Un sudafricano celebra la fiesta francesa

Daryl Impey (d) celebra la victoria tras ganar en el esprint final a Tiesj Benoot (i)./
Daryl Impey (d) celebra la victoria tras ganar en el esprint final a Tiesj Benoot (i).

Daryl Impey gana en Brioude, donde el público recibe a Alaphilippe, Pinot y Bardet cantando 'La Marsellesa'

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

 Un cuarto de hora después del triunfo del sudafricano Dary Impey, en la meta de Brioude sonó 'La Marsellesa'. Todos en pie al son del himno francés para recibir a los favoritos del Tour. En la primera fila del pelotón, mano en la frente, desfilaban el líder Alaphilippe, Pinot y Bardet, el ciclista nacido en este pueblo. 14 de julio. Fiesta en un Tour que es por ahora tan francés.

La novena era una de esas etapas en las que ninguna cuesta es de gran tamaño, pero todas reunidas agotan. Así es el Macizo Central y sobre ese perfil pedalea estos días el Tour. La noche anterior, Alaphilippe, Pinot, Thomas, Bernal, Landa y el resto de los favoritos habían llegado al hotel casi a rastras, pidiendo cena y cama. Con las piernas arruinadas. «Me vino encima todo el cansancio del pasado Giro», confesó Landa. 

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Cuando se despertaron el Macizo seguía ahí. Los dorsales ilustres del Tour bajaron la persiana. A ellos les esperan los Pirineos y los Alpes. Así que, sin hablarlo, pactaron un día de calma. Que la novena etapa la peleen otros. Enseguida, claro, se presentaron voluntarios. Hasta una quincena buscó el triunfo en la meta de Brioude, el paisaje infantil de Bardet. Venció un ciclista de muy lejos, Impey, que en 2013 se convirtió en el prime africano líder del Tour. A ese honor sumó el triunfo en Brioude sobre el belga Benoot y el grupo en el que venía el catalán Mar Soler. «Hoy ha sido un día más tranquilo», agradecía Valverde. Al lado, Landa daba cuenta de un refresco. Un trago de azúcar sienta bien tras una jornada que había arrancado en Saint-Etienne, ciudad donde fabrican armas y bicicletas, siempre unidas. Los mismos tubos de las primeras bicis sirvieron luego para las escopetas. Ecos de la historia de este deporte.

De entre los recuerdos que guardará el Tour 2019 está, sin duda, la victoria el sábado de Thomas De Gendt, un tipo inusual, con motor para disputar la clasificación general de grandes carreras pero que prefiere vivir en fuga. Dicen que lo que más le gusta es hacer sufrir al pelotón. Con él disfruta el ciclismo. En la salida de Saint-Etienne también se hablaba de Julian Alaphilippe, francés y líder del Tour el 14 de julio, fiesta nacional. «No soy un soñador. Vivo al día», dijo. Defenderá el maillot amarillo como si cada etapa fuera la última. La novena recorría, como la octava, la arrugada piel del Macizo Central. Es un paisaje que ofrece un menú inmejorable: verde, quebrado, luminoso y, por una vez, sin un calor sofocante.

El Tour es terco. Tras una jornada tan dura como la del sábado propuso otra similar. Los favoritos resoplaron. Aún les quedan dos semanas. Así que guardaron sus piernas en el almacén. Esa renuncia cambió el clima de la etapa. La dejó en manos de los que tuvieran fuerzas y ganas para tejer una buena fuga. Y fueron muchos, y buenos: Boasson Hagen, Stuyven, Impey, Benoot, Roche, Clarke, Naesen, Sicard, García Cortina, Herrada... Y Marc Soler. Su equipo, el Movistar, había perdido el rastro de esa escapada y ordenó al catalán subirse a ella para defender la clasificación por escuadras. Consiguió alcanzarles en el puerto de Aurec-sur-Loire. El luso Rui Costa quiso lo mismo y no pudo. Entre los que se descuidaron, sólo Soler cruzó la frontera. Pronto se vio que la etapa era para los integrantes de la aventura.

La calma en el seno del pelotón alivió al pobre Yohann Offredo. Enfermo, hueco, había disputado a solas, rezagado, la jornada del sábado. «Un niño me ha empujado en el último puerto», agradeció el farolillo rojo. Se salvó del 'fuera de control' y se presentó en la salida de Saint-Etienne. Allí pronunció una frase que, como la gesta de De Gendt, queda archivada en la memoria de la Grande Boucle: «El Tour de Francia me abandonará, pero yo no abandonaré el Tour». Lo juró y alcanzó la meta en el pueblo de Romain Bardet, el francés desheredado por esa edición de la ronda gala. Brillan Alaphilippe y Pinot; se oscurece Bardet. Y precisamente cuando la carrera entra en su casa. Cruel Tour.

Con el pelotón desentendido, los fugados desplegaron sus armas. El autriaco Postberger, que fue líder del Giro 2017, quiso adelantarse al último puerto, Saint-Just, una cuesta breve, empinada, con el asfalto tatuado con el nombre de Bardet. La pintura de sus vecinos. Detrás, García Cortina y su compañero Tratnik se repartían el trabajo. El asturiano está en su «salsa» en su primer Tour. Le divierte. En sus ratos libres le da por la fotografía. Entre él y Tratnik buscaron un hueco en la imagen del día. Le tocó a Tratnik, que se fue en busca de Postberger con Impey, Benoot, Roche, Naesen, Stuyven... y Soler. El catalán, que pedalea como a picotazos, se retorció para enlazar con ellos nada más coronar. Pero al cazarles ya se habían largado Benoot, Impey y Roche.

El descenso hasta Brioude, fiel a la silueta del Macizo, tenía varios repechos. Nada es llano aquí. Benoot, que se sabía menos veloz, mostró su chepa. Aceleró. Buen clasicómano. Buen estudiante de Económicas. Calculó. Hizo balance. Las cuentas le salieron bien a medias. Dejó atrás a Roche, pero no a Impey, uno de esos viejos ciclistas (34 años) que saben subir, bajar y esprintar. Hecho a la medida en África para etapas como las del Macizo Central. Cuando él llegó tras ejecutar sin problemas a Bennot en el sprint, Brioude le aplaudió. El público ya no se sentó. Aclaró su garganta y se preparó para cantar el himno al paso del pelotón. De Alaphilippe, de Pinot y de Bardet, el chico de casa. El Tour sigue de fiesta. «Gracias a todos. Ha sido un día muy emocionante», declaró Alaphilippe, rey galo.