Artes plásticas

En cada rincón de Lanzarote

César Manrique, con su perro Taro, un mes antes del accidente que le costó la vida./linus g. jauslin
César Manrique, con su perro Taro, un mes antes del accidente que le costó la vida. / linus g. jauslin

La exposición 'Manrique inédito', una serie de 60 fotografías que se encuadra en el centenario del artista canario, llega a Bilbao

ITXASO ELORDUY

«Esta muestra es un aperitivo del nuevo club cultural, Yim-by: Por Amor Al Arte, que abrirá sus puertas el próximo 26 de septiembre en la capital vizcaína y nace como resultado de la bonita relación que existe entre el País Vasco y nuestra isla de Lanzarote», explica Carmensa de la Hoz, comisaria de la muestra. La colaboradora del artista canario, que convivió con él durante ocho años, ha participado en los actos del centenario con la muestra 'Manrique inédito'. Se trata de una selección de imágenes del fotógrafo suizo Linus G. Jauslin, amigo personal de Manrique, al que conoció durante una visita de Josephine Baker a la isla. Jauslin tomó infinidad de instantáneas durante los veinte años que viajaron juntos a Madrid, Berlín o Lanzarote. «Fotos que se asemejan a las que vemos en un álbum familiar. La más emotiva y una de las últimas, realizada un mes antes del accidente, le muestra con su perro, Taro, un gran danés que parecía un caballo», señala el gestor cultural Tomás Pérez Esaú, coordinador de la muestra.

«Manrique fue el descubridor de la isla conejera, porque antes era un erial y había políticos que decían que era mejor abandonarla». «Lanzarote es una isla afortunada, aunque aparentemente haya estado postergada y desacreditada durante largo tiempo», reflejaba Manrique, que tuvo la suerte de realizar su sueño, para uso y disfrute de propios y visitantes, añade Carmensa de la Hoz. Aprovechó la cal que obtenían de los volcanes y con la que se han pintado las casas desde tiempos inmemorables, y el azul y el verde, los colores que él marcó para los detalles de las ventanas y las puertas de las casas, que servían para unificar la imagen de una isla pintoresca. «Era pintura que sobraba de los barcos», explica De la Hoz. «Se dedicó a convencer a toda una isla, contando las maravillas de la naturaleza que les rodeaba, a finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando participó junto a su amigo, el arquitecto Fernando Higueras, en el libro 'Arquitectura inédita'». «Pasé un duelo terrible, porque era demasiado joven, tenía una energía imparable y, aunque montaba grandes fiestas durante el día, era un hombre de sanas costumbres. Teníamos una higuera y hacíamos mermelada de higo, le gustaba el potaje de lentejas o el caldo de vieja, un pescado típico de la isla. La semana antes de fallecer nos encontramos con él en la calle, luego me fui a Nueva York y estando allí mi madre me dio la terrible noticia. Él decía 'Carmensa es mi amiga, mi todo'. Fue el 25 de septiembre, pero creo que César no ha muerto, porque el espíritu de Manrique vive en cada rincón de esta isla. De hecho, el pasado 8 de mayo se le homenajeó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde estudió y parecía que estaba presente».

Los proyectos de los Jameos del Agua y el Castillo de San José se fraguaron en su estancia en América

Arte-Naturaleza

César Manrique y sus amigos y colaboradores, como el arquitecto Fernando Higueras o el pintor Pepe Dámaso, no querían que la isla se convirtiera en un nuevo Torremolinos. «La potencia que tenía era una barbaridad, cansaba al Espíritu Santo», concluye Carmensa de la Hoz.

«Lanzarote existía antes de César Manrique, pero no era la misma». Pilar del Río, presidenta de la Fundación Saramago, colaboradora de los actos del centenario y pareja del Nobel portugués, describe literariamente la intensa relación entre Manrique y la isla volcánica donde el artista nació, vivió y falleció prematuramente en un accidente de tráfico. El dramático suceso aconteció a pocos metros de su casa, situada en el municipio de Tahíche, en 1992, seis meses después de que se constituyera la Fundación que lleva su nombre.

