Ion Izagirre devuelve la Itzulia a casa

Ion Izagirre devuelve la Itzulia a casa
Michelena

Dieciséis años después de Iban Mayo, el guipuzcoano tumba a Buchmann y gana la ronda en una exhibición del Astana

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Viene jadeando. Pero, a la vez, contiene la respiración. Ion Izagirre ya ha llegado a Eibar, meta final de esta Itzulia. Le dicen que la ganado. «Espera», pide. Tiene que sacarle 54 segundos al alemán Buchmann, que aún no ha entrado. Le cantan la cuenta atrás. Eterna. Al fin. Y grita todo el aire contenido. Y llora. Y mete la cabeza en el manillar. Había sido tres veces tercero en la carrera, la de casa, y, ya está, ya es suya. Le abraza su mujer. Su hija. Ojos de agua. Desde 2003, desde Iban Mayo, no ganaba un ciclista vasco la Itzulia. Adam Yates se lleva la etapa, y Daniel Martin y Buchmann acompañarán a Izagirre en el podio. Cerca, en otra esquina de la meta, llora también el alemán derrotado. Ha defendido su liderato panza arriba. Con todo. Y ni así ha podido con el Astana de Ion Izagirre, el equipo que ha reventado la etapa. Para colmo, en la curva que daba a la meta, mal señalizada, Buchmann se ha confundido de camino y ha regalado los segundos que le bajaban del podio. Dolían las lágrimas de Buchmann. Alegraban las de Izagirre. Hubo justicia y, tras la reclamación del Bora, a Buchmann le devolvieron esos quince segundos y su lugar en el tercer cajón del podio. Eso sí, no saldrá en la foto.

En el fondo de su memoria, Ion Izagirre tiene imágenes de ciclismo que no recuerda. Su padre, José Ramón, fue dos veces campeón de España de ciclocross. Ion y su hermano, Gorka, asistieron sin saberlo a alguna de aquellas carreras de barro. Metidos en el cochecito de bebés. Respiraron el aroma de aquellas batallas. Quizá por eso crecieron guerreros. Eligieron el oficio del padre, para desgracia de su madre, que no daba abasto con la lavadora. Tanta ropa embarrada. Ion ganó enseguida, en 2012, la etapa de Falzes en el Giro. Y venció en Morzine, tras un descenso empapado en el Tour de 2016. Dejó el Movistar para ser más libre y ahora, en el Astana y ya con 30 años, ha cerrado la deuda del ciclismo vasco con la Itzulia. Dieciséis años después de Mayo, Izagirre derramaba lágrimas de oro tras una etapa tan breve como enorme.

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Si una cuesta se llama Kalbario, malo. En ese puerto de nombre intimidador, el Astana quiso comprobar si el Bora, el equipo de Buchmann, había dejado mal cerrada la puerta del liderato de esta Itzulia. Pello Bilbao se colocó esa máscara que disimula el dolor. A bloque. Al galope. El Kalbario conduce casi sin pausa al inicio de Azurki, una montaña estrecha, bella y cruel. Con rampas del 16%. Pello Bilbao desnudó al Bora, la escuadra que se había paseado hasta esta última etapa. Buchmann, de repente, estaba solo. Aislado por el Astana y con la cima de Azurki barqueando al fondo. Los lobos del Astana detectaron la sangre en el equipo alemán. Atacaron. Es su naturaleza. Primero saltó Fuglsang. Buchmann, instinto de supervivencia, quiso seguirle. Y reculó. No podía. Todos lo vieron. Y, como un resorte, se le fueron también Ion Izagirre, Adam Yates, Pogacar y Daniel Martin. Cinco contra Buchmann, huérfano desde el Kalbario.

Las cuestas que bordan los alrededores de Eibar hacían su trabajo. Los ciclistas iban encajados en sus bicicletas. Cuando más corrían más cerca veían el suelo. Agachados. Toda la etapa, tan breve, se disputaba con la boca abierta. De Azurki a Karakate, Buchmann dio un paso atrás. Decidió esperar a dos de los suyos, Konrad y Schachmann. El corazón le golpeaba la cabeza, pero mantuvo la lucidez. Perdía ya más de un minuto y el liderato en favor de Izagirre. Ahí comenzó el duelo entre Pogacar, que por delante tiraba de Martin, Izagirre, Fuglsang y Yates, y el Bora que por detrás defendía a Buchmann. Al alemán le socorrió el Movistar, que remolcaba a Mikel Landa. En una etapa sin un metro de calma, el alavés tuvo que cambiar dos veces de bicicleta. Se le ha pegado la mala suerte como una lapa.

Zumbaba el calor. Sudor metálico en brazos y piernas cuando la Itzulia ingresó en su último puerto, Asensio. El grupo de Izagirre y Martin le sacaba casi dos minutos a Buchmann. El alemán, ya en primera persona, armó las piernas. Activó lo que le quedaba de motor y pedaleó con las tripas. Estaba perdido. Pero, eso sí, cayó de pie. Como su equipo, el Bora, que ya es mucho más que la escuadra de Peter Sagan. Buchmann, espalda arqueada, entregó hasta el último suspiro. Ni así llegó a la orilla. Pero casi. En la Itzulia se iba a emocionar hasta la baldosa final en Eibar.

Tras la cima de Asensio hay, agazapada, una trampa. Un repecho. Martin, tan explosivo, quiso sorprender a los dos del Astana, Fuglsang e Izagirre. El irlandés acechaba en la general a 38 segundos del guipuzcoano. Cualquier error valía una Itzulia. Izagirre respondió. Ya no se le podía ir la carrera que tanto quiere. De ganar la etapa ya se ocupó Yates, que descorchó sus mejores pedaladas en la variante de acceso al centro de Eibar. Yates entró primero, con un segundo sobre Martin, Fuglsang e Izagirre, que paró en seco. Ojos abiertos. Jadeo congelado. Nervioso, pedía calma. Le rodeaban los suyos. Y entonces se lo confirmaron. La Itzulia 2019 llevará para siempre su nombre. Toda la emoción se le vino encima. Le dobló la nuca sobre el manillar. Aquel bebé que ni recuerda el barro nació ciclista para días así.