Ruta en bici por las laderas de Artxanda con Rafa Alkorta

Rafa Alkorta, en pleno esfuerzo junto a Jon Iriberri e Iñaki Erdoiza con el barrio de Miribilla al fondo./BORJA AGUDO
Rafa Alkorta, en pleno esfuerzo junto a Jon Iriberri e Iñaki Erdoiza con el barrio de Miribilla al fondo. / BORJA AGUDO

El itinerario en bicicleta, que hace competencia al centenario trazado del funicular, en compañía del exfutbolista rojiblanco

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

El funicular convierte a Bilbao en una maqueta. Desde Artxanda, la ciudad es como un juguete de piezas, con sus calles, sus hileras de coches, sus torres, su museo metálico, sus luces y ruidos. La tercera ruta ciclista diseñada por 'Custom4.us' va a subir y bajar esta montaña que se eleva a 252 metros sobre el nivel del mar. Como en los capítulos anteriores, el objetivo es sumar en apenas 30 kilómetros de recorrido casi mil metros de desnivel. Así que hay que multiplicar por cuatro los 252 metros del techo de Artxanda. Eso supone subir cuatro veces por distintos caminos. Salen las cuentas. Ahora toca sudarlas. Y en esta ocasión el invitado viene de otro deporte: es el futbolista Rafa Alkorta, que jugó en el Athletic, el Real Madrid y la selección española. Un central potente, rápido y preciso. Con 49 años conserva el físico. El secreto pasa por horas de gimnasio y kilómetros de bici. «De mountain bike, sobre todo», aclara. Bueno, al fin y al cabo, esta ruta tira al monte. Eso sí, por asfalto.

Ha salido una mañana de luz vaga. Así lleva toda la primavera. El viaje comienza en la orilla que mira al Guggenheim, bajo el Puente de La Salve. Corre por allí un bidegorri a compartir con paseantes y turistas. Cada vez hay más visitantes en Bilbao. Ellos han redescubierto el funicular, el viejo tren de cremallera que comenzó a trepar en 1915 desde el Matadero municipal, en la calle Castaños, por la que pedalean con EL CORREO Jon Iriberri, Iñaki Erdoiza -los dos técnicos de 'Custom4.us'- y Rafa Alkorta. La primera subida, Monte Aldámiz, les lleva al corazón del barrio de Uribarri. Ciclismo urbano. Perfume de café y periódico entre moles de apartamentos. La cuesta es corta, no llega al kilómetro, pero tiene un zigzag que supera el 20% de desnivel. Alkorta tuerce el gesto. «Bufff. Esto va a ser la leche». Acierta esa quiniela.

GONZALO DE LAS HERAS

El descenso por la Vía Vieja de Lezama acerca al barrio de Zurbaranbarri, la puerta que abre la segunda subida, a Arabella. Es otro escalón que obliga a arrodillarse a los ciclistas: 500 metros y un muro al 24%. El rampón que da al restaurante Kate Zaharra, vacío a estas horas, escucha el concierto de jadeos. «Ehhh... Que este cuerpo está diseñado para el fútbol, no para el ciclismo», bromea Alkorta. Mantiene la silueta. Musculosa. Pero la ley de la gravedad le penaliza frente a los livianos ciclistas. «Esto es la bomba. Se te salta el corazón». Risas entrecortadas por la agitada respiración. Arriba, la ruta cruza la estrada de Mendiarte, que separa el monte Artxanda del monte Avril, dos de las paredes de Bilbao. Por ahí pisa el Camino de Santiago. Peregrinos a pie o a pedales. Todo vale para la salvación.

2,5 kilómetros repletos de rampas tiene la subida a San Roque, en Artxanda, por la ladera que parte desde La Ola, en Sondika. Más que un muro, es ya una cuesta en toda regla. Los piñones de 28 y 32 dientes se hacen necesarios para mantener un ritmo mínimamente alegre. Las rampas más duras alcanzan el 18% y obligan a un esfuerzo muy intenso

Lo que sube, baja. De Artxanda, la ruta desciende por San Roque hasta La Ola, en Sondika ya. La banda sonora la ponen los motores que rulan por el corredor del Txorierri. Lo que baja, sube. Es la hora de conocer la cuesta de Pike que devuelve a los ciclistas a la cima de Artxanda, a la recta de la vieja pista de hielo de Nogaro. Es una carretera estrecha, arbolada y solitaria. Ideal para las bicicletas y cruel con los que pedalean: casi kilómetro y medio con un desnivel medio del 12%. Iriberri anima, pero la cuesta hace su trabajo. A conciencia. Es tan dura que no se regatea el esfuerzo. «Joé. Si alguno tiene poco tiempo para andar en bici y quiere darse un calentón, este es el sitio», comenta Alkorta cuando recupera el resuello, ya tras bajar por la Vía Vieja de Lezama al Mirador de Bilbao, justo encima de Ciudad Jardín, el barrio blanco que escucha cómo bajo su suelo trepa el funicular.

G. DE LAS HERAS

A Alkorta le encanta el ciclismo, un deporte duro, de retos, de hilar amistades. «Esta ruta es exigente y divertida. Soy de Bilbao y he descubierto lugares que no conocía». La ciudad, desde abajo, ocupa la escena. Tiempo para pulsar la cámara del móvil. Ahí está la maqueta otra vez. A jugar 'a las bicis'. Cuesta abajo hacia el Ayuntamiento y el Campo Volantín. Bilbao no para. A mediodía todo es prisa. Gente ocupada. Al lado de los viandantes, un grupo de ciclistas, como extraterrestres, sigue pisando una nueva Luna. Las cuestas ocultas de Bilbao. La cuarta espera junto al cuartel de La Salve. Trepa por la calle Tiboli hasta el grupo Montaño. ¿Masculino de montaña? La carretera, con algún tramo al 21%, juega al escondite con el funicular hasta alcanzar de nuevo la Vía Vieja de Lezama. Otra vez asoma Artxanda.

Por Ciudad Jardín

En esta montaña clavaban las horcas en las que ajusticiaban a los maleantes. Recuerdo macabro. Los ciclistas ya se retuercen por la estrada de Artxanda, otro tramo que supera el 20%. Hay dos piedras que cierran el paso a los vehículos y que, así, convierten esa asfombra gris es un paraíso ciclista. El camino es propiedad privada de las bicicletas. Y a un paso del centro de Bilbao. La visión decadente de Nogaro alivia. Es la cumbre. Pero resta una ascensión más, la más larga, la que viene tras bajar por Pike hasta La Ola (Sondika). El desafío tiene nombre: la cuesta de San Roque: 2,5 kilómetros con un desnivel medio del 9% y picos del 18. Palabras mayores.

«No puedo ni andar», vuelve a bromear Alkorta. San Roque, la cuesta del Txakoli Simón, es un eco dominical del viejo Bilbao. Las familias sacaban el billete del funicular, subían a Artxanda y caminaban hasta la ermita de San Roque. Una mañana para respirar sobre la maqueta de la ciudad. En bicicleta, en cambio, falta el aire. Boca de pez en la subida, que se hace larga y lenta. Al piñón se le acaban las coronas. La distancia entre la cabeza y el corazón es mínima. Tamborilean al unísono. Alguien con un soplo de aliento pregunta: «¿Cuánto cuesta el billete del 'funi'?». Visto desde este brutal esfuerzo, seguro que es barato. Ya sólo falta descolgarse por Ciudad Jardín hasta La Salve y sacarle una foto al funicular. Nadie ha subido tantas veces Artxanda como él. Tiene mérito. Esta ruta da fe.

La próxima semana la ruta se centrará en el Monte Avril.

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