Toserle a Barenboim

IÑAKI EZKERRA

Antes de que comenzara el concierto, un representante de la organización lanzó una advertencia al público del Auditorio Nacional: «Al señor Barenboim le molesta oír toses en los intervalos entre uno y otro movimiento». Dichas palabras fueron mano de santo. En cuanto el piano se adentró en los ‘Preludios’ de Debussy irrumpió en la sala un concierto paralelo de detonaciones broncopulmonares tan sonoro que tuve que hacer esfuerzos para reprimir no las expectoraciones sino las carcajadas que a mí me suscitan los momentos graves y ceremoniosos en los que asoma un incidente chusco. Uno ama la música, pero no tanto la solemnidad. Y me pareció que ese día el señor Barenboim mostraba un porte demasiado solemne, severo, hierático, al que se sumaba un repertorio debussyano más virtuosista que inspirado. Entre que las piezas elegidas me dejaron frío y que me parecían más conmovedoras y hasta más rítmicas, más cadenciosas las toses que las aliñaban, anidó en mi mente la esperanza de que el señor Barenboim acabara echándole una bronca a un tosedor como la que le echó en 2016, en ese mismo escenario, a uno que, en vez de aplaudirle, le sacaba fotos. El estudioso alemán Andreas Wagener sostiene que en los conciertos el ser humano tose el doble que en el resto del día así como que «la música clásica en directo incita a toser más» por un efecto de rebeldía fisiológica frente a la estricta imposición de silencio. Uno comprende los enfados de Barenboim, pero sospecha que las riñas colegiales son contraproducentes en estos casos.

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