El ecuatoriano Carapaz reclama el Giro en el Mont Blanc

Carapaz, con la maglia rosa tras la etapa del Giro. /AFP
Carapaz, con la maglia rosa tras la etapa del Giro. / AFP

Con Landa por detrás frenando a Nibali y Roglic, el ecuatoriano de un gran Movistar gana en Courmayeur, se viste de líder y se confirma como candidato al triunfo final

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

En Carchi, una región centinela de Ecuador junto a la frontera con Colombia, los niños juegan al fútbol. Allí no hay ciclismo. Pero sí radios. Y el pequeño Richard Carapaz escuchaba en una emisora colombiana narraciones de carreras lejanas. Aventuras. Héroes. Un libro abierto. Aquel sonido radiofónico que resbalaba por la cumbre de su localidad fue la semilla. Y Carapaz, ya ciclista del Movistar, brotó hace un año en el Giro de Italia con un triunfo en Montevergine y el cuarto puesto final. A esta edición llegó como segunda baza a la sombra de Mikel Landa, pero en la meta de Courmayeur se llevó el botín doble, la etapa y el liderato.

Es un ciclista de altura. Viene de Carchi, a 3.000 metros de altitud, y se ha colocado en la cima del Giro junto el Mont Blanc y sus 4.810 metros. En las dos primeras jornadas de montaña fue Landa el que se acercó a los rivales. En Courmayeur, Carapaz los ha rebasado. El ecuatoriano rentabilizó el marcaje entre Nibali y Roglic, y la labor de freno que hizo Landa por detrás. El Movistar orquestó una sinfonía táctica. Quiere el Giro con Landa y con Carapaz, que se ha puesto por delante. Del alavés y de todos.

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El reloj cuenta bien lo que pasó en la subida al Colle San Carlo y el descenso hasta el túnel del Mont Blanc. Carapaz, desencadenado, aventajó en la meta a Yates en minuto y medio. El grupo de Nibali, Majka, Landa, López, Sivakov y Roglic entró a 1.54. Por 7 segundos sobre Roglic, el ecuatoriano luce la maglia rosa. Nibali está a 1.47, Majka a 2.10 y Landa, que ya es quinto, a 2.50 de su compañero en el Movistar. 'Superman' López, que se aleja a 5.30, se está quedando sin saldo. En tres días cuesta arriba el Movistar ha abierto el Giro en canal.

«Era una etapa y un final para mis características», dijo Carapaz en la meta. «Era la estrategia del equipo. Mikel también está bien. Uffff. La maglia rosa. Un sueño. Ni me lo creo», añadió. Había fiesta en el autobús del conjunto español. «Tenemos dos líderes, aún queda mucho. Estamos unidos», apuntó uno de sus directores, Chente García Acosta. Flotaba. En las alturas veía el Giro en rosa. Desde la salida en Saint Vincent, la etapa tiró hacia el Mont Blanc, tan alto que le roba la luz al sol. En apenas 130 kilómetros se juntaban cinco puertos, incluido el Colle San Carlo, una mole de diez kilómetros al 10% de desnivel. Calvario anunciado. Aunque eso no intimidó a Simon Yates. Le animó la rabia, haberse sentido débil el día anterior. Así que arremetió contra el primer puerto.

Por un momento puso patas arriba el Giro, aunque la carrera enseguida se calmó y regresó al plan previsto. En ese momento, cuando los favoritos estaban a solas, Nibali y Landa chocaron sus puños a modo de saludo. Como si supieran que su duelo, entre dos rivales que se respetan, está por llegar. Los enemigos del Jumbo de Roglic lanzaron en fuga a sus peones. El Movistar a Amador. El Astana a Izagirre. El Trek a Ciccone. Y el Mitchelton a Juul-Jensen y Hamilton. A ese grupo se sumaron Carthy, Gallopin, Dupont, Masnada, Cattaneo y el colombiano Sosa.

Carapaz, feliz en su llegada a la meta.
Carapaz, feliz en su llegada a la meta. / AFP

El papel defensivo de Landa

Al fondo, ocupando la anchura del cielo, les observaba el Mont Blanc. En su falda esperaba la meta de Courmayeur. Antes, amenazaba el Colle San Carlo, tan vertical como una guillotina. Iban a rodar cabezas. Nibali ordenó el inicio de la ejecución. Su equipo encareció el puerto. Yates y Mollema chocaron contra la realidad. No están al nivel de los demás. Nibali no se conformó con esas dos víctimas y sobrepujó en primera persona. Se giró y vio que el Giro se resumía en él y los cuatro que le seguían, Roglic, Carapaz, Landa y López. Mientras la carrera ganaba altura se quedaba casi sin corredores.

Tras dos días de dinamita, Landa cedió la mecha a su compañero Carapaz. El ecuatoriano soltó un latigazo a tres kilómetros de la cima. Era un cuesta a cámara lenta. Se pegaba a las ruedas. Salvo a las de Carapaz y su pedaleo endemoniado. Era él quien protagonizaba una de aquellas narraciones radiofónicas que escuchaba de niño. Detrás, Nibali y Roglic, enemigos irrenconciliables, no dejaban de lanzarse dardos en un cruce de miradas. El esloveno ya era el líder virtual, ante el hundimiento de Polanc, pero defendía con timidez esa maglia. Incluso pareció que sufría calambres. La presencia de Landa, protector de los intereses de Carapaz, anestesió al grupo. El alavés se puso al servicio de su compañero.

Y mientras, Carapaz saltaba por el paisaje a toda velocidad. El descenso de San Carlo era un ovillo de curvas cerradas como un puño. Tras el vértigo quedaba la subida a Courmayeur, un repecho largo. El ecuatoriano comenzó esa cuesta pedaleando por la victoria de etapa y, gracias a la vigilancia entre sus perseguidores, la acabó con su segundo triunfo en este Giro y vestido de rosa junto al Mont Blanc, la mejor antena posible para enviar ondas radiofónicas hasta Carchi, donde, seguro, todo el pueblo tenía la oreja pegada al transistor siguiendo la aventura de su vecino en Italia, líder y candidato sólido al triunfo final.