Soy feminista

Masiva manifestación del 8 de Marzo por las calles de Vitoria./Rafa Gutiérrez
Masiva manifestación del 8 de Marzo por las calles de Vitoria. / Rafa Gutiérrez
ALAIN COLOMAResponsable de Comunicación y Relaciones Públicas Responsable de Comunicación y Relaciones Públicas

Con 18 años, antes de saber que me dedicaría a juntar letras, movilizado en una asociación juvenil, pronuncié en una reunión por primera vez: «feminismo no, no podemos luchar por lo contrario, luchamos por la igualdad». Fue la última. Alguien, un feminista, me dijo que no me equivocara, que feminismo era igualdad. Y, recuerdo que con cierto orgullo, me dijo que él era feminista.

Y es que, la palabra feminismo lleva implícita no sólo la lucha por la igualdad de género, sino el reconocimiento al género que no lo es. Y ahí radica su importancia, que en un solo término, no se reivindica solo la lucha y sus objetivos, que desaparezca la desigualdad, sino el reconocimiento de la injusticia histórica que sufre el colectivo.

Pero es importante reflexionar, cómo un chaval de 18 años que tenía claro por lo que había que luchar, tenía sin embargo en sus subconsciente el prejuicio contra la nomenclatura de un movimiento que tanto bien ha hecho por la humanidad en una lucha tan 'simple' por ser de sentido común, como 'difícil' por lo que nos está costando ganarla.

Desde entonces, lo bonito fue formar grandes equipos, realizar movilizaciones, incluso organizar unos premios que hoy en día irán ya por su sexta edición. Y sobre todo aprender. Todos los días. Primero de mis propios errores, pues uno, por muy convencido que esté, sigue sin estar exento de micromachismos que trata de identificar para suprimir. Segundo, que los hombres no podemos pretender liderar también el feminismo, sino escuchar y acompañar, y lo digo porque esa tentación existe en cierto sector progresista, y uno ha necesitado consultar a sus feministas de cabecera si tenía sentido protagonizar este espacio, que no es mío ni me corresponde, con su firma.

Y en ese aprendizaje continuo, luchamos sin descanso por la igualdad salarial, por las cuotas paritarias, contra la prostitución y los vientres de alquiler, a favor de la libertad para abortar, contra la violencia de género. Hicimos incluso discursos íntegramente en femenino porque aprendí aquello de que «lo que no se menciona no existe». Y a cada lucha, uno era consciente de todas las que estuvieron detrás. Avanzando demasiado despacio, pero luchando sin cesar. Mujeres. Lideresas. Heroínas.

Pero lo feo, desgraciadamente, ha sido encontrarse a cada idea, a cada reivindicación, a cada desigualdad identificada para paliarla, quien las ponía en duda. No me quiero imaginar cómo tenía que ser esto hace un siglo.

Que si es frívolo, que si eso es radical, que si no hay que imponer. Aquellos que, lejos de estar equivocados involuntariamente, si se creen aquello de «la manía de poner etiquetas para colectivizarnos» y defienden que lo que hay que ser es «defensor de la igualdad de oportunidades» (Teodoro García Egea dixit). Y mientras se pronuncian esas palabras en el vacío, «estad calladas, que mirarnos al espejo de una realidad desigual junto con la posibilidad de que pueda cambiar el statu quo molesta y nos pone nerviosos».

Pues a la porra con el statu quo.

Si el espacio me lo permite, hablaremos de todo esto. Soy un hombre. Y soy feminista.

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