Markel Irizar, la alegre despedida del ciclista que batió al cáncer

El ciclista Mikel Irizar./El Correo
El ciclista Mikel Irizar. / El Correo

El corredor guipuzcoano, de 39 años, anuncia que la Clásica de San Sebastián, en agosto, será su última carrera

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Sienta bien vivir sobre un tiempo que parece regalado, sobre una segunda oportunidad. Markel Irizar (Oñati, 39 años) lo sabe. Acaba de anunciar que el próximo 3 de agosto, en la Clásica de San Sebastián, pondrá fin a su carrera ciclista. Desea irse entre el cariño de los suyos. A Irizar, desde chaval le llaman 'Bizipoz', el que vive feliz. Ese apodo le resume. Ni el cáncer testicular que le puso contra las cuerdas cuando tenía poco más de 20 años le borró la sonrisa. Por eso, es el único ciclista capaz de lanzar esta frase en su mensaje de despedida: «Os deseo alegría en la vida». Anunció su adiós este martes, 19 de febrero, cumpleaños de su hijo Aimar, de 9. Vive la vida de los suyos. Ese privilegio.

Conoce bien la fuerza de las palabras. Hay una que se clava. 'Cáncer'. A Markel Irizar le acuchilló una noche en la Vuelta al Goierri 2002, una carrera amateur. Uno de sus compañeros de equipo le habló del repentino final de una amiga, fallecida tan joven. Víctima de esa palabra. Irizar se temía algo. El presentimiento. «Ese mismo día me noté un bulto en un testítulo», recuerda. El miedo. ¿Qué será? Había leído la autobiografía de Lance Armstrong, el campeón que batió al sprint a la enfermedad. «Cuando lo leí, pensé: si esto me pasa a mí, me hundo». Y aquel día empezó a pensar que podía sucederle. «Me asusté». El miedo le salvó. Acudió rápido a un médico, pasó por el quirófano y por la extirpación del testículo. Tras la biopsia del trozo amputado escuchó una palabra aún peor. La peor: «Maligno». Se derrumbó. «Tengo 22 años y voy a morir», pensó. Hoy tiene 39, corre en el equipo Trek y ha visto nacer a sus tres hijos.

Se propuso dos metas: «Tener hijos, porque los médicos me dijeron que no podría, y ser ciclista profesional». Ha cruzado, brazos en alto, esas dos pancartas. Inmejorable palmarés emocional.

Dicen sus amigos que Irizar es metódico, testarudo, un duro en los entrenamientos y, sobre todo, que es feliz. Basta una anécdota para reflejarlo: en Zudaire (Navarra) hay un pequeño hotel. Irizar se alojo allí durante una carrera amateur. Todos sus compañeros firmaron en el libro de visitas, menos él. Se le pasó. Tiempo después volvió a pasar allí una noche. El hostelero, al ver que era ciclista, le pidió que firmara en el libro. Como recuerdo. Irizar le contó que ya había estado allí y que no recordaba haber firmado la vez anterior. Al dueño le extrañó. Así que pasaron hacia atrás las hojas del registro de clientes y allí aparecieron las rúbricas de todos los compañeros de su equipo. Incluida la de Markel, aunque no la había escrito él, sino sus amigos: dejaron escrito el apodo de Irizar, 'Bizipoz', que en euskera es algo así como el que tiene alegría de vivir. Así le veían. Así es.

Aunque le tocó llorar. Sobre todo aquel día desde la consulta de Beasain, el lugar donde se la clavó la palabra maldita, hasta su casa en Oñati. Había ido solo. Y volvía acompañado de un cáncer. Cuatro años antes había perdido a su padre. Y esa mañana tenía que decirle a su madre lo de la enfermedad. Las lágrimas duraron 31 kilómetros, los que hay entre Beasain y Oñati. «A mi ama se le vino el mundo encima. Intentaba aparentar que estaba bien, pero no lo conseguía». Eso fue lo peor. Primero el marido y ahora el hijo, su único hijo. Ahí, poco a poco, empezó a recomponerse 'Bizipoz'. Los médicos le dijeron que el diagnóstico era malo pero que habían llegado a tiempo.

Carrera contra la enfermedad

«Al principio creí que había corrido ya mi última carrera». Enseguida se animó: «Si otros se han salvado, yo también». Pensó en Armstrong, en el increíble relato de gran dominador del Tour. Antes de padecer la enfermedad, Irizar había enviado una carta de apoyo al corredor estadounidense. En inglés. «Me devolvió una tarjeta de agradecimiento». Luego, cuando el guipuzcoano cayó enfermo, fue Armstrong el que se preocupó por él. Dos usuarios de la quimioterapia. «Hay días que el tratamiento te destroza». Las primeras semanas de 'quimio' fueron menos crueles. «Incluso salía al monte y hacía algo de rodillo». Quedaba el final: «La última semana sólo pensaba en volver a casa y cerrarme en mi habitación». No comía y no dejaba de vomitar. Echó hasta el aire que tenía.

Unos meses después, en marzo de 2003, se presentó con el equipo Orbea-Olarra, filial del Euskaltel-Euskadi. «El cáncer tendrá que ser mi victoria más importante», declaró. Desde entonces y durante diez años pasó revisiones. Por si el mal se reactivaba. No lo hizo. «Última revisión de oncología. Después de diez años me dan el alta y se puede decir que ya está superado. ¡Un gran día!», gritó. Tenía permiso para vivir, para ser padre y ciclista. No deja de aprovechar esta segunda oportunidad. A diario. Dicen que al tumor lo venció con humor. Es el método de 'Bizipoz', el que vive feliz. «No tengo un palmarés muy rico, pero me voy con el cariño de la gente. Me siento en deuda. Nos vemos en la carretera. Agur».