Artes plásticas

El sol en la retina

Dos obras de la muestra de Fermín Moreno. / E.C.
Dos obras de la muestra de Fermín Moreno. / E.C.

Fermín Moreno reivindica el acto, la actitud y la capacidad de sugerencia de la pintura

GERARDO ELORRIAGA

La pintura es el ecosistema creativo de Fermín Moreno. La reivindica sin radicalidad e, incluso, reconociendo el artificio de la disciplina, patente en la puesta en escena de su última exposición en el Espacio Marzana, una instalación en la que sus obras se acompañan de guiños autobiográficos. El autor alude a la libertad que le proporciona, a su capacidad para asumir otras influencias desde la naturalidad aportada por una larga historia. Según explica, el trabajo le pone en comunicación con las cosas y le facilita un medio para comprenderlas. Él, sin duda posible, se define como pintor. «Lo de artista me parece más forzado, alude a situarse en un estado de alerta que no siento como propio», aduce.

Ese lugar mencionado en el título de la muestra comporta un acto y una actitud. «A los pintores se nