Alaphilippe pisa primero la tierra

Alaphilippe tira del grupo cabecero en un momento de la prueba./Afp
Alaphilippe tira del grupo cabecero en un momento de la prueba. / Afp

El francés gana la Strade Bianche, la clásica sobre 'sterrato' que deja espectaculares imágenes de la Toscana

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Pasar por Siena tiene un peligro. Dan ganas de quedarse. La carrera de caballos de la fiesta del Palio, que corre por las esquinas de la Piazza del Campo, era hasta hace una década la gran postal de esta bella ciudad toscana. Ahora tiene competencia con una carrera ciclista, la Strade Bianche, hermosa como Siena, donde está colocada la meta, también en la Piazza del Campo. Y allí, en esa subida por las calles de baldosa de la vía Caterina y bajo los arcos que han visto circular tantos siglos de historia, el francés Julian Alaphilippe ha vuelto a reivindicarse como el heredero de Alejandro Valverde. Ni el belga Wout van Aert, que llegaba fundido, ni el danés Jakob Fuglsang, que no tiene tanta pegada, han podido con el resorte de Alaphilippe, que prolonga la racha de su equipo, el Deceunick (15 triunfos ya). Era la primera visita del menudo galo a Siena. Flechazo. Para quedarse.

Hay un ley en el boxeo que vale para casi todo, también para el ciclismo. Fuerza más velocidad igual a pegada. Alaphilippe, peso pluma, la tiene. Hábil, ágil, equilibrista y con músculos en las piernas para desplegar veinte pedaladas de dinamita. Una bomba. «La Strade Bianche era mi primer gran objetivo del año. He trabajado todo el invierno para esto», ha dicho tras la victoria. Y eso que ya había ganado dos etapas en las Vueltas a San Juan y Colombia. Al final del pasado verano no pudo con Valverde, su maestro, en el Mundial de Innsbruck, pero está llamado a sucecerde en buena parte de las clásicas.

Nubes blancas de polvo

El escudo de Siena tiene dos colores, blanco y negro. Así es la Strade Bianche. Ciclismo en blanco y negro. A la antigua. Con 184 kilómetros basta para el espectáculo si 63 de ellos corren sobre esa tierra blanca de la Toscana que une los campos y colinas decorados con cipreses. Esta vez no ha llovido. Sin barro, el polvo ocupa su lugar. Rostros blancos como el de Diego Rosa, el último superviviente de la fuga inicial. Alcanzó el Monte de Santa María, el tramo más largo de 'sterrato'. Es un cuesta sequidura. Nube de polvo. Ciclistas cegados, ojos de pimienta. Garganta seca. Esa colina de tierra, como todos saben, hace la selección. A partir de ahí, ya todo es una pelea cara a cara. Ciclismo de antes. Por eso, la Strade Bianche se ha convertido en un monumento pese a ser una clásica recién llegada.

Del Monte de Santa María hasta Siena hay 47 kilómetros. Con el sol de la tarde toscana cortando las miradas, el grupo se redujo a una quincena. Los esperados. Benoot y Willems, Van Avermaet, Lutchenko y Fuglsang, Van Aert... y tres del equipo Deceuninck, Alaphilippe, Stybar y Lampaert. Por inercia cazaron a Rosa, exprimido bajo su máscara de tierra. Fuglsang, antiguo especialista en ciclismo de montaña, se sentía a gusto. Su equipo, el Astana, no deja de ganar. Y salió en el tramo blanco del Colle Pinzuto a por la vitoria. Solo le siguieron dos, Van Aert, tres veces campeón del mundo de ciclocross, y Alaphilippe, un funambulista sobre ruedas. Los tres saben desenvolverse de sobra en senderos de tierra y piedras. Les gusta derrapar en los descensos. Adrenalina a 20 kilómetros de la meta.

A Van Aert, que casi mide 1,90 metros de fibra, le pudo la rampa de Le Tolfe. Tan bruta. El 18%. Fuglsang le ahogó ahí y trató de hacer lo mismo con Alaphilippe. No pudo. El francés cabrioleaba sobre los tubulares. Como jugueteando. Disfrutaba. Afilaba el cuchillo para cortarle el cuello al danés en la empinada vía Caterina que sube sobre baldosas a la Piazza del Campo, donde cada año hay carrera de caballos. Y ahora de ciclistas. Potros. Van Aert, empecinado, les cogió justo en el inicio de ese repecho final. Sacó la cabeza para que se la cortaran. Fuglsang apretó una vez más sobre ese paraíso sin techo que es Siena. Quiso cortar las amarras que le unían a Alaphilippe. En vano. El francés, más veloz, con más punch, le tumbó a falta de 300 metros. En el rostro del francés se mezclaron el esfuerzo total y la sonrisa. Se golpeó el pecho al entrar en la plaza del Palio. Suyo es ya el estandarte de Siena, la carrera de tierra blanca y negra. «He descubierto Siena y he ganado. No puedo pedir más». Como para no quedarse en esta maravilla toscana.