Artes plásticas

Teóricos encontronazos

L. I.

A finales del s. XVIII los gobernantes asumen el valor del patrimonio cutural e impulsan su protección y mantenimiento. Surgen enfrentadas teorías sobre cómo hacerlo. Eugène Viollet-le-Duc rehabilita la obra con el estilo en que se creó, «de modo prístino» y eliminando modificaciones posteriores. Lo defiende en su 'Diccionario razonado de la Arquitectura Francesa' (1866) y lo ejecuta en la catedral de París en 1845. Para simular lo que la creación 'pudo llegar a ser', la mejora tanto que obtiene lo que nunca existió o 'falso histórico'. Representa hoy la mala restauración por recrear un ideal, inventado, fingido e inexistente; y soslayar sus errores estilísticos, épocas vividas y envejecimiento.

Su antítesis es John Ruskin, poeta, ensayista y crítico de arte, para quien restaurar monumentos es destruirlos y crear falsas copias e imitaciones. Lo denuncia en 'Las siete lámparas de la arquitectura' (1849). «No tenemos ningún derecho a tocarlos. No son nuestros. Pertenecen por un lado a quienes los construyeron, y por otro a todas las generaciones que nos han de suceder». Para respetarlos, exige la no intervención y la defensa preventiva. «Más vale una muleta que la pérdida de un miembro».

A caballo entre Le Duc y Ruskin, el arquitecto Camillo Boito incorpora el método científico. Propone consolidar, reparar y restaurar, en ese orden. Evitar renovaciones y adiciones; y de hacerlas, con materiales distinguibles del original que convivan con implantes anteriores. Documenta todo rigurosamente. Se apoya en la tésis que el arqueólogo Adolphe Napoléon Didron publica en 1839: «Es mejor consolidar que reparar, mejor reparar que restaurar, mejor restaurar que rehacer, mejor rehacer que embellecer; en ningún caso aña­dir y, sobre todo, nada suprimir».

Historiador, crítico de arte y ensayista, Cesare Brandi funde las doctrinas de Le Duc y Ruskin en 'La teoría del restauro' (1963). «No es la restauración la que determina la obra; es la obra la que determina la restauración». La rehabilitación persigue la «unidad potencial de la obra», con su valor estético e histórico, su tiempo de construcción y los que asume con los siglos, y la función para la que nace. Y lo hace «sin ejecutar un falso artístico o un falso histórico, y sin cancelar cada traza del transcurrir del tiempo»; con adiciones destacadas, detectables y reversibles sin dañar los materiales existentes.

Ninguno de ellos convence a Paolo Marconi, arquitecto y profesor de la Universidad de Roma. Cree que Brandi mete todo en un mismo saco para luchar contra las falsificaciones desde el Instituto Central de la Restauración que dirige entre 1938 y 1961. Con sus ideas, ironiza, reharían la torre de San Marcos de Venecia sin su campanario. Tampoco le encaja la inanición de Ruskin que favorece el deterioro y muerte de los restos. Y también rechaza la metodología de Boito, más propia «de químicos e ingenieros que de arquitectos». A una mala prefiere el ficticio de Le Duc, que, aunque elimina las ruinas, proporciona por lo menos un objeto arquitectónico.

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