Muerte en el desierto

Explorar el límite, nunca traspasarlo

Un participante en la primera de las 6 etapas de la Titan Desert de este año/
Un participante en la primera de las 6 etapas de la Titan Desert de este año

El fallecimiento de un participante por un fallo cardíaco no debe poner el punto de mira sobre la Titan Desert pero sí hacernos reflexionar sobre los retos extremos

Josu García
JOSU GARCÍA

Las noticias que llegan desde el desierto marroquí son las peores. El ciclista aficionado Fernando Civera, de 46 años, ha muerto de un paro cardíaco. Sabemos que apretó el botón de alarma cuando se encontraba en mitad de un mar de dunas. Posiblemente desorientado. No tenemos más datos por ahora y no debemos sacar conclusiones precipitadas, aunque es seguro que en las próximas horas oiremos hablar de deportes extremos, de la necesidad de reconocimientos médicos, de límites...

Yo he corrido dos veces la Titan Desert (2009 y 2012). Y posiblemente lo volvería a hacer. Es una experiencia que recomiendo (y seguiré recomendando) a todo ciclista amante de la aventura. «Al menos una vez en la vida hay que probar», suelo decir. La última vez que pronuncié esta frase fue el pasado viernes, cuando entrevistaba a José Manuel Dorado, un bilbaíno de 65 años, abuelo de tres nietos, que se había alistado en la prueba de este año con su hijo de 38. Hay ahora mismo 18 vascos desafiando a las arenas de Marruecos.

La Titan Desert que yo conocí es dura. No vamos a engañar a nadie. Posiblemente es una de las carreras más exigentes del mundo y no por el recorrido ni por sus 640 kilómetros en 6 etapas. Lo exigente son las condiciones. Está claro que pasar una semana en el desierto no es como irse de vacaciones a un hotel cinco estrellas. El calor es intenso y pegajoso. Se mal duerme en una tienda de campaña bereber. Las gastroenteritis son habituales. El esfuerzo es máximo...

Pero es un reto razonable para un ciclista aficionado, con cierta experiencia en larga distancia. Una persona que se cuide y que tenga un buen estado de forma. Yo entreno entre 5 y 6 horas semanales. No soy ningún superatleta. Quiero decir que aventurarse a participar no es una locura, como puede parecer desde fuera (y como vamos a empezar a oír). Hay propuestas más despiadadas sin salir de la Península. Hace uno años entrevisté a Rafael Llátser, fue el primer amputado en acabar al Titan. Además de ser un tipo admirable e inteligente, Rafael es médico. Y los médicos tienen fama de ser razonables.

Los que hemos conocido la Titan Desert siempre hemos pensado que los problemas en esta carrera podrían venir por otro lado. No pensábamos en algo como lo que ha sucedido. Digamos que no entraba en nuestros planes. En 14 años nunca había pasado. Nuestras preocupaciones habían sido siempre otras: la seguridad (la mayoría de las ediciones han pasado cerca de la frontera con Argelia) y el miedo a perderse. En 2015, un ciclista colombiano desapareció durante varias horas. Fue un susto mayúsculo. Sin agua ni recursos (no hay cobertura de móvil, por lo general), extraviarse en el desierto es delicado.

Pero la organización ha hecho un gran esfuerzo en este aspecto en los últimos años. Hay más medios aéreos y se dispone de un botón del pánico, que ayer, al parecer, se activó con éxito, aunque luego no se pudo hacer nada.

Un paro cardíaco puede suceder en mitad del desierto o en el campo de fútbol de al lado de casa. Por desgracia, la muerte súbita en el deporte sucede. No hay más que mirar las estadísticas.

Ahora bien, esto no quita para que el ciclista cuide y vigile su salud. Una prueba de esfuerzo anual debería ser obligatoria para cualquier deportista que salga a pedalear unas cuantas horas a la semana. A mi médico deportivo, al que visito cada 12 o 18 meses, no le suelen gustar este tipo de retos. Nunca me prohibió ir a la Titan Desert pero sí me recomendó que no se convirtiera en una costumbre. «Prueba pero que no sea todos los años».

Otra cosa es que reflexionemos sobre los límites. Soy partidario de explorarlos, pero no de traspasarlos. Y lo que voy a comentar a continuación no pretende juzgar, en ningún caso, lo que ha sucedido en la Titan. Ni tenemos datos ni es mi intención hablar de lo sucedido en concreto a Fernando Civera, más allá de trasladar mi tristeza y condolencias a la familia.

Los ciclistas tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones y, sobre todo, del sentido de nuestras aventuras. Todo es cuestión de ritmo. En la Titan conocí a personas muy fuertes, exprofesionales del ciclismo, derrotados y tirados en una cuneta con un gotero de suero pinchado en la vena para rehidratarse. Habían explotado por pedalear a 30 por hora durante varias horas en mitad de un horno de arena. Y vi a ciclistas en apariencia débiles salir victoriosos. Llegar a meta con una media de 13 kilómetros por hora. Como hormiguitas, disfrutando y haciéndose fotos con los camellos. Todo es cuestión de expectativas y de afrontar el desafío con cabeza.

Seguir por seguir. Obcecarse en acabar, en llegar a la meta a toda costa no es bueno. Esa cultura del 'finisher', de coleccionar medallas de retos cada día más enrevesados, está haciendo un flaco favor a muchas personas. No se debe arriesgar la salud. Lo bonito es el camino, la motivación previa, la superación personal (hay historias increíbles en la Titan) y lo demás, azúcar que solo sirve para engordar egos mal medidos.

El desierto dicta su ley. Hay que ir. Conocerlo. Probarlo. Saborearlo. Y si luego no se puede llegar a meta, no pasa nada. Esto no es irse al Himalaya. Es un infierno controlado, con botón del pánico incluido. Os lo dice alguien que lo intentó dos veces y 'fracasó'. El primer año por una infección que arrastraba. Y el segundo, en la última etapa, cuando sólo quedaban 50 de 650 kilómetros, por una avería mecánica. A lo Carlos Sainz. ¿Podría haberme arrastrado hasta meta con una bici desvencijada? Probablemente. ¿Tenía sentido hacerlo? Para mí, ya no. Ya está. No pasa nada. Desierto 2 Josu 0. Plegar velas y hasta el próximo reto.