Corredor de fondo y velocista universal

Stephen Curry en el partido contra los Celtics/
Stephen Curry en el partido contra los Celtics

Ningún equipo como Golden State domina el catálogo de las carreras para alargar la zancada y perlar de sudor impotente el entrecejo del adversario

ÁNGEL RESA

No ignoro que puede causar extrañeza que el autor centre este artículo en la capacidad sobrenatural de los Warriors para mostrarse como un equipo ajeno a este mundo. Sorprende después de conocer, recién sacada del horno, la última marca estratosférica de James Harden, el genio de la barba maravillosa. El base de Houston viene de firmar el primer triple-doble de la historia en la NBA con 60 puntos para empezar la conversación, a los que sumó 10 rebotes (coge muchos porque se desentiende de su par y pulula en zonas donde la pelota puede caer tras rechaces largos) y 11 asistencias. El hombre que bien pudo levantar el trofeo de MVP la campaña pasada en pugna feroz y hermosa a un tiempo con Russell Westbrook dejó que el resto de su tropa entera anotase 54 para abatir a Orlando.

Tal vez puedan reprochar al firmante que pase por alto, o por bajo, la defensa ridícula de unos Cavaliers a los que un tropel de conjuntos amenazan con desterrar de la tercera plaza en el Este, esa conferencia que comandan Boston y los sólidos Raptors canadienses. Quizá los lectores musiten palabras de asombro si esta columna se limita a mencionar, ahora mismo sin dejarlo para más adelante, el notable pulso con el que el desconcertante Ricky Rubio, aun con ciertos apuntes de su pretérita genialidad, acaba de conducir la paliza de Utah a Golden State (129-99). El cerebro de El Masnou ha encabezado la rebelión frente a ese objeto celeste que son los Warriors a través de 23 puntos y 11 asistencias, pases de canasta que tanto extrañamos últimamente en su repertorio.

Cabe la opción de que los seguidores de esta sección semanal reclamen algún capítulo concreto para explicar la temporada depresiva, en términos generales, de la embajada española enviada a Norteamérica. No caben dudas acerca de la primacía de Marc Gasol entre los nueve delegados, aunque el mediano de la saga mostrase ciertos síntomas de decaimiento anímico tras el paseo triunfal del hermano y mentor en su enésimo retorno a Memphis. Pau sigue ejerciendo el efecto diésel de su baloncesto a conveniencia de la empresa. Que Gregg Popovich receta descansos a los veteranos de su plantilla y purga lesiones, pues el mayor de la familia enciende el motor y procura aquello que se le requiere. Igual no más, pero desde luego que no menos, desde su papel de hombre importante medio oculto por las sombras.

Como diría Paco Umbral, servidor había venido a hablar de su libro –entendiéndolo como un panegírico a Golden State– antes de que se cruzaran la última salida a hombros de Harden, la descomposición interna de Cleveland sin Love para un par de meses, la vuelta puntual a la superficie de un Guadiana llamado Ricky o la eterna presencia de Gasol I de Sant Boi. Sí, pretendía redactar algo, y aún quiero hacerlo, sobre el don insólito del bloque de Oakland para conjugar en una misma carrera las dotes del corredor de fondo y el velocista universal.

Y nada mejor para ello que centrar la atención en la visita hace cuatro fechas de Boston al Oracle Arena. Los Celtics del mariscal Kyrie Irving sellaron un primer cuarto portentoso (27-37), en el que a su consistencia defensiva unieron un acierto ultraplanetario, fruto de una puntería nacida en la buena selección de tiro. Todavía el equipo de Massachusetts alcanzó el descanso por delante (50-54), pero sólo se me ocurre un equipo grandioso (Warriors) que mantenga el trote o el galope continuo el tiempo necesario antes de alargar la zancada y perlar de sudor impotente el entrecejo del adversario. Tal vez en ese sentido se le aproximen los Rockets, pero sin ese liviano golpe renal que distingue al campeón. El partido deparó un duelo soberbio entre la mejor mirilla telescópica de todos los tiempos (Stephen Curry) y el hombre más capacitado, Irving, para gobernar los encuentros desde su hipnótico manejo del balón. 49 puntos del primero frente a 37 del segundo, envueltos ambos en porcentajes sobresalientes. ¿La diferencia? Que frente a la máquina bien engrasada de Boston surgen los automatismos perfectos de un plantillón que juega como lo que es, un equipo legendario.

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