Ciencia y tecnología

Vencer la sordera

Vencer la sordera

Desde los primitivos cuernos hasta los actuales audífonos e implantes cocleares, el ser humano no ha cejado en la búsqueda de una solución para compensar las pérdidas auditivas

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

En 1802, la pérdida casi total de su capacidad auditiva le provocó al compositor Ludwig van Beethoven una depresión que le llevó a escribir a sus dos hermanos: «Para mí no puede haber relajación en la sociedad humana, ni conversaciones refinadas ni confidencias mutuas. Debo vivir en soledad y arrastrarme a la sociedad solo cuando lo exija la más absoluta necesidad... Tales experiencias casi me han provocado la desesperación y estuve a punto de poner fin a mi vida, lo único que me contuvo fue mi arte...».

Como narran los historiadores de los implantes cocleares, Blake S. Wilson y Michael F. Dorman, incluso Helen Keller, la escritora ciega y sorda, consideraban que carecer de oído era incluso peor que la ceguera al significar la pérdida del «estímulo más vital»: la voz que representa la compañía intelectual de otros seres humanos.

Edad, infecciones...

La principal causa de la reducción de la capacidad auditiva es la edad. La mayoría de las personas empiezan a perder audición a partir de los 30 o 40 años y para los 80 casi todas experimentan una reducción notable en el oído. Esto se debe a que las células ciliadas de la cóclea, el tubo espiral del oído interno, sufren daños o mueren con el paso del tiempo. Como estas células son las responsables de convertir el movimiento mecánico del sonido en impulsos nerviosos, las señales que llegan a la corteza auditiva del encéfalo y a las diversas zonas que procesan, interpretan e integran las señales nerviosas procedentes del oído, son menos claras, menos intensas.

Pero hay otras muchas posibles causas. En cuanto a la mecánica de nuestros oídos, las infecciones del oído externo o medio pueden causar la acumulación de líquidos que obstruyan la transmisión correcta de las vibraciones del sonido, como las perforaciones y cicatrices del tímpano, las dislocaciones de los huesos del oído medio (martillo, yunque y estribo), la acumulación de cerumen y los crecimientos óseos o tumores.

En cuanto a la llamada pérdida del oído sensorio-neurológica, además de la edad pueden influir en ella diversas lesiones, la exposición prolongada a ruidos intensos (como en fábricas o en el caso de músicos de rock), infecciones diversas, algunos medicamentos, la diabetes, los ictus, sufrir fiebre elevada e incluso la obesidad, el tabaquismo o la hipertensión, sin contar con predisposiciones genéticas varias.

El teléfono supuso el primer avance tecnológico del que se beneficiaron las personas sordas

Transmisor de carbono

Ya en el siglo XIII tenemos los primeros informes del uso de cuernos de animales como recolectores de sonido para ayudar a quienes tenían problemas de audición. Estos objetos, como las trompetas desarrolladas a partir del siglo XVIII no tenían capacidad de amplificar el sonido, pero recogían más sonido y lo llevaban al oído como un embudo... Una forma más intensa de lo que se consigue al ponerse la mano haciendo un hueco detrás de la oreja. Algunas trompetas eran tremendamente grandes e incómodas, y el alivio que representaban no era, por desgracia para los pacientes, proporcional a su tamaño.

Al aparecer el teléfono, inventado por el educador de sordos Alexander Graham Bell, se vio que a quienes tenían problemas de audición les resultaba más fácil entender las conversaciones usando el novedoso aparato. En 1870 Tomás Alva Edison, que sufría él mismo una grave pérdida de la audición, inventó un transmisor de carbono que amplificaba el sonido en unos 15 decibelios. Pese al sonido imperfecto que producía, con el transmisor de carbono se crearon los primeros aparatos para la audición a principios del siglo XX.

En la década de 1920 empezaron a aparecer mejores amplificadores basados en tubos de vacío, pero que eran del tamaño de un archivador. Los avances tecnológicos redujeron los aparatos para la audición al tamaño de una caja de puros para fines de esa década. El primer dispositivo realmente portátil, que se llevaba al cinto, con una batería atada a una pierna, se creó en 1938. Después de la Segunda Guerra Mundial, la miniaturización de circuitos y baterías continuó reduciendo el aparato que se conectaba al auricular. En 1952, el desarrollo de los transistores permitió al fin crear un aparato menos visible, que podía llevarse detrás de la oreja o dentro del oído medio. El siguiente paso era, por supuesto, la digitalización del sistema de amplificación, que permitía que el usuario seleccionara los sonidos que deseaba escuchar y filtrara el ruido. Hoy, los audífonos pueden controlarse desde el ordenador o el teléfono móvil para máxima comodidad del usuario.

Implantes cocleares

Pero estos aparatos son, finalmente, amplificadores de sonido. Si la causa de la imposibilidad de oír es un defecto en el oído medio, ninguna amplificación servirá. Para que alguien con este tipo de pérdida auditiva pueda recuperar este sentido es necesario estimular directamente el nervio auditivo, en el oído interno o incluso en el tallo cerebral.

Este desafío fue asumido por primera vez por André Djourno y Charles Eyriès en París en 1957, que emplearon una bobina de inducción, con un extremo en el nervio auditivo y el otro en el músculo temporal. El paciente era capaz de detectar sonidos, pero no de entender el habla ni discriminar entre diversos sonidos salvo que sus frecuencias fueran muy distintas. Este trabajo fue rescatado por el doctor William F. House para crear, en 1961, sus propios implantes cocleares, con los mismos problemas. En los 20 años siguientes se fueron desarrollando los métodos, tanto quirúrgicos como de diseño y filtrado, para obtener el implante coclear actual.

Solemos identificar los implantes cocleares por sus elementos externos: el micrófono, el procesador y el transmisor, que suelen situarse arriba y detrás de la oreja del paciente. El transmisor envía las señales auditivas ya procesadas y seleccionadas a un receptor que envía señales eléctricas a los electrodos que habitualmente se introducen en la espiral de la cóclea para estimular las células nerviosas que aún sean funcionales imitando la audición natural: las frecuencias más altas se registran al principio de la cóclea y conforme se avanza en ella se van registrando las más graves. Este estímulo es interpretado como sonido a su vez por el cerebro con un éxito cada vez mayor... aunque aún quede camino por andar para sustituir al 100% este sentido.

Menos que humanos

Los sordos eran considerados seres humanos inferiores, de capacidades intelectuales limitadas, que eran aislados y objeto de rechazo, burlas o, en el mejor de los casos, conmiseración, hasta 1470 cuando el humanista de los Países Bajos Rodolphus Agricola educó a un niño sordo permitiéndole comunicarse por medio de la escritura. Este logro empezó a cambiar la consideración respecto de los sordos... o sordomudos, pues quien no puede oír no puede aprender a hablar, iniciando el largo camino a su integración y reconocimiento en la sociedad.