Baloncesto

Las niñas del templo de Landázuri

Marta Gómez, Marijo Rubio, Montse Caballero, Chus Cobo y Julia Domezain bromean en la cancha de Landázuri, lugar emblemático del baloncesto vitoriano./RAFA GUTIÉRREZ
Marta Gómez, Marijo Rubio, Montse Caballero, Chus Cobo y Julia Domezain bromean en la cancha de Landázuri, lugar emblemático del baloncesto vitoriano. / RAFA GUTIÉRREZ

Vivieron para el baloncesto en una época donde Vitoria dispuso de hasta tres equipos femeninos en la segunda categoría nacional

Olga Jiménez
OLGA JIMÉNEZ

Vivieron para el baloncesto en una época donde Vitoria tuvo hasta tres equipos femeninos en la segunda categoría del baloncesto nacional. De aquella Primera B, aún resuenan los conocidos derbis entre el Gasteiz y Divino Maestro. Era «el partido del siglo» y así lo vivían sus protagonistas.

Chus Cobo, Marijo Rubio, Julia Domezain, Marta Gómez y Montse Caballero podría ser la alineación de cualquier equipo de los años ochenta o noventa. Para nosotros, el quinteto ideal con el que descubrimos a varias generaciones que compartieron condiciones mínimas, canchas deficientes, zapatillas nada sofisticadas, pero les unía una pasión por el baloncesto desmedida. «Casi pagábamos por jugar», comentan mientras los recuerdos se agolpan entre las cuatro paredes del vetusto Landázuri.

Sin grada en el fondo, con algo menos de aforo, y sin el humo que se formaba en aquellas tardes de baloncesto vitorianas. Así nos reunimos en el templo del baloncesto alavés, para nuestras cinco protagonistas «el único lugar donde las zapatillas chirrían de una manera especial». La 'bombonera' vivió derbis memorables, entre los rivales de la época Gasteiz y Divino Maestro. «Entrenábamos casi como profesionales. No estábamos remuneradas, pero era una dedicación casi absoluta. Además, los fines de semana hacíamos viajes de doce horas cuando teníamos que ir a Galicia en autobús. Unos viajes que hacían piña. Tengo que recordar que en el Gasteiz nos cuidaban mucho en cuanto a equipación y hoteles. Pero tengo como anécdota que en aquella época en la que apenas había zapatillas, todas tenían el último modelo de Converse y las nuestras eran zapatillas de cartón piedra porque teníamos un pie pequeño y aun así, nos quedaban grandes», relata Marta, la que fuera base del Gasteiz, talento puro en pista.

Enfrente, una jovencísima Chus Cobo empezaba a destacar por su rapidez e inteligencia. «Tengo el recuerdo de perder siempre contra el Gasteiz cuando estaba en el Araba-Divino Maestro. Las jugadoras del Gasteiz eran mis ídolos. Yo todavía era junior y no jugaba mucho, pero para mí Gasteiz era muy superior al Araba». Para la más veterana, «el pique entre Gasteiz y Divino era demasiado. Había mucha rivalidad. Se calentaba toda la semana. El Gasteiz era semiprofesional. Los entrenamientos eran muy profesionales. Aprendí muchas cosas. Técnica individual, físico. Entrenábamos con los chicos», comenta Julia, que se marchó del club La Blanca buscando mejorar en su juego.

Sólo había baloncesto

La oferta deportiva en los colegios no pasaba del baloncesto y algo de atletismo. Para las chicas era más un juego. «En Vitoria hubo un nivel muy alto de jugadoras. Nos podía la pasión y la constancia. No había oferta deportiva para chicas y prácticamente casi todas hacíamos baloncesto y poco más. Yo hice atletismo en el colegio, pero cuando salí, como no había un equipo de atletismo, me fui a La Blanca. Después salieron el Aurrera y Michelin con Maite Zuñiga y Blanca Lacambra. Recuerdo jugar en canchas con la alcantarilla en mitad del campo», recuerda Julia. «¡Por no hablar de campos sin líneas o donde nos ponían la zancadilla!», apunta Marijo. «O los días de nieve que teníamos que quitarla con escobas para poder jugar partidos», añade Txus. De todas esas vivencias, los valores han servido para conducir sus vidas: sacrificio, compañerismo, disciplina. Marta, desvinculada del baloncesto, reconoce que «soy poco sentimental y lo que queda atrás, ahí queda. Pero probablemente ahora ya con 47 años, pienso que la etapa más feliz de mi vida ha sido la del baloncesto, porque se vivía de una manera muy intensa».

La celebración de la Copa de la Reina en Vitoria, entre el 28 de febrero y 3 de marzo próximos, ha despertado los recuerdos. Ninguna de las cinco pudo imaginar que en Mendizorroza, casi 30 años después, se pudieran ver a las mejores jugadoras del panorama nacional. Muchas darían marcha atrás por poder competir en un evento como este. «Es un premio al trabajo de tantos años. Ahora el referente del baloncesto en Álava es el Araski, pero detrás ha habido una siembra de muchos años, muchas generaciones que han derivado en el premio de ahora. Aun sin poder jugarla, me siento partícipe de esa Copa», reconoce Marijo mientras Julia explica que «si en aquella época nos hubiesen dicho que se iba a jugar la Copa de la Reina en Vitoria y que iban a preseleccionar a unas jugadoras, nos hubiésemos ido todas a entrenar lo que hubiese hecho falta», afirma mientras el resto asiente con nostalgia.

Un imán poderoso

Las anécdotas se agolpan antes de la despedida. El imán de Landázuri es poderoso. Desde «los calentamientos en el pasillo», hasta las vueltas a la pista «tras ganar un partido por 100-20, porque Carlos Antía consideró que no habíamos jugado bien», a la táctica sorprendente de José Luis Espízua, Fofo, que se estudiaba a las rivales de manera minuciosa.

El cambio de pista al Europa «fue traumático». Algo de magia se fue por el camino. En Mendizorroza, pelearon contra «el bollo del parqué. Siempre era el mismo y esa parte de la pista ya nos la conocíamos». Seguro que en el grupo de WhatsApp 'Txokito Gasteiz', las historias se multiplicarán. Pero eso forma parte de aquellos vestuarios, que hoy siguen haciendo piña, lo que demuestra que, en Vitoria, el baloncesto es una religión.

Una Copa de la Reina merecida para Vitoria

Antes de que llegara el Araski a la máxima categoría del baloncesto nacional, el único precedente fue el paso efímero del Eroski-Divino Maestro por Primera División en la ya lejana temporada 1992-93. Un equipo en el que los nostálgicos no se olvidarán de las jugadoras americanas Bradley Southers o Shanon Manning, que rebosaban talento y marcaban la diferencia en la escuadra vitoriana.

En aquella plantilla, una joven Marijo Rubio fue incorporada al primer equipo como única vitoriana. A esta niña del colegio Ursulinas le tocó competir contra grandes como la propia Blanca Ares, con la que tuvo sus más y sus menos en un partido «donde nos dijimos de todo». Su vida profesional en el baloncesto se redujo a «dos mensualidades». Los problemas económicos en el club que dieron al traste con el proyecto y pronto empezaron a ser un problema.

Sin embargo, la escuadra femenina consiguió la permanencia y en la temporada siguiente se trasladó unos meses a Logroño, aunque se trataba de un proyecto abocado al fracaso como ocurrió posteriormente con su desaparición.

 

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