Jon Sistiaga: «Los pecados son nuestras miserias»

Jon Sistiaga regresa mañana a #0 de Movistar con nuevas entregas de 'Tabú', en esta ocasión enfocado hacia los siete pecados capitales. /R. C.
Jon Sistiaga regresa mañana a #0 de Movistar con nuevas entregas de 'Tabú', en esta ocasión enfocado hacia los siete pecados capitales. / R. C.

El periodista vuelve a Movistar con 'Tabú', esta vez centrado en los siete pecados capitales. «Si hablase con el Papa le diría que quitara la lujuria»

JULIÁN ALÍA

Consciente de que es un «programa incómodo y difícil de ver», aunque «no tiene 'trolls'», Jon Sistiaga (Irun, 51 años) vuelve con la nueva temporada de 'Tabú', que Movistar estrena mañana jueves a las 22.00 horas en #0. En esta ocasión, el periodista vasco se centra en los siete pecados capitales, y a cada uno le dedica un capítulo. El primero de ellos, la avaricia, que relaciona con la corrupción política. «El programa trata de indagar si todos nosotros podemos acercarnos a eso. Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar».

- ¿Es tabú la corrupción política?

- No, pero reconocer que un corrupto es un ser avaricioso, sí; o no considerar que cualquiera de nosotros pueda tener cierta avaricia de querer tener más. El problema es cuando el pecado te domina de alguna manera. La avaricia es un comportamiento de querer más, más y más, y en el caso de la corrupción se junta con circunstancias como un entorno permisivo, una sociedad que mira para otro lado. 'Es un hijoputa, pero es que es simpático', o 'es el presidente de mi club de fútbol, y no importa los chanchullos que haga'…

- ¿Cómo surgió la elección del tema?

- Somos fruto de lo que pensamos. Te dicen: 'Eso es un pecado capital', y tú, 'joder, qué viejuno suena'. Hablar de siete pecados puede llevar a cierta sensación de culpabilidad de nuestros comportamientos en los que ya tenemos una edad, pero a los 'millenials', que no entenderán esto de los pecados capitales ni saben de qué coño va esto, hay que acercárselo un poco. Al final los pecados capitales son una forma de hablar de nuestras miserias y de nuestras debilidades. Son una forma que tuvo la Iglesia de hacer un 'ranking' de vicios humanos hace mil años.

- ¿Y el enfoque? Algunos parecen más obvios, pero otros como la pereza…

- El reto era ése. Lo más fácil era buscar vagos, y quizás lo esperable. Encontramos alguno. Hay un tío en Alemania que se ha hecho famoso porque no ha trabajado en su vida, solo ha cobrado de la Seguridad Social. Hablé con él, pero no era eso la vaguería. El pecado de la pereza no estaba ahí, sino en otro lugar. En el enfoque nos podemos equivocar, pero al final me lo llevé al hastío, al cansancio vital, a la dejadez, al abandono de ti mismo: a la depresión. España es un país con dos millones y medio de personas deprimidas, que son aquellos que consumen ansiolíticos o antidepresivos. Es casi el país del Trankimazin.

- ¿Qué otras dificultades ha encontrado?

- Lo más difícil ha sido conseguir a los personajes, porque a nadie le gusta reconocerse como envidioso, o avaricioso. Los pecados normalmente no te los ves, te los ven. Nosotros siempre vamos de frente. Suelo llamar yo casi siempre. Algunos políticos y empresarios corruptos me decían: 'Joder, Jon, si haces otro sobre corrupción solo, te hablo, pero en avaricia…'. Hemos encontrado gente, pero se nos escapaban muchos.

- Tras el programa, ¿cambiaría alguno de los siete pecados?

- Si hablase con el Papa Francisco le diría que quitara la lujuria, que follar no es pecado, si no lo haces en contra de alguien. Lo sustituiría por la falta de empatía o de solidaridad. Seguramente tenga un nombre.

- ¿Egoísmo?

- Podría valer. Elevaría a la categoría de pecado capital el egoísmo propio. En el mismo semáforo te va a saludar siempre el mismo pobre y no sabes ni cómo se llama. Es invisible para ti. Ves en la tele que ha habido otros treinta muertos en el mar de Alborán y que han llegado cinco cadáveres a Caños de Meca, y tú te acuerdas de cuando estuviste ahí de vacaciones. Te da igual si se llaman Hasan, Abdul, Mohamed… Creo que el egoísmo es un puto pecado capital.

 

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