Mi primera clase de zumba en la cárcel

Investigadoras de la UPV constatan los beneficios que tiene el deporte físico para las mujeres presas y lo difícil que les resulta acceder a él

Un grupo de deportistas, ajenas a la información, practican zumba. /
Un grupo de deportistas, ajenas a la información, practican zumba.
Rosa Cancho
ROSA CANCHO

Las mujeres presas sufren una doble condena: la de su delito y la de tener que desenvolverse en un mundo pensado y organizado para hombres. «Si el centro penitenciario tiene que decidir entre reservar el polideportivo para un grupo de 30 hombres o para cuatro mujeres, está claro quién gana», sentencian Nagore Martínez Merino y Nerian Martín González, investigadoras de la Facultad de Educación y Deporte de la UPV que han desarrollado sus tesis sobre este tema. Ellas han trabajado durante los últimos seis años con reclusas que ya habían abandonado la prisión o que disfrutaban del tercer grado en el piso que gestiona la asociación Adap en Vitoria. Dieciséis se sometieron a un intenso cuestionario que ha desvelado el significado que tiene para ellas practicar deporte en prisión. Algunas reciben allí la primera clase de zumba o aérobic de su vida.

Se aferran al deporte para sobrellevar la vida entre rejas y separadas de sus hijos. «El ejercicio físico es para ellas una herramienta para que el tiempo pase más rápido. Les ayuda en su bienestar psicológico, a dormir, a escapar de la monotonía. Y en algunos casos les ha dado sentido a su día a día, les ha ayudado a desintoxicarse de las drogas y a sobrellevar la separación de sus hijos», resume Nagore Martínez, que ya ha leído su tesis calificada 'cum laude' este mismo verano mientras Nerian Martín ultima la suya. «Pero no tienen fácil el acceso al deporte», agrega. Y es algo común en las diferentes cárceles por las que pasaron las mujeres que participaron en el estudio. 

--Una vez a la semana realizan ejercicios físicos dirigidos. Juegan al voley o practican aeróbic o zumba. En contadas ocasiones se organizan partidos de fútbol, baloncesto o clases de spinning. La oferta, dicen las investigadores, es «bastante escasa» y los horarios estrictos. Pero encuentran también que a las reclusas, por cuestiones culturales o por haber crecido en entornos desfavorecidos, les cuesta pensar en hacer ejercicio físico. «Y muchas veces prefieren trabajar para lograr algunos ingresos». 

Diferentes escenas de películas sobre presas practicando deporte en la cárcel.

Los beneficios

Durante su investigación han constatado asimismo el casi nulo interés que ha despertado este asunto en investigadores del mundo del deporte. Casi no hay literatura científica sobre el binomio cárcel-ejercicio físico. Sus artículos arrojarán algo más de luz. Nagore Martínez ha catalogado  los beneficios que esto tiene para las reclusas en cinco categorías: les permite tener relaciones sociales «sanas» dentro de la prisión, mejora su salud mental al ayudar a combatir el estrés, la ansiedad o la depresión; es bueno para su salud ya que reduce en consumo de tabaco y drogas, les ayuda a perder peso y mejora su actividad motora; refuerzan su resistencia o el control sobre su propios cuerpos y les puede ayudar a afrontar su salida a la calle.

Los datos

Población reclusa femenina
El 7,5% de las personas presas en el Estado son mujeres.
Delitos
La mayoría de ellas ha llegado a la cárcel por tráfico de drogas y en el 80% de los casos son madres
Cárceles exclusivas
Sólo cuatro de las 70 prisiones españolas son de mujeres. En el resto, se las confina en un módulo.

La investigadora de la UPV también identifica las barreras con las que se encuentran. Las personales tienen que ver con su falta de motivación para hacer deporte o la pereza que les da por su situación o por carecer de conocimiento. Los obstáculos exteriores hay que buscarlos en las instituciones. Carecen de personal para organizar actividades de manera más regular y «se impone la seguridad frente a la rehabilitación». Además, están pensadas más para los hombres, «para ellos sí parece una prioridad mientras que para mujeres no lo es tanto». «Creemos que el ejercicio físico puede ayudarles en el proceso de integración, que sea un recurso más con el que volver a su vida fuera de la cárcel, pero debería abordarse de manera multicisciplicar con psicólogos, médicos, funcionarios y deportistas», puntualiza Nagore Martínez.

El fútbol y las emociones

Nerian Martín añade a la tesis que prepara una nueva visión de esta relación entre el deporte y las mujeres presas. Le interesa ver el efecto que tiene en sus relaciones interpersonales. «Llegan a la cárcel y pierden su identidad. Ven que tienen que construir una nueva. Suplen ese sentimiento de soledad que tienen con su relación con otras mujeres. Ocupan su tiempo en actividades físicas o deportivas en un espacio en el que se sienten acompañadas, conocen gente nueva, comparten alegrías,  preocupaciones y sueños. Unas logran motivar a las otras».

«Las deportistas» llevan a gala serlo, como un sello personal dentro del cerrado mundo de la prisión. «Entre ellas se crea un vínculo de respeto». Y cuando asumen que lo hacen porque así cuidan su salud, llegan más cosas. La investigadora de la UPV ha hablado con jóvenes que gracias al deporte dejaron las drogas y con otras que han logrado mantener la actividad física tras los muros. Una, incluso forma parte de un equipo de fútbol.

¿Hay fútbol femenino en la cárcel? En la de Álava, en alguna ocasión se ha logrado que un grupo pequeño juegue contra voluntarias. «Esto les abre la puerta a tejer nuevas relaciones con gente que está fuera y es un elemento que les da fuerza y apoyo», dice. Antes de cada partido, dice la investigadora, hay a momentos de nervios, tensión, concentración. «Deben aprender a controlar las emociones y es importante, porque en la cárcel todo es brusco, no tienen tanto control de su cuerpo como fuera».

 

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