La vida al borde del abismo

El árbol genealógico de una especie parece una sucesión continua del proceso evolutivo, donde cada una de ellas produce otras y luego desaparece

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

La línea evolutiva de una especie tiene interrupciones, altos y bajos. Un ejemplo bien conocido de ruptura de la misma es la extinción de los dinosaurios (de los no avianos, pues los pequeños siguen con nosotros, son las aves). En unos pocos miles de años, los científicos calculan de 5.000 a 35.000, estos reptiles que dominaron el planeta durante 165 millones de años desaparecieron completamente. Su ausencia abrió la puerta al desarrollo evolutivo de los mamíferos y, eventualmente, a nosotros mismos.

Este acontecimiento, llamado ‘extinción del cretáceo-terciario’ no es la única ocasión en que distintos cambios de nuestro planeta han llevado a la desaparición masiva de muchas especies. La historia de la vida es una sucesión de picos y valles con momentos de plenitud y otros de simple e inquietante destrucción.

El origen de la vida en nuestro planeta, hasta donde sabemos, se remonta a 4.280 millones de años, apenas 320 millones después de que se formara la Tierra y todo nuestro sistema Solar. Su evolución fue lenta. Habrían de pasar 720 millones de años para que aparecieran las primeras bacterias y el ser que sería el ancestro común de todos los seres vivos que hoy están en el planeta. La fotosíntesis no apareció hasta hace 2.500 millones de años, provocando que la atmósfera del planeta se oxigenara, pero la vida era asunto de seres unicelulares durante estos períodos de duraciones casi imposibles de imaginar. Fue 800 millones de años atrás cuando aparecieron los primeros seres pluricelulares, la vida empezó a conquistar la tierra y, más o menos hace unos 540 millones de años, se produjo una explosión de formas de vida nuevas, los grupos llamados ‘filos’ (como los vertebrados, los gusanos o las esponjas) que son la mayoría de los animales pluricelulares que hay en la actualidad.

Los cataclismos

Después de la explosión cámbrica de la vida, en un suspiro en términos de eras geológicas, hace 443 millones de años se produjo una masiva extinción de formas de vida como los trilobites, cuyos abundantes fósiles podemos ver en cualquier museo de ciencias naturales. La extinción ordovícica-silúrica que marcó el fin del primero de estos períodos y el inicio del segundo, acabó con una enorme cantidad de seres vivos: se calcula que hasta el 85% de las especies del planeta desaparecieron para siempre. La causa de este desastre parece ser un cambio drástico en el clima del planeta, una edad del hielo que generó una enorme placa de hielo en el hemisferio sur que a su vez redujo el nivel del mar y alteró profundamente la composición química del mar.

Hace 360 millones de años ocurrió otra catástrofe para la vida. Un acontecimiento que duró millones de años, o dos acontecimientos estrechamente relacionados, dio como resultado la extinción del Devónico, en la que murieron entre el 70 y el 75% de todas las especies. Una de las posibles explicaciones se halla precisamente en la conquista de la tierra: las nuevas plantas que cubrían al planeta liberaron nuevos nutrientes al océano que, a su vez, permitieron la multiplicación de capas de algas en la superficie de los océanos que dejaron sin oxígeno a los habitantes de las profundidades marinas.

La extinción, hoy

Se cree que por distintas causas, principalmente la intervención humana, cada año se extinguen entre 200 y 2.000 especies de plantas o animales. Por más que las extinciones de especies sean parte de la dinámica normal de la vida, los científicos consideran importante poner coto a ciertas acciones que favorecen estas desapariciones, precisamente porque el equilibrio ecológico puede alterarse de modo notable faltando incluso solo una especie de pequeños seres en apariencia poco relevantes.

El mayor desastre para la vida en el planeta ocurrió hace unos 252 millones de años, cuando, en un período que pudo ser tan breve como apenas 200.000 años, el 96% de todas las especies del planeta fueron barridas en una devastación que afectó por igual a especies marinas y a terrestres. Las causas de esta extinción tampoco están claras aún. Se han sugerido hipótesis diversas, como el impacto de un asteroide (de modo similar al que, se cree, causó la extinción de los dinosaurios), una masiva expulsión de lava por un acontecimiento volcánico colosal en la zona de Siberia, una liberación de metano a las aguas marinas o, como en el caso anterior, una caída en los niveles de oxígeno.

La diversidad

En todo caso, la enorme diversidad de la vida que hoy podemos observar en nuestro planeta, surgió del 4% de las que lograron sobrevivir a este desastre. La extinción abrió las puertas a la aparición de nuevas formas de vida marina, como caracoles, erizos y cangrejos. La diversidad resultado de este acontecimiento es enorme. Hemos clasificado alrededor de un millón y medio de especies, pero los biólogos están convencidos de que hay al menos 8,7 millones de especies, es decir, que aún nos falta por identificar, clasificar, describir y estudiar al 86% de todas las especies que habitan la Tierra con nosotros, la mayoría de ellas bacterias, insectos y arácnidos.

Hace entre 199 y 214 millones de años se produjo la cuarta de las grandes extinciones, la del triásico-jurásico, de causas tan desconocidas como las anteriores. Las más afectadas fueron numerosas especies de reptiles marinos, grandes anfibios y corales, así como especies de moluscos cefalópodos relacionados con los pulpos y calamares de la actualidad. Se calcula que se extinguió aproximadamente la mitad de todas las especies que existían entonces, sobre todo de animales, pues las plantas fueron menos afectadas. El escenario resultante permitió que los dinosaurios y otros reptiles proliferaran y dominaran la Tierra hasta que llegó su turno.

La extinción masiva cretácea-terciaria no solamente acabó con los dinosaurios, aunque estos animales sigan ocupando un lugar especial en nuestra imaginación. Los amonites, muchas plantas con flores y los pterosauros se cuentan entre las especies desaparecidas, se cree, por los cambios en el clima provocados por el choque de un asteroide contra la superficie de nuestro planeta, en lo que hoy es la península de Yucatán.

La desaparición de especies, sin embargo, no solo ocurre durante las grandes extinciones, sino que es una constante en la evolución. El equilibrio ecológico no es estático, sino dinámico. El simple cambio de curso de un río, la formación de una ensenada o la aparición de un volcán son fenómenos que pueden dictar la sentencia de muerte de algunas especies vivas al tiempo que establecen las bases para la aparición y desarrollo de nuevas especies adaptadas, precisamente, al nuevo medio ambiente.

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