Presente en las 31 ediciones

Iñaki Hurtado, con su 'Colnago', en la plaza junto a la iglesia de Sodupe y a dos pasos de su carnicería. /Pankra Nieto
Iñaki Hurtado, con su 'Colnago', en la plaza junto a la iglesia de Sodupe y a dos pasos de su carnicería. / Pankra Nieto

Iñaki Hurtado, carnicero en Sodupe, debutó con Marino Lejarreta y ha estado siempre en la clásica bilbaína

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Nieto, hijo y sobrino de carniceros, Iñaki Hurtado ve pasar por el escaparate de su carnicería en Sodupe a los muchos ciclistas que tiran hacia Okendo y Artziniega. «Mira, ese va algo alto en el sillín», diagnostica. Ha detectado el bamboleo de la cadera del ciclista que corre por su cristal. Tiene el buen ojo que dan sus casi 63 años, casi todos subido a una bicicleta. «No me he perdido ni una edición de la Bilbao-Bilbao», presume. Con la de ayer, van 31. «Y eso que es difícil no fallar algún año. Yo, además, con mi lumbalgia...». Carga con ese dolor intermitente por culpa del trabajo, siempre a hombros con piezas de vacuno. A punto estuvo de perderse una edición de la clásica, cuando un año se cayó en enero y se fracturó una clavícula. Pero no. «Así -coloca el brazo como en cabestrillo- ya estaba en febrero encima del rodillo». Es su cita anual. Infalible.

Le faltan un par de años para jubilarse. Luego, los 'Hurtado' dejarán la tradición. Su hija, que es ingeniera, no se ocupará de la carnicería. Lo comenta con cierta nostalgia anticipada. Pero, bueno, hay consuelo. Tendrá todo el tiempo del mundo para salir con su bicicleta, una 'Colnago'. Un clásico. «Como abrimos por la mañana y por la tarde, a diario tengo de dos y media a cuatro y media para andar en bici», relata. ¿No come? Sí. Con su propia liturgia: «Como poco. Y lo hago ya vestido de ciclista. Es comer y coger la bici. Si me quedo a hacer un rato la digestión ya no hay manera, me entra la modorra». A esa peculiar escena, Iñaki le añade el comentario habitual de su mujer. «¿Pero es que no te puedes ni quitar el casco para comer?». Lo cuenta y sonríe.

Muestra los dorsales de las 30 ediciones anteriores.
Muestra los dorsales de las 30 ediciones anteriores.

«Al principio, mi mujer y mi hija siempre me decían que estaba todo el día con la bici. Ahora son ellas las que me animan a seguir». Iñaki Hurtado ha visto crecer el cicloturismo. «Yo empecé con quince años. Éramos unos pocos. Media docena en Sodupe, dos o tres en Zalla, los mismos en Balmaseda... Ahora pasan bandadas y bandadas». Sacó una licencia como juvenil y comprobó que se le daba bien. Ganó el Trofeo Andrakas, que entonces premiaba al más regular. «Debuté el mismo día que Marino Lejarreta. En una carrera en Orduña. Yo hice segundo. Me ganó él. Pensé que cómo me podía haber vencido con aquellas piernas tan finas», recuerda.

Tenía talento y fichó por la SVAC, el club ciclista de Santutxu, son sede en Zabalbide. Compartió maillot con Alberto Fernández, «que venía desde Aguilar de Campoo con un dos caballos» y con Nazabal. Con futuros vencedores de etapas en el Tour, el Giro y la Vuelta. Tenía porvenir como ciclista, pero... «Había mucho trabajo en la carnicería. En aquel tiempo nosotros matábamos todo lo que vendíamos. Y tuve además que ir a la mili». Así que al regreso del servicio militar se quedó en el negocio de la familia, al otro lado del escaparate, viendo cómo cada vez pasaban más ciclistas calle arriba.

A mojarse los domingos

En 1988, la Bilbao-Bilbao era aquí casi la única marcha cicloturista y, por tanto, de obligado cumplimiento para los devotos de esta religión rodante. Iñaki estuvo en su nacimiento, en la primera edición, y también ayer, 31 marchas cumplidas. «Al principio, la Bilbao-Bilbao era el objetivo del año. Luego ya nos sirvió de preparación para otras clásicas como la París-Roubaix o el Tour de Flandes, que tiene 260 kilómetros. Recuerdo que el día de la Bilbao-Bilbao salía de Sodupe en bici, hacía los 115 kilómetros de la clásica, volvía a casa pedaleando y encima me daba una vuelta por Artziniega hasta completar 220 kilómetros».

Es un cicloturista de resistencia. Para cuando se jubile tiene plan, la París-Brest-París, una locura de 1.200 kilómetros. Ya no tendrá que comer con casco ni mojarse «sí o sí» los domingos. «Es el único día que no abrimos la carnicería, así que es mi única opción de hacer cada semana un recorrido de fondo. Cojo la bici aunque diluvie», explica mientras muestra, como tesoros, los recuerdos, trofeos y medallas de cada una de las treinta ediciciones anteriores de la Bilbao-Bilbao. En el fondo, como la carnicería, el cicloturismo también se ha convertido en una tradición en su familia. «Pues sí, mira, para esta última clásica, fue mi mujer la que me hizo la inscripción». Una más. Van 31. Todas.

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