Fallece Felice Gimondi, ganador del Tour, el Giro y la Vuelta

Felipe Gimondi saluda a Pablo VI, en presencia de Eddy Merckrx. /El Correo
Felipe Gimondi saluda a Pablo VI, en presencia de Eddy Merckrx. / El Correo

Tenía 76 años y ha muerto mientras se bañaba en una playa cerca de Taormina

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Felice Gimondi, ganador del Tour, del Giro, de la Vuelta y del Mundial, ha fallecido este viernes a los 76 años como consecuencia de una crisis cardiaca. Estaba dándose un baño en una playa cerca de Taormina, donde estaba de vacaciones con su esposa. Hacía tiempo que se encontraba enfermo. Gimondi fue uno de los grandes rivales de Eddy Merckx. El adversario más elegante del 'Caníbal' belga. A su palmarés de 118 victorias, el exciclista italiano une esa estela de caballero andante. De hecho, Gimondi era un color, el celeste de la firma de bicicletas Bianchi que aún rueda por las carreteras. Tras Coppi y Bartali, y antes del nacimiento y la muerte de Pantani, el ciclismo italiano tuvo a Gimondi, al que ya llora.

'Felice, bello y misterioso', se tituló una de sus biografías. Gimondi, hijo de la cartera de Sedrina que repartía a pedales la correspondencia, hizo bien en ganar cuanto antes el Tour. Fue el de 1965 y con sólo 22 años, justo una temporada después de vencer en el Tour del Porvenir. Tan pronto. De hecho, ni tenía que haber corrido aquella edición. La baja de tres compañeros en el equipo Salvarani le alistó en la Grande Boucle. No conocía a nadie. Se apuntaba en un guante los dorsales de los velocistas y en el otro, a los escaladores. Era un Tour sin Anquetil, cansado de ganarlo. Y era un Tour para Poulidor, al fin gran favorito sin su bestia negra. Pero apareció un desconocido italiano, elegante y completo, que confirmó la condición de segundón del francés. Gimondi se llevó ese Tour, tres Giros (1967-69-76), una Vuelta (1968) y clásicas como la París-Roubaix, la Milán-San Remo y el Giro de Lombardía. Hizo bien en madrugar para sumar victorias porque para desgracia suya y de varias generaciones estaba a punto de llegar una anomalía genética, Eddy Merckx.

«Eddy era un capricho de la naturaleza», definía Gimondi. «Más fuerte que cualquier otro humano. Al principio maldije mi mala suerte por coincidir con él, pero luego, con el tiempo, comprendí que esa competencia me hizo ser mejor, me hizo ser quien fui». Gimondi lo tuvo todo: coraje, táctica, nobleza, audacia; escalaba, rodaba, bajaba, esprintaba. Sólo le sobró Merckx. «Yo tuve que soportar a Eddy. Aunque peor fue para mi esposa, Tiziana, que tuvo que soportarme a mí», comentaba Gimondi.

Era estricto, obsesivo en la preparación, en el método. Irascible incluso antes de las grandes carreras. Tiziana hacía de contrapunto. En uno de sus relatos, Gimondi cuenta cómo una vez perdió los nervios en carrera. Harto de que no le diera relevo, echó a un holandés a la cuneta. La mala conciencia no le dejó dormir esa noche. A la mañana siguiente, en la salida, se acercó a su rival para pedir excusas. Antes de que lo hiciera, el holandés le regaló una flor. Buen gesto. Gimondi, desmontado ante la reacción de su adversario, agachó la cabeza y comprendió. Nunca más. Nada de ira.

Fue tal la talla de Merckx que engrandeció a sus víctimas. A Ocaña, a Fuente, a Zoetemelk, a De Vlaeminck, a Thevenet, a Gimondi... Caer ante el más grande les cubría de gloria. Vencerle les hacía legendarios. Eso hizo Gimondi en, quizá, el mejor Mundial de la historia, el de Barcelona'73. En el circuito de Montjuic. Allí estaban cuatro mitos: un español único, ardiente, indomable, Luis Ocaña; dos caníbales belgas, depredadores y rápidos, Merckx y Freddy Maertens, y el aristócrata italiano, Gimondi. Ocaña, puro vigor cuesta arriba, era el más lento. Merckx y Maersten dejaron ese día de ser belgas. Cada uno pensó en sí mismo. Se vigilaron, se amordazaron, y Gimondi, fino cazador, supo rentabilizar esa guerra civil y colgarse el oro. Merckx y Maersten no se hablaron durante muchos años. «Realicé una obra maestra», dijo Gimondi, emblema de la firma Bianchi. «De los de ahora me gusta Nibali. Es el que más se me parece. Tiene la cabeza dura como yo», señalaba el caballero bergamasco, que lloró en 2004 cuando supo que Pantani, otro de sus herederos, se había cansado de vivir. Ahora es Italia la que ya echa de menos a uno de sus mitos ciclistas.