Vuelta al País Vasco

Alaphilippe conquista la tierra

Alaphilippe, en el momento de la victoria. ./Itzulia
Alaphilippe, en el momento de la victoria. . / Itzulia

El francés abruma en el repecho final de Gorraiz y se coloca segundo en la general tras el 'sterrato' que entierra a Yates

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

A Julian Alaphilippe le calificaron de «elemento perturbador» en la escuela. Su padre tuvo que sacar de allí a tan distraído y revoltoso chaval. Así que Julian acabó la escolarización con cursos por correspondencia. Mejor para él. Lo que le gustaba era el aire libre. Las motos. Rodar con su bici por el barro. Y aporrear la batería. En eso sí se empeñó. Hasta fue tres años al conservatorio. Se le daba bien. Tenía esa coordinación de manos, cerebro y piernas. Con la música no ha hecho carrera, pero hoy es el número uno del ciclismo mundial y nadie pudo con él en la segunda etapa de la Itzulia.

Pedalea como tocaba la batería, con todo. Coordinado. Se colocó bien en la cuesta de meta, eligió la rueda adecuada, libró con habilidad un enganchón con el líder Schachmann y ejecutó como si nada al asfixiado Lambrecht en el repecho final de Gorraiz. Alaphilippe, que ya es segundo en la general, sonó como el redoble de ese tambor que precede a un triple salto mortal. Brincó y cayó, como casi siempre, de pie sobre la etapa del 'sterrato' que echó tierra sobre Adam Yates, que perdió más de un minuto por culpa de un pinchazo.

Los ciclistas saben que el viento siempre les va a pegar en contra. Más o menos. En las salidas hablan con precaución. En Zumarraga, por ejemplo, lucía el sol. «Ya, pero dan agua para cuando lleguemos a la meta». Así sonaba el lamento compartido. Agua sobre la tierra de los caminos rurales de Gorraiz, el temido 'sterrato'. La etapa, además, era breve. Más nervios aún. Había tanta electricidad que se podía encender una bombilla. Y sucedió lo que pasa tantas veces, que se escapó el ciclista más tranquilo del pelotón, Julien Bernard, en compañía del guipuzcoano Gari Bravo y del colombiano Darwin Atapuma.

Fiel a su apellido

De Bravo se sabe que es fiel a su apellido. Es de esos ciclistas que han luchado por respirar en el ciclismo profesional. El equipo Murias le ha dado un dorsal y no deja de agradecérselo. Con fugas así. De Atapuma sorprende su nombre, Darwin, eco científico, en contraposición con el apellido, tan precolombino. Buena mezcla. Es un escalador, de esos que dan un paso adelante.

Y de Bernard se conoce que es hijo de Jean François Bernard, ganador de aquella extraordinaria cronescalada al Mont Ventoux y luego gregario de Miguel Induráin. Era un ciclista de carácter, explosivo. Vehemente. El hijo es la otra cara de la personalidad. Pura calma. No le afectan ni las típicas comparaciones: «Mi padre ganó sesenta carreras. Siempre he sabido que no puedo igualarle». Y compite tranquilo. «Jamás miro las clasificaciones tras una etapa». El estrés no forma parte de su trabajo. «¿Qué pasa si no ganas? Hay cosas mucho peores en la vida. Esto es un juego», defiende.

A este trío se le juntó el navarro Julen Amézqueta. Pero ya escuchaban en la nuca el zumbido del pelotón, alocado por el miedo al cruce por el centro de Pamplona, empapado, resbaladizo. Cada paso por una rotonda era como una descarga eléctrica. Así, enchufado a la histeria, el pelotón se tragó la fuga. De un bocado. Quedaban los tramos de 'sterrato' y cemento. Más voltaje. Afortunadamente, la lluvia dio tregua. No convirtió los caminos rurales de tierra blanca en un barrizal. El Astana, el equipo más contundente, puso a Gorka Izagirre al mando en cuanto se acabó el asfalto. El Movistar arropaba a Landa. El Deceuninck afilaba a Alaphilippe. Iban a ser 50 kilómetros locos.Lo fueron.

Desesperados

La Itzulia se llenó de polvo. Rostros pálidos. Pello Bilbao tomó el relevo de Gorka. El Astana quería defenderse al ataque. Su líder, Ion Izagirre, y el líder de la ronda, Schachmann, se peleaban por las bonificaciones intermedias. Todos pedaleaban desesperados, entre giros, muros, adoquines y tierra prensada. Tocaba rezar. Un pinchazo en mal sitio te mataba. Pinchó Alaphilippe, pero su compañero Devenyns le cedió su bici y pudo recuperar la de recambio ya en una carretera ancha. Le salió cara y se reintegró. Pinchó Yates en el 'sterrato'. Cruz. Ya no empalmó. El resto sobrevivió a la tierra blanca. Tras los tramos sin asfaltar, venía la aproximación a Gorraiz, donde la meta colgaba de un repecho. El Astana apostó por Omar Fraile. Buen rematador.

El vizcaíno arañó para coger la rueda de Alaphilippe, la referencia. Schachmann y Fraile cruzaron codos por esa posición. «He tenido que frenar», lamentó el ciclista de Santurtzi. «En un duelo con Alaphillippe no puedes cometer errores». Ni haciéndolo todo bien. El francés no tiene rival en una meta así. Es el clon de Valverde. Pura chispa. Ni siquiera se alteró cuando Lambrecht cogió unos metros. Alaphilippe, bien sentado en su batería, inició el concierto. Ya tiene una etapa y es segundo, a 5 segundos de Schachmann, en la general

Landa: «El 'sterrato' es una mierda»

. Alejó a Yates y le ha quitado unos segundos al colombiano Martínez y a Landa, relegados en ese último repecho. «Mal, hoy mal», resumió el alavés. «Muchos nervios». «El 'sterrato' es una mierda», calificó el alavés, que se había quitado un peso de encima. Buscaba algo de calma. Demasiado ruido. Sonaba el concierto de Alaphilppe, dueño de la tierra en Gorraiz. Quiere más: »Me veo con opciones de ganar esta vuelta. No tengo presión, y menos ahora«.