Alaphilippe adelanta la fiesta nacional francesa

Thomas De Gendt, cruzando la línea de meta./Efe
Thomas De Gendt, cruzando la línea de meta. / Efe

Tras una fuga fantástica, De Gendt gana en Saint-Etienne, donde el galo recupera el maillot amarillo y Pinot lanza su candidatura al podio

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

 La víspera del 14 de julio, Francia prepara los fuegos artificiales y lustra sus uniformes para los desfiles de la fiesta nacional. El Tour forma parte del patrimonio cultural y sentimental del país. Y en esta octava etapa, la Grande Boucle se convirtió en parte de la fiesta. La adelantó unas horas. Izó la bandera.

Tras cinco horas arriba y abajo por los cráteres del Macizo Central, Julian Alaphilippe, el esperado, encendió el primer cohete en la corta y bruta cuesta de Jaillere, el último de siete puertos. Todos intuían que el francés iba a buscar en la bonificación que esperaba en la cima los 6 segundos que le separaban del liderato de Ciccone. Lo sabían, pero sólo Pinot soportó su arrancada. Fuglsang y Landa se quedaron a un palmo. Cuando Alaphilippe coronó la montaña por allí ya había pasado el último mohicano de la fuga, el mejor escapado de esta generación, Thomas De Gendt, que se llevó los 8 segundos. A Alaphilippe le quedaron 5 de botín. Insuficientes. Apretó los dientes. Francia le coreaba.

Y tiró cuesta abajo con Pinot hacia la meta de Saint-Etienne, donde Hinault entró con la nariz rota y chorreando sangre en 1985 en el que fue su quinto Tour, el último que ha ganado un francés. El país espera, más de tres décadas después, un heredero. Alaphilippe y Pinot no alcanzan la talla de Hinault y no alcanzaron a De Gendt, que merecía la etapa que celebró tapando sus lágrimas con las manos. Pero sí abrieron la fiesta nacional. Con una veintena de segundos sobre el grupo de Thomas, Landa, Quintana, Urán, Fuglsang y Ciccone, el maillot amarillo regresó a los hombros de Alaphilippe. Misión cumplida. Listo para el desfile. Y como premio añadido, Pinot enarbola ya la candidatura gala al podio de París. Fuegos artificiales. Fiesta en Francia por Alaphilippe y Pinot, y fiesta en el ciclismo por eDe Gendt. «¿Cómo he conseguido esta victoria? He desayunado fuerte», bromeó el belga .

Cada uno es ciclista a su manera. A Thomas De Gendt, en realidad, le va más el cicloturismo. En otoño, nada más terminar el Giro de Lombardía, última gran carrera el año, De Gendt y su compañero en el Lotto Tim Wellens se subieron a bicicletas con alforjas. A hacer lo que más les gusta. Regresaron desde Como (Italia) hasta Semmenzole (Bélgica), en total 1002 kilómetros, en seis días. Paraban a sacar fotos, a comer productos locales. Como dos peregrinos. Tardaron seis días a una media de 28 kilómetros por hora. De Gendt ya tiene plan para este otoño que viene: las Montañas Vacías, las sierras sin casi pueblos que decoran Teruel, Castellón, Cuenca, Zaragoza, Soria... Mientras llega ese momento, vive en fuga en este Tour. Como si quisiera llegar cuanto antes a octubre, a su auténtica vocación: ser un turista a pedales por caminos de tierra. A solas con la naturaleza.

Su forma de buscar esa soledad en el Tour es escaparse. En eso es el número uno del mundo. En 2018 estuvo tres mil kilómetros en fuga. «Me gusta. Es un juego. Me aporta un pico de adrenalina. Además, así me libro del estrés del pelotón, tan lleno de nervios, roces, gritos...», explica. A De Gendt le va correr libre. Y en esta dura octava etapa por las colinas del Macizo Central, las 'montañas vacías' de Francia, le acompañaron De Marchi, Terpstra y King. Cuato fraoncotiradores de élite, hechos para bailar bien agarrados a la cintura de un paisaje tan exigente. Pujaron fuerte por la victoria. La etapa, tendida al sol, salía a subasta.

Detrás, el pelotón sacaba la cabeza de la madriguera. Se le veían las intenciones. El Sunweb tiraba para buscar una victoria al sprint de Matthews, el más resistente cuesta arriba entre los velocistas. El Trek controlaba en favor de Ciccone, el líder, que esperaba el ataque de Alaphilippe en el último puerto, la cota de Jaillere, donde colgaban 8, 5 y 2 segundos de bonificación para los tres primeros en la cima. En la clasificación, Ciccone apenas le sacaba seis a Alaphilippe, a quien toda Francia reclamaba recuperar la bandera amarilla en vísperas de la fiesta nacional. Y, por último, el Astana colocó en la proa del grupo a Pello Bilbao, Omar Fraile y Gorka Izagirre porque algo tramaba con su elegido, Jakob Fuglsang. «Eran carreteras estrechas, técnicas, peligrosas. Mejor ir en cabeza», explicó Pello Bilbao. El Education First (Urán) ayudó al Astana a pisar el acelerador. Entre todos devastaronlas piernas del pelotón. Estaba claro que algo iba a pasar.

Y pasó. En una curva antes de la subida a Jaillere, la última, patinó Woods. Bomba. Sobre él cayó medio equipo Ineso, incluidos Thomas y Moscon, que partió en tres su bicicleta. Alarma. El Ineos mantuvo la calma. Castroviejo y Poels acercaron a Thomas hasta el grupo, que más que correr huía. Todos sin aliento. La cuesta hervía. De Gendt ya había ahogado a De Marchi , el último de los que le resistía. Ningún otro corredor habría ganado un pulso así frente a los mejores del mundo con apenas medio minuto de margen. De Gendt es único, un ciclista solitario jaleado por una cremallera de público que le rendía honores. Por su gesta.

Mientras, Alaphilippe alegraba a Francia. «Estaba claro que Julian iba a atacar ahí para recuperar el liderato», dijo Pinot, que subía soldado a su rueda. Alaphilippe es un ciclita con luz propia. De los que iluminan. No tiene ni tendrá el tamaño de Hinault. Pero, a su escala, emociona. Apretó en el momento justo, cuando más dolía la rampa del 15%. Su estela retumbó en Francia. Ídolo. Hace unos días ganó en la tierra del champán; ahora, se viste de amarillo en la antesala de la fiesta nacional. El padre de Alaphilippe dirigía una orquesta en bodas y festejos populares. Su hijo maneja la batuta en el gran coro francés del Tour. De nuevo líder. Eso sí, la ronda gala dejó que un solista, el mejor de todos, el belga De Gendt, tuviera su hueco estelar en esta fiesta.