Campeonas

Mi medalla olímpica

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Judith Romero
JUDITH ROMERO

Empezaron su camino como una actividad extraescolar con la que pasarlo bien y no sospechaban que llegarían a lo más alto de sus carreras deportivas en las disciplinas de gimnasia rítmica, balonmano y lucha libre. A unas las llaman las Niñas de Oro, otras son las guerreras del balonmano y Maider Unda se convirtió en la luchadora española con mayor proyección internacional. Años después de colgar una medalla olímpica en sus cuellos, las alavesas Tania Lamarca, Estíbaliz Martínez, Lorena Guréndez, Eli Pinedo, Patricia Elorza y Maider Unda reflexionan sobre su trayectoria, los Juegos Olímpicos y comparten sus planes para el presente y el futuro.

23 años después: Tania Lamarca

«Fui rechazada por bajita y por grande, pero todo aquel esfuerzo mereció la pena»

«Los campeonatos me motivaban, pero no me había marcado los Juegos Olímpicos como objetivo», explica la bicampeona del mundo de gimnasia rítmica Tania Lamarca. La vitoriana acudió a Atlanta 96 a los 16 años, pero ser seleccionada para tal hazaña no fue sencillo. «La primera vez me rechazaron por ser demasiado bajita. Lo pasé un poco mal porque no era algo que estuviera en mi mano cambiar, pero el año siguiente cambiaron de idea», recuerda la exgimnasta. Después fue convocada para entrenar en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. «Yo me ponía objetivos a corto plazo, este europeo, este mundial... pero el año previo a las Olimpiadas entrenamos durante todo el día, por lo que no asistimos al instituto durante ese curso», recuerda.

Tania Lamarca entrenando en Vitoria en 1997. A la derecha, la gimnasta en la actualidad.
Tania Lamarca entrenando en Vitoria en 1997. A la derecha, la gimnasta en la actualidad. / J. MINGUEZA / B. CASTILLO

¿Mereció la pena el esfuerzo? «Sin duda alguna, volvería a hacerlo. Tuve el apoyo de mi familia y volvimos a casa con una medalla de oro, el sueño de todo deportista», sonríe 23 años después. Pero su retirada no fue sencilla. «Me desarrollé y pasé de ser rechazada por bajita a ser rechazada por 'gorda', algo que, a día de hoy ha cambiado. Por suerte, ahora las gimnastas son un poco más mayores que entonces», celebra la deportista que recogió el duro trance de abandonar la selección en el libro 'Lágrimas por una medalla'. «A los 18 regresé a Vitoria y mis padres se encontraron con su hija adulta, se habían perdido toda mi adolescencia», explica Lamarca, quien obtuvo diversas titulaciones como técnico de pilates, aerobic y gimnasia.

Desde entonces ha sido monitora de esquí, administrativa, y en los últimos años se dedica a ser coach de deportistas y conferenciante. «Los deportistas tenemos la habilidad de reinventarnos temporada tras temporada, siento que por fin he encontrado mi sitio», explica Tania, quien también organiza campus de gimnasia rítmica en verano. El de este año juntará niñas con y sin discapacidad para que entrenen juntas. A caballo entre Vitoria y la vida en un pueblo de Huesca, Lamarca comienza a contar cómo fue su adolescencia a su hija Aitana, de 11 años. «Vimos los Juegos de Río juntas y se dio cuenta de que hay placas sobre mí en el gimnasio municipal, pero nunca la he querido influir para que haga gimnasia. Debe elegir su camino», apunta Lamarca.

7 años después: Patricia Elorza

«Hubo descartes y podía haber sido uno de ellos, pero conseguí cumplir mi sueño»

Elorza en plena acción en las Olimpiadas de Río de Jainero, sus segundos y últimos juegos.
Elorza en plena acción en las Olimpiadas de Río de Jainero, sus segundos y últimos juegos. / DAMIR SAGOLJ (REUTERS)

La vitoriana Patri Elorza ha dedicado quince años de su vida al balonmano profesional y, un año después de retirarse, recuerda con cariño su experiencia olímpica. «Empecé en un nuevo club con el padre de una amiga, que era entrenador, cuando tenía 9 años, y después fui pasando por selecciones hasta llegar al Bera Bera y al Castro Urdiales», explica. La llamada de la selección fue lo que le permitió comenzar a vivir de este deporte. «Estuve a punto de terminar Ingeniería electrónica, pero no me gustaba mucho», reconoce. La convocatoria a las Olimpiadas le llegó por sorpresa en 2011, cuando se incorporó al equipo. «Era un grupo que ya estaba muy cerrado, pero me llamaban si había lesiones entre las jugadoras. Luego hubo descartes y yo podía haber sido uno de ellos, pero conseguí ir y cumplir mi sueño», celebra.

El equipo de las guerreras entrenó bien. «Sacar una medalla no era una utopía para nosotras, optamos a la final pero no fue así», reconoce con cierta pena. Elorza acudió a numerosas concentraciones de la selección en los años posteriores, incluidas las olimpiadas de Río de Janeiro. «Te exiges lo mismo que en Londres 2012, sólo que ya no estás tan sorprendido por el ambiente de la villa olímpica», explica. En 2018 dejó de jugar en el Zuazo para cumplir otro de sus sueños y convertirse en mamá. «Ya tengo 34 años y el balonmano profesional no es muy compatible con formar una familia», afirma la vitoriana, quien reside y ha afincado su vida en Castro Urdiales. ¿Se plantea entrenar a otras jugadoras? «Marcos tiene 4 meses y medio y es muy bueno, estoy disfrutando de la maternidad y luego ya veremos», sonríe. Por el momento, una sobrina ya sigue sus pasos. «Voy a verla jugar los fines de semana para animarla y no desvincularme del todo del balonmano».

27 años después: Silvia Manrique

«Metí un gol malísimo que nos llevó a semifinales, tuvimos mucha suerte»

Silvia Manrique, en 1996.
Silvia Manrique, en 1996.

El hockey hierba acababa de aterrizar en Llodio cuando la hermana mayor de Silvia Manrique empezó a practicarlo en el colegio Ortega y Gasset. «Era la portera y yo estaba venga a tirarle la pelota, así que al final me apunté yo también», sonríe la ganadora de la medalla de oro en las olimpiadas de Barcelona 92. Pronto llegaron los campeonatos juveniles y la selección nacional. «Nadie sabía quiénes éramos, pero el seleccionador nacional nos vio jugar y tuvimos suerte. Vine a vivir a Madrid en 1989, con 17 años, y fui a las Olimpiadas consciente de que no quería dejar los estudios», subraya Manrique, quien considera el hockey y el deporte un «contrapunto» en su vida. «Me encanta y lo sigo practicando con el Club de Campo de Madrid, pero no conviene obsesionarse con un deporte del que no se puede vivir», recomienda la olímpica. ¿Cómo fue ganar la medalla de oro en su propio país para Manrique? «Fue algo mágico, mis padres estaban allí... metí un gol malísimo que nos llevó a semifinales».

No fue hasta Atlanta 96, donde las cosas no salieron bien, «cuando me di cuenta de la suerte que habíamos tenido, reconoce. «A veces entrenas más y mejor y el resultado es peor, no hay que negar que el deporte siempre tiene un componente de suerte que está ahí y con el que hay que vivir», afirma. Una lesión de rodilla la obligó a retirarse a los 26, en 1998. «Era un portento físicamente, pero no tenía mucha técnica, y la lesión me impidió jugar como debía». Aunque cinco años después volvió a la selección y estuvo cerca de clasificarse para Atenas 2004, optó por centrarse en su trabajo como contable tras estudiar Empresariales. «El año que viene espero volver a jugar con el equipo de veteranas e iniciar un poco a mi hija», avanza.

