La descalificación de Viviani da la etapa a Gaviria en el Giro

Viviani, con el maillot de Italia, entra antes que Gaviria (UAE), al final vencedor. /Afp
Viviani, con el maillot de Italia, entra antes que Gaviria (UAE), al final vencedor. / Afp

Los jueces castigan al italiano por sprint irregular y otorgan la victoria al colombiano, que pese a verse beneficiado dice que la sanción es injusta

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Elia Viviani, el campeón de Italia, viene de la jungla, del velódromo, de la escuela donde mejor se aprende a manejar la bicicleta a toda velocidad. El sprint son diez o quince segundos. Un esfuerzo como del de Usain Bolt en cien metros. Una detonación. Viviani, campeón olímpico de pista, sabe buscarse la vida en esa selva de piernas, codazos y peligro. Con la pancarta de Orbetello -meta de la tercera etapa del Giro- a la vista, eligió la rueda del alemán Ackermann, el ganador de la segunda jornada. Se va bien a rebufo de un coloso de 80 kilos. El viento marino hacía daño, alargaba la recta final. A Ackermann se le hizo eterna. Viviani, bien afinado, inició la remontada. Era su distancia. Ya nadie iba a poder con él. Pero cometió un error. Pegó un bandazo innecesario y cerró a Moschetti, que pedaleaba sin opciones. Viviani entró el primero y celebró un triunfo que los jueces le quitaron por esa maniobra irregular. La etapa fue para el segundo, Fernando Gaviria, otro vecino de esa jungla. El colombiano defendió a Viviani: «No ha hecho nada mal. Le etapa es suya». Eso le honra.

El descalificado bramaba. Tenso. Lleva la bandera de italia en pecho y espalda. Sentía el castigo como una afrenta. Sin ese bandazo también habría ganado. Le dolía. También estaba dolido el ecuatoriano Richard Carapaz, escudero de Mikel Landa en el Movistar. Había sufrido un percance mecánico en el tramo final y luego se vio frenado por una montonera a cinco kilómetros de la meta. El parón le costó 46 segundos de oro. «He pillado un bache y he roto la rueda. Me ha dejado su bici mi compañero Pedrero, pero es más alto que yo. Iba pedaleando como podía», contó Carapaz. El Giro no tiene piedad. Bien lo saben los dos japoneses que se alistaron en esta edición que ya suma tres jornadas.

Soplaba con ganas el viento en la salida de Vinci, la comarca que dio apellido a Leonardo, la mano zurda que dibujó la enigmática sonrisa de 'La Gioconda'. Las ráfagas que cimbreaban los cipreses de Vinci no gustaban a los ciclistas. Cuando sopla el viento, aparece la tensión. Y quedaban 219 kilómetros hasta la meta de Orbetello, la ciudad flotante de la costa toscana. Mucho asfalto y mucho aire. Con el reto se atrevió el único japonés que le queda al Giro, Sho Hatsuyama. Su compañero Hiroki Nishimura, presa de los nervios por el debut, llegó fuera de control en la contrarreloj inicial y tuvo que regresar a casa con apenas un cuarto de hora de Giro recorrido. Derrota humillante. Hatsuyama, contra viento y marea, salió desde Vinci para izar la bandera del imperio del sol naciente. Como los kamikazes, fue fiel al 'Bushido', el código ético que los samuráis cumplían hasta la muerte. Honor.

La aventura de Hatsuyama

Hatsuyama se hizo el 'harakiri'. Sabía que sus opciones de ganar la etapa eran nulas. Daba igual. No se trataba de eso. Los que asumen que van a morir le pierden el miedo a la muerte. El japonés se agotó entre colinas toscanas hasta que gastó todas sus fuerzas. Vacío, el pelotón le cazó sin esforzarse a falta aún de 70 kilómetros. Pero el nipón que sobrevive en este Giro había cumplido. Sólo tenía una bala y la disparó antes de caer. Con las zapatillas puestas. El viento silbaba aún más. Y a favor. La calma era imposible. Al olor salado de la costa, el pelotón se enchufó al nervisosismo. Nadie quiere perder el Giro antes de que llegue la aún lejana montaña. Hubo caídas, como la que taponó a Carapaz. Los favoritos, incluidos Landa y el líder Roglic, las esquivaron.

Faltaba llegar a Orbetello. Ackermann, como Viviani y Gaviria, creció en el velódromo. Los ciclistas del anillo no le temen a nada. A él, además, la afición por la pista le viene de familia. Su hermana mayor le abrió las puertas del ciclismo. El alemán se acercaba a Orbetello con la confianza de haber ganado el domingo el primer sprint del Giro. Quería más, claro. Es un velocista de los que no se esconden. Opta por un camino hacia la meta y se tira con todo a por él. El domingo, Viviani no supo verlo a tiempo. En Orbetello, sí. El italiano se soldó a su rueda y le rebasó al tiempo que soltaba el brusco escorzo que le descalificó e hizo a Gaviria vencedor sin querer. Ni el viento toscano igualó el huracán de rabia que soltó Viviani. Como el japonés Hatsuyama, el italiano saldrá en las próximas etapas a restaurar su honor.