de Chartres

Groenewegen, por delante de Gaviria./AFP
Groenewegen, por delante de Gaviria. / AFP

El holandés, rabioso por las críticas recibidas, bate a Gaviria en una etapa larga y de tregua entre los favoritos

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAChartres

Al fondo de este mar de trigo emergen las agujas de la Catedral de Chartres, la 'Biblia de cristal'. Los turistas hacen cola para admirar sus vidrieras. Hasta han bautizado allí un color, el 'azul Chartres'. Pero a la catedral conviene entrar con la mirada gacha, más pendiente del suelo que de los vitrales. Las baldosas del templo forman un laberinto del que se han escrito mil historias. Lugar mágico. Todo el mundo busca la salida cuando se enfrenta a un laberinto. Es un error. Hay que buscar la meta.

Los sprint del Tour son así, laberínticos: sabes cómo entras, pero no cómo sales. Richeze, el lanzador argentino del colombiano Gaviria, se hizo hueco en la recta ligeramente empinada que iba hacia la catedral. Gaviria notaba el aliento que siempre le sopla la nuca, el de Sagan. Y sintió también una presencia nueva, la de Dylan Groenewegen, un holandés cargado de músculo y rabia. En los sprints anteriores, el velocista del Lotto-Jumbo había fracasado. Le criticaron en su país. Le dijeron que no estaba a altura de los mejores. Echaba humo. ¿A la altura? Rebasó a Demare primero, a Sagan después y, por último, a Gaviria. Se elevó frente a la catedral nada más salir el primero del laberinto y se tapó la boca con un dedo. Callad. «¡Que me critiquen ahora!». Las venas se le querían salir de su tremendo cuello. Gallo. Soltó su cabreo. «Yo respondo con mis piernas». Mirada fija, intensa. Groenewegen, que en el pasado Tour ganó en los Campos Elíseos, promete grandes duelos con Gaviria. Guerra nuclear en el sprint.

La etapa que iba hasta el laberinto de Chartres era larga. Navegaba por el granero de Francia, un campo infinito de cereales. Y salía desde Fougeres, un pueblo cosido a su imponente castillo. Arquitectura defensiva. Paredes de seis metros de espesor. Era un día para correr con escudo. Todos temían al viento, que en esta región al sur de París despeina con saña los trigales. Ese temor al aire de costado y los 231 kilómetros de la tarea del día frenaron las ganas. Sólo un ciclista se quejó de la calma, el francés Yoann Offredo. Tiene algo de insumiso. Aspecto rebelde. Durante años no se atrevió con el Tour. No se veía a la altura. Debutó en la pasada edición, ya cumplidos los treinta años. Aterrorizado. A Offredo no le gustaba escaparse de lejos. Pero ese Tour le cambió. Se fugó en la segunda etapa. Órdenes de equipo. Y descubrió otro mundo: «Cuando iba escapado veía las caras del público, sus aplausos, su ilusión. Como yo cuando era niño y me colocaba en la cuneta. Eso me inspiró».

Viento

Ahora, en su segundo Tour, no deja de fugarse. En cuanto detectó el ambiente de tregua en el pelotón, se largó. Por el público. Por la carrera. Más que por él, se hizo ciclista por el amor que su padre le tiene a este deporte. Offredo confiesa que cada mañana de Tour piensa en lo bien que estaría en casa, lejos de este calvario. Sin embargo, elige sufrir. También aprendió eso en el pasado Tour. «Estaba enfermo y tenía que subir la Croix de Fer. Iba pensando en lo fácil que sería poner pie a tierra. Abandonar. Entonces la etapa pasó por un centro para parapléjicos. Algunos eran niños. Pensé en mis hijos. Eché a llorar sobre la bici. Me dije que no tenía derecho a rendirme». Llegó a París, donde como en Chartres ganó Groenewegen.

Antes del sprint en el laberinto, el viento se presentó en el ecuador del recorrido. Despertó al grupo, lo asustó. El Trek y el Movistar se colocaron al frente del abanico. Por si acaso sacaron la tijera. Landa, Quintana y Valverde colorearon de azul la proa del Tour. 'Azul Chartres'. «Desde fuera ha parecido un día tranquilo, pero ha estado lleno de sustos», contó Landa, decimosegundo en la general. El alavés y todos piensan en la etapa del pavés, que ya se acerca. El ogro. Roubaix será la verdadera salida de este Tour. Los cortes por el viento dejaron atrás a Daniel Martin, pero apenas fue un momento. Enseguida regresó la tregua. Eso sí, el acelerón se tragó la fuga de Offredo. Su bandera corsaria fue arriada. Le dio relevo otro francés, Laurent Pichon. «No entiendo que no hayas más pelea para montar fugas», criticó el ciclista galo. Otro como Offredo. Otro intento en vano. Con las agujas de la Catedral de Chartres como faro, el pelotón se comió al escapado por inercia. Sin casi moverse del puesto de caza. Tiro al pichón.

La pelea por la etapa quedó para los siete kilómetros finales. Ahí se encendió el fósforo. Siete kilómetros en el laberinto. En Chartres, claro. Cada 21 de junio, un rayo de sol entra por los vitrales y se posa sobre una determinada baldosa del laberinto de la catedral. Eso da para mil teorías. Fieles y curiosos asisten a ese acontecimiento. Todos buscan la explicación, la salida. Richeze y Gaviria corren juntos. El viejo y el nuevo. Richeze era antes velocista. Perdió chispa y se reconvirtió en lanzador. De Gaviria. «Sé que si le dejo bien colocado, gana», asegura. No siempre. En ese caos del sprint, los dos se entienden por gestos. Código morse. Richeze hizo su parte. Colocó a Gaviria el primero a 250 metros del final, pero picaba hacia arriba. Sagan no tuvo reprís para remontarle, pero sí Groenewegen, el primero en salir del laberinto de Chartres. Nada más hacerlo mandó callar. Silencio en el templo. Hay que tener más fe en él.

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