7 años después: Eli Pinedo

«Te das cuenta de lo que has conseguido cuando ves cómo te reciben en casa»

La selección española de balonmano celebra su medalla de bronce en Londres 2012.
La selección española de balonmano celebra su medalla de bronce en Londres 2012. / MARKO DJURICA (REUTERS)

Eli Pinedo comenzó a jugar a balonmano con su hermana Patricia a los 11 años. «Somos muy inquietas, íbamos de un lado a otro con el balón por Larrabe», recuerda la amurriarra. Tras jugar en cadetes y juveniles en el Arrate o el Eibar, a los 18 dieron un salto cualitativo al integrarse en el Bera Bera. «Nos independizamos y fuimos a la universidad, compartimos carrera deportiva hasta los 23», explica Pinedo, quien estudió Pedagogía y un máster en Periodismo deportivo. Tras tres años en el Bera Bera, Eli conquistó todo tipo de títulos en diversos equipos e incluso jugó con un equipo en Dinamarca. La puerta a las Olimpiadas se abrió con un preolímpico en Guadalajara. «Era un sueño y es uno de los momentos más dulces de mi carrera, te das cuenta de lo que has conseguido cuando vuelves al pueblo y ves cómo te valora la gente», agradece Pinedo, siempre dispuesta a atender a los medios de comunicación. «Es importante difundir nuestro deporte y pelear por nuestros derechos para que las deportistas puedan seguir jugando», valora la exjugadora de balonmano.

Cuatro años después de lograr un bronce en Londres 2012, repitió la experiencia en Río de Janeiro. «Nos eliminaron en cuartos y decidí retirarme en la cumbre de mi carrera», afirma. Tras un año de desconexión del balonmano, Pinedo se mudó a Madrid y comenzó a entrenar con el Alcobendas. «Entreno con ellas porque me gusta y jugamos algún partido juntas para ayudarlas a subir de categoría, pero no lo considero parte de mi etapa profesional», explica a sus 38 años. Pinedo sigue haciendo visibles a los grandes deportistas del país en el departamento de comunicación y patrocinio de una aseguradora de salud. «También estoy pendiente de estrenar la segunda temporada de 'Deportistas de Eli-te' en Teledeporte, un formato en el que entrevisto a deportistas como Carolina Marín o Lydia Valentín para conocer su lado más personal», avanza.

23 años después: Lorena Guréndez

«Viví lo dulce con Atlanta y lo amargo con Sydney, se es muy injusto con los deportistas»

Lorena Guréndez posa con su compañera Estíbaliz Martínez en el parque del Prado.
Lorena Guréndez posa con su compañera Estíbaliz Martínez en el parque del Prado. / JESÚS ANDRADE

Lorena Guréndez le debe su amor por la gimnasia rítmica a Laura, su hermana mayor. «Todo empezó como un juego, algo para divertirse, pero tuve la suerte de cruzarme con la entrenadora Natalia Notchevnaya», agradece la vitoriana. Con 15 años, fue la más joven de las tres Niñas de oro alavesas en colgarse el oro en Atlanta 96. «Mis padres me ayudaron mucho. Yo era una cría y fui a Madrid a probar, no estaba muy convencida sobre dejar mi casa, pero todo fue fenomenal», recuerda Guréndez, quien se considera «toda una privilegiada». «Hay deportistas mucho mejores que yo que se han quedado sin ir a unas Olimpiadas porque sus padres no lo han entendido o por una lesión», valora con humildad. Guréndez se esforzaba en hacer los deberes de su colegio de Vitoria mientras seguía de concentración. «No fui consciente de lo que habíamos conseguido hasta años después, pero también viví el lado más amargo con Sydney 2000», confiesa.

Los fallos en el ejercicio de apenas dos minutos y medio hicieron que el conjunto pasara de ser el primero a quedar el último en la competición, lo que desencadenó comentarios ofensivos contra las chicas. «Es una pena, parece que cuando un deportista que ha dado medallas a su país no lo consigue una vez hay derecho para recriminárselo, es muy injusto», critica Guréndez. Se retiró a los 19, en la cumbre de su carrera, y encontró su proyecto vital en la Fisioterapia. «Llevo diez años con Ciento80º y estoy muy contenta, ayudo a las gimnastas del Oskitxo a prevenir lesiones y sigo vinculada a mi deporte», sonríe. Desde hace tres meses, tiene otro buen motivo para hacerlo. «Nos apetecía ser padres y ahora estoy inmersa en cuidar del pequeño Adrián», celebra.