Fundación César Manrique.
Fundación César Manrique. / Raúl Mateos

La sede de la FCM es una estancia que destila su exquisito sentido de la estética, construida en medio de una colada de lava y cinco enormes burbujas, que originaron las erupciones ocurridas en la isla entre 1730 y 1736. Manrique es conocido internacionalmente por las obras públicas que levantó en su particular paraíso, determinantes para la declaración como Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993. Son los Jameos del Agua, el Mirador del Río, la Cueva de los Verdes, el restaurante el Diablo en Timanfaya, el centro cultural El Almacén o el Jardín de Cactus, su última creación, así como los juguetes del viento, esculturas móviles que señalizan distintos enclaves de la isla.

«Muchos estudiosos de su pensamiento y de su obra acuerdan en afirmar que con Manrique comienza a ser visible la isla como torrente de emociones estéticas», explica Alfredo Díaz, jefe del Departamento Pedagógico de la Fundación. Manrique creía que «el arte es una cuestión antropológica-humana y en Lanzarote hemos trabajado en contacto íntimo con su geología, entendiendo su trama, su organismo vulcanológico, logrando el milagro del nacimiento de un nuevo concepto estético, ampliando las fronteras del arte, en una simbiosis que se define como vida-hombre-arte». Para Fernando Savater es «uno de los casos más extraordinarios de Europa». Alfredo Díaz le considera un «enamorado de la belleza, la naturaleza y la vida, que descubre en un paisaje calcinado el metafórico lienzo donde materializar su ideario artístico y hacer real la utopía». «Vivimos tan corto espacio de tiempo en este planeta, que cada uno de nuestros pasos debe estar encaminado a construir el espacio soñado de la utopía», argumentaba el artista.

'Energía de la pirámide', de la serie 'Juguetes del viento'.
'Energía de la pirámide', de la serie 'Juguetes del viento'.

La playa de Famara

Manrique, perteneciente a una familia insular de clase media, desarrolló una sensibilidad y un amor extremo por el entorno en el que se crió. «La alegría más grande que tengo es la de recordar una infancia feliz, veraneos de cinco meses en La Caleta y en la playa de Famara, con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia, enmarcada por unos riscos de más de cuatrocientos metros de altura que se reflejan en una playa como un espejo. Esa imagen la tengo grabada en mi alma como algo de una belleza extraordinaria que no podré borrar en mi vida». Después de estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se graduaría como profesor de Arte y Pintura, se instaló, a principios de los cincuenta, en París.

Manrique no estuvo solo en su empeño por desarrollar la belleza natural de la isla. José Ignacio Zarza, el abogado economista bilbaíno experto en vulcanología y afincado junto a su familia en Lanzarote desde hace treinta y cinco años, considera que «él era un genio y tuvo la ayuda de Pepín Ramírez, que, desde su posición privilegiada como presidente del Cabildo, atrajo a su isla a Manrique, que entonces vivía en Nueva York, impulsó sus ideas y las financió». Zarza habla de la imagen de aquella isla que le sorprendió a mediados de los ochenta. «Volcanes, cultivos sobre ceniza, La Graciosa (isla situada frente a Lanzarote) semidesierta, Jameos, Jardín de Cactus, la Cochinilla... Lo que más me impresionó fueron las coladas, los volcanes, los cultivos y jardines sobre arena volcánica. Lanzarote es diferente al resto de las islas Canarias y eso se debe al legado de Manrique».

