Al Astana le sienta bien el champán de Fraile

Nielsen celebra su victoria al llegar a meta./
Nielsen celebra su victoria al llegar a meta.

Un día después del triunfo del vizcaíno, su compañero Nielsen bate a Ion Izagirre y Mollema en Carcasona

J. GÓMEZ PEÑA Carcasona

Viajar en autovías es tan cómodo como monótono. No se tocan los pueblos, ni se palpan apenas los paisajes. Todo es lo mismo. Por eso, la autopista que circunda Carcasona es un festival para la vista. De repente, en ese viaje aburrido, aparece un 'Exin castillo', una maqueta a tamaño real de la fortaleza perfecta, de cuento de hadas. La mirada furtiva del viajero se queda colgada de esas 53 torres amuralladas. Desde hace unos meses, el artista suizo Felice Varini ha pintado sobre los muros de la ciudadela una serie de enormes anillos concéntricos y amarillentos. Sólo desde un determinado punto adquieren la forma circular. Si el turista se coloca en cualquier otro punto, la obra de Varini le parecerá un montón de rayas sin sentido.

El sprint es algo así. Hay que colocarse en el sitio exacto para encontrar el agujero por el que entrar directo a la meta. Jon Izagirre venía con un rival lento, Mollema, y con otro rápido, mucho, el danés Nielsen. Daba el viento de cara. Miraba y no veía cómo ganarle a Nielsen. No encontró la posición. La tenía bien cogida el danés, mucho más veloz y compañero en el Astana de Omar Fraile, ganador el sábado en Mende. Esa noche hubo champán para celebrar el triunfo del vizcaíno. Un sorbito por cabeza. Sobró para el día siguiente. Nielsen, que ha ganado sprints masivos en la Vuelta a España, era imbatible para Izagirre. El guipuzcoano, que venció en 2016 en la meta de Morzine, sabe lo difícil que es triunfar en el Tour. «Siempre hay alguien más rápido que tú, o que sube más, o que baja mejor». Sólo hay un punto desde el que la obra de Varini toma sentido. Sólo gana uno: Nielsen, compañero de ronda y burbujas de Fraile.

La última etapa antes del último día de descanso era perfecta para los aficionados a las maquetas. Acabó en Carcasona y empezó en Millau. Sobre la garganta del río Tarn, el arquitecto Norman Foster hizo un milagro. Convirtió miles de toneladas de hormigón y acero en un puente más alto que la Torre Eiffel y que parece volar. Tan liviano a la vista. Aquí, en Millau, antes de que hubiera puente, Marino Lejarreta ganó su etapa en el Tour, en 1990. Y treinta años atrás, el francés Roger Riviere salió de Millau para partirse la espalda en el desenso del Perjuret. Tenía 24 años, había batido dos veces el récord de la hora del Anquetil y quería ser su sucesor. Quería el Tour. A partir de esa tarde, su vida se resumió en dolor, una muleta y un corsé. No lo soportó. Con 40 años le mató un cáncer de garganta. O, según dicen, el propio Riviere se adelantó con una dosis extra de morfina.

Mal recuerdo. El Tour se alejó deprisa de Millau. Era, se sabía, un día para la fuga. La deseaban tantos que no cabían. Cuando eso pasa, tarda en formarse. Y cuando lo hace, suele ser masiva. De una treintena. Iban Sagan, Jon Izagirre, Mollema, Majka, Soler, Ertivi, Bennati, Herrada, Van Avermaet, Valgren... Y Calmejane, francés de Albi, de esta región. De niño, su padre le llevó al Mont Ventoux. Probó su carácter. El pequeño Calmejane llegó a la cima. Orgullo de padre. Guarda ese foto. La etapa subía el Pic de Noire, al que aquí llaman el 'pequeño Ventoux'. Calmejane se pellizcaba. Tenía que conquistar su cima. Pero Majka ocupó su lugar. De todos los de la fuga, es el mejor escalador. El polaco se quitó todas las sombras de encima. El puerto puso al descubierto la fuerzas de los escapados A por Majka fueron Pozzovivo y Ion Izagirre, compañeros en el Bahrain, más Mollema y Skujins (Trek), Valgren y Cort Nielsen (Astana). Con ellos, el único desparejado era Calmejane. Huérfano. Esta vez no tenía la compañía de su padre.

A Majka le traicionó su espalda. Como le pasa a Mikel Landa, arrastra una caída. No podía arrimar la barbilla a la cruz del manillar en el largo descenso hacia Carcasona. Y el viento, de la derecha y en contra, soplaba contra su vela. Le cogieron. Mientras el pelotón de los favoritos adelantaba la jornada de descanso, la fuga se decidió en las urnas. Por mayoría. Los tres equipos que tenían dos corredores en la escapada colocaron a uno por delante. El Bahrain a Izagirre, el Trek a Mollema y el Astana a Cort Nielsen, con mucho el más certero de los tres en una llegada así, plana. Calmejane desesperado, se estrujó en vano. Los tuvo a veinte metros, pero se vació, sin fuerzas ni para sostener su cabeza. Decapitado en su propia casa. Luego lloró como un niño en la meta. Cargó contra el Trek: «Mollema no tenía ninguna opción. Es lento. Ha corrido para hacer tercero. No lo entiendo».

La velocidad no engaña. Iba a ser un sprint muy mal estibado. Claramente, estaba inclinado hacia Nielsen, ganador en la Vuelta del sprint final en Madrid. El danés se colocó el primero. Ancha espalda. Ocupó el espacio. Condujo a los otros dos al matadero. Y cuando quiso, aceleró. Imparable. En el Astana quedaba algo del champán de Fraile. Otra fiesta. Izagirre, de nuevo segundo, tragó su decepción. «Esto es así. Habrá que intentarlo de nuevo». Tras el descanso esperan los Pirineos. Tres etapas de montaña que examinarán la resistencia del líder Thomas, su cohabitación con Froome, y si Dumoulin, Roglic y Bardet son capaces de resquebrajar la muralla del Sky. En esos tres días, el Movistar de Landa, Quintana y Valverde aspira a reclamar un pedazo de Tour: o una etapa o un lugar en el podio. No será fácil. Como no lo es alinear los círculos concéntricos de Felice Varini en Carcasona.

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