7 años después: Maider Unda

«Si quedas quinta parece que no eres nadie y si eres tercera eres Dios»

Maider Unda, a la izquierda, en el combate contra la búlgara Stanka Zlateva en Londres 2012.
Maider Unda, a la izquierda, en el combate contra la búlgara Stanka Zlateva en Londres 2012. / MARWAN NAAMANI (AFP)

Un profesor de sambo que daba clases en Ochandiano hizo que Maider Unda acabara enamorándose de la lucha libre. Hoy es ella quien da clases a los pequeños del pueblo y está retirada de la lucha, pero recuerda que el duro camino hacia las Olimpiadas de Pekíny las de Londres, donde se colgó un bronce, estuvo marcado por el esfuerzo y el tesón. «La lucha femenina no estuvo en el programa olímpico hasta 2004. No conseguí clasificarme para Atenas, pero que una deportista de una modalidad tan minoritaria como esta llegara a Pekín ya fue todo un logro», valora. Unda pasó toda su vida compaginando los entrenamientos con el duro trabajo en la granja de ovejas de su familia, donde sus 300 ovejas latxas producen el queso Atxeta o 'queso olímpico', como también se le conoce.

Obtener un quinto puesto en Pekín hizo ver a Unda que los metales estaban a su alcance. Ganarlo cuatro años después, comprender la distinta repercusión que tienen ambos puestos. «Te juegas cuatro años en un día y si quedas quinta parece que no eres nadie pero si eres tercera eres Dios. Es un poco extraño, necesitamos empatizar más con el esfuerzo de los deportistas», pide la luchadora. Tras convertirse en ama de la pequeña Iraide, varias lesiones de ligamento cruzado y en el hombro le impidieron clasificarse para Río, así que Unda decidió abandonar la competición y centrarse en producir el mejor queso en el caserío familiar. No se muestra optimista con las nuevas generaciones y su potencial para el deporte. «Ojalá me equivoque, pero falta esfuerzo a largo plazo, disciplina, comprender que las cosas cuestan y que hay que hacer sacrificios», subraya.

23 años después: Estíbaliz Martínez

«Nos había ido bien en otros campeonatos y aspirábamos a conseguir una medalla»

Martínez, profesora de pilates, asegura que requiere tanta disciplina como la gimnasia rítimica.
Martínez, profesora de pilates, asegura que requiere tanta disciplina como la gimnasia rítimica. / STUDIO PILATES

Estíbaliz Martínez agradece sus logros a la entrenadora de su colegio. «Vio que no podía aprender más en las extraescolares, así que empecé en el club IVEF, hoy Beti Aurrera», recuerda la vitoriana. A los 14 años la convocaron para una concentración permanente en Madrid, dos años antes de Atlanta 96. «Mis padres me dejaron elegir y decidí probar la experiencia, pero yo veía entrar y salir gente mejor que yo de la selección y alucinaba. Una parte importante era aguantar la presión de los entrenamientos, aprender a tomar decisiones y estar lejos de casa», explica la exgimnasta a sus 39 años. El objetivo final era obtener una medalla y consiguieron el oro. «No sabíamos de qué color pero queríamos una, nos había ido bien como conjunto en otros campeonatos y nos preparamos para eso», afirma Martínez.

Una rotura de menisco precipitó el final de la carrera de la vitoriana. «Fui a un mundial y las Olimpiadas con la rodilla rota, fue duro y tuve que adaptarme. Me operé dos veces a la vuelta, pero me retiré a los 17», recuerda. Terminó Bachillerato, se formó como entrenadora mientras daba clases de gimnasia rítmica a escolares y, por fin, dio con un curso de pilates que le cambió la vida. «Llevo diez años como profesora en Studio Pilates, me gusta más que ser entrenadora y me recuerda a la disciplina que necesitábamos para hacer gimnasia, no es competitivo pero es muy duro físicamente», confiesa Martínez. Su hija Ania ya hace algunos pinitos con la rítmica a los 4 años. «Está probando, pero todavía no es consciente de lo que hizo ama», sonríe Estíbaliz.