Un rincón de la Fundación César Manrique.
Un rincón de la Fundación César Manrique. / Raúl Mateos

Conversación con mi tío

Eduardo Manrique, uno de sus sobrinos, «artista al igual que el tío César», rememora uno de los proyectos que tenía en la cabeza. «En el Golfo, un anfiteatro abierto al océano que se formó a raíz de las erupciones y uno de los escasos ejemplos de hidrovulcanismo del mundo, César quería hacer un mirador. También pensó en realizar un proyecto en las salinas de Janubio, aunque como esta empresa es de titularidad privada no pudo intervenir en ella. Poco después de uno de los viajes a Nueva York estuvimos hablando más de cinco horas, durante las que me contó cómo le había cambiado la vida en la ciudad de los rascacielos y la suerte que tuvo con la beca que le concedieron y la exclusiva con la galería de Catherine Viviana, que le daba la oportunidad de exponer en distintas ciudades. A través de la correspondencia con su amigo Pepín Ramírez, hemos descubierto que los proyectos de los Jameos del Agua y del Castillo de San José, hoy Museo de Arte Contemporáneo, se fraguaron desde América. Entre los amigos que mencionaba estaban Pablo Serrano, Fernando Botero y Willem De Kooning. Con respecto a los collages, fue determinante la utilización de papeles con alquitrán (papel de embalaje industrial), una de las técnicas que utilizará después con frecuencia». «Para mí fue una experiencia la cantidad de personas interesantes que conocí a su lado, Rafael Alberti, Adolfo Marsillach, Antonio Gala..., que venían a visitarle a Lanzarote».

Actos del centenario

Manrique clamaba en 1970 «yo soy un contemporáneo del futuro» y la Fundación que lleva su nombre celebra el centenario de su nacimiento bajo el lema 'El desafío inmediato del presente, una humanidad contemporánea del futuro'. Intervendrán más de 150 ponentes, habrá conferencias magistrales, seminarios, talleres, conversaciones, etc., a lo que se unen seis exposiciones sobre el pensamiento y la obra de César Manrique, así como actuaciones musicales y teatrales, junto a una decena de publicaciones, entre ellas 'César y Manrique, palabra en la calle', que recopila la voz del artista frente a intentos de vaciar sus ideas o la exposición inaugurada el 30 de abril, 'César Manrique, palabra y compromiso. Al poder se le incomoda', que incide en la dimensión activista del creador.

César Manrique fue un visionario con un exquisito sentido de la estética, un hombre capaz de rediseñar una serie de espacios que la caprichosa naturaleza volcánica creó en Lanzarote, con el fin de convertirlos en entornos habitables o de disfrute colectivo. Esculpió la belleza que originó la explosión del Timanfaya, que cubrió un tercio de la isla, convirtiendo el turismo en fuente de riqueza de un territorio originalmente semidesierto.

La isla y el problema social del arte

Cuando Almodóvar bajó del avión y vio por primera vez Lanzarote dijo: «Esto no es una isla, es un estado de ánimo». Manrique tenía fascinación por el cine y conoció al cineasta manchego en 1986. «Desde que escribí el guión de 'Los abrazos rotos' siempre pensé que esta secuencia (la del accidente) tendría como testigo una de las enormes esculturas móviles que César sembró por toda la isla», recordaba al concluir el rodaje de la cinta. «Después nos enteramos por la prensa local de que el propio Manrique había muerto en ese punto». «En esta isla tan original todo me parece natural, por ancestral, supongo. Me hubiera gustado que César, el hombre que luchó y consiguió preservar Lanzarote del turismo devastador, supiera que su isla ya está inmortalizada en el negativo de mi película».

Para Fernando Gómez Aguilera, presidente de la FCM, César Manrique asume Lanzarote como su gran obra. «Creo y siento profundamente que todos los artistas contemporáneos, que sentimos la armonía y la belleza como un estado superior de cultura instintiva, tenemos el deber moral y ético de salvaguardar lo que nos rodea». Manrique propugnó en una entrevista en 1969 lo que él denominaba «el problema social del arte», relacionado con la importancia de que los artistas colaboren estrechamente con el pueblo. Supo hacerse didáctico, convincente y cercano, lo que favoreció su arraigo popular, el liderazgo de su mensaje de corte ecologista, hasta convertirlo en un mito colectivo».