Artes plásticas

Entre sueños y fantasmas

Lugares. Tres imágenes que forman parte de la colección mostrada en el libro./
Lugares. Tres imágenes que forman parte de la colección mostrada en el libro.

Vali Caramés publica el fotolibro 'Lugares', con una cuidada edición que recuerda a los álbumes antiguos

ITXASO ELORDUY

En el fondo soy muy tímido y para hablar en público necesito coger carrerilla e ir poco a poco». Vari Caramés se expresa con fluidez mediante la imagen desde los quince años, cuando su padre le regaló su primera cámara y hacía capturas, «a la manera de chuletas», mientras estudiaba Arquitectura. Invitado por el Centro de Fotografía Bilbao para presentar su nuevo fotolibro, 'Lugares', en la cita de los viernes del CFC, fue definido por el director del centro, Ricky Dávila, como un hombre que posee dos características similares a las de la mayoría de los ponentes, «un gran talento fotográfico y un buen corazón». Construye escenas oníricas en el límite entre la realidad y el mundo de los sueños. Busca evocar, sugerir, perseguir el misterio de las cosas con sutileza gallega. Recuerdos idealizados, «los malos sueños se olvidan y pervive en el subconsciente el éxtasis momentáneo».

El fotógrafo ferrolano sigue trabajando el analógico, aunque en la actualidad todos los procesos sean híbridos y una vez que el carrete se revela sea necesario digitalizarlo. En todo caso y, ante el auge del placer de fotografiar con una cámara réflex, Caramés piensa que la tecnología no acabará con la emoción que produce el proceso fotográfico tradicional. Durante la retrospectiva que presentó en la Sala Rekalde, en 2012, reconocía que «a pesar de que el tsunami digital lo ha barrido todo, me llevé una grata sorpresa cuando encontré películas en una tienda de la villa». «No hay que negar que se hacen unas copias maravillosas por inyección de tinta, pero me interesa el grano, la textura que ofrece la película. Me mantengo en el analógico, como actitud ante la vida».

De hecho, intentó cruzar la barrera digital y regresó al mundo de sensaciones conocidas que le ofrecía la película. 'Lugares' es para Caramés «un traje a medida», realizado con una cuidada edición por Fabulatorio, cosido a mano, con hilo de oro, y que incluye separatas de papel de seda multicolor; como un guiño a los álbumes de fotos antiguas en los que se colocaban finas láminas para proteger las imágenes y dar un aire volátil al conjunto. El fotógrafo piensa que este libro es una metáfora, «ese espacio que necesitamos para crear y disfrutar y donde nos aislamos, un oasis emocional». Entornos donde has sido feliz, con los que te identificas y que nos producen cierta melancolía, ante el desarraigo que sufrimos por la hostilidad ambiental. «No quiero parecer pesimista, pero pienso que el mundo está embrutecido».

«No quiero parecer pesimista, pero pienso que el mundo está embrutecido»

Jorge Luis Borges comentaba que cuando uno extraña un lugar lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar, no se extrañan los sitios sino los tiempos, continúa Caramés. «Es verdad: no puedo evitar caer en esa melancolía, en ese pasatiempo. Intento retenerlos, hacer que sobrevivan momentos que de otra manera se desvanecerían. Seguramente el secreto será acostumbrarse a vivir entre sueños y fantasmas. Una sensación de no estar nunca en el lugar adecuado en el momento oportuno». Y los puentes que unen esos espacios, bajo los cuales circula el agua. Elemento arquitectónico de transición que conduce a un punto determinado y sin el cual sería imposible conectar las dos orillas de un río.

Caramés habla con sus imágenes de recuerdos y memoria, parte de un espacio semiabandonado, el parque de El Pasatiempo, en la localidad gallega de Betanzos, donde grabó planos durante su juventud en una película Súper 8. «Tengo una fijación por el cine y una gran cultura visual». Aunque en realidad las imágenes que componen el fotolibro 'Lugares' sean una abstracción, donde el autor quiere encontrarse con los espectadores. «De este punto surgió el libro; todas las imágenes son lugares soñados, imaginarios, en los que el lector debe sumergirse». Reconoce la influencia que la pintura ha ejercido en su obra, con un padre y una gran mayoría de amigos pintores pero, sobre todo, el peso de haber vivido una infancia con olor a trementina. «Me encuentro seguro y a gusto con lo que hago».

«El arte es metafórico, con las fotografías tiro de diferentes hilos y se genera un caldo de cultivo que se va cocinando poco a poco; vas introduciendo los ingredientes y el guiso se cocina a fuego lento». Caramés cita a Albert Camus, que reflexionaba acerca de la naturaleza de los artistas. «Las personas que se dedican a la creación viven dos veces, una vida imaginaria, que les sirve de inspiración para su obra y otra real, como el común de los mortales». «Vuelcas tus mundos porque es necesario equilibrar tantas dosis de realidad», añade.

Dudas y autocrítica

En cada serie el fotógrafo se enfrenta a una especie de listón. «Nos gusta sorprender al espectador y esa barrera, que hay que saltar, nadie te la puede suavizar», relata. Caramés cree que la exposición a la crítica no es fácil, pero es un reto, un grado de excitación sin el que un artista no puede sobrevivir. «Es bueno dudar, ser autocrítico y, cuanto mayor soy, más me planteo todo». El fotógrafo explica que le fascina ver las escenas a través de algo, un juego relacionado con la fantasía, con el juego al qué será y con la música, por ello incluye una pieza musical, «oriental y cristalina», de Fito Ares y Chefa Alonso, a la que se accede a través de un link.

«El libro empieza con una imagen de peces, que aparentemente están en un estanque y debes descubrir dónde nadan en realidad». Sensación de acuarela, de diluir mundos transparentes y desvaídos. Caramés no necesita hacer largos viajes para contar historias y precisa que la realidad temporal es incierta. «Historias que tienen que ver con el paisaje, algo que merece todos mis respetos». «Mi trabajo es cercano, los lugares son próximos, porque lo exótico, en realidad, está dentro de nosotros». «No me gusta la sensación de presente, la mirada evoluciona porque madura, ahora soy más de ver una historia y reposarla».

De los ochenta al año 2000 su mundo fue en blanco y negro y, con el cambio de siglo, transitó al color. «Fue un paso terapéutico, necesario para ver la vida desde otro punto de vista», explica. «Intento mirar como un niño y siempre vuelvo al origen, como un círculo cerrado». Llegar a la sencillez y contar un mundo entero con pocos elementos. «Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es». Esta frase, de Alejandra Pizarnick, sirve para arrancar las páginas que, a modo de epílogo explicativo, narran la historia del fotolibro 'Lugares'.

«No hay nada perfecto o establecido, como decía un amigo mío, lo importante es tener algo que contar, saber cómo hacerlo y, finalmente, ser capaz de narrarlo». Niebla misteriosa, profundas cascadas, un mensaje en una botella, mar nocturno, bosques encantados... Escenas abstractas que buscan el enfoque personal del espectador, que tiene la tarea de finalizar la historia. Aquello que empezó siendo un juego, una fotografía mal enfocada, se ha convertido en una licencia narrativa que insinúa al de enfrente y le convierte en cómplice de la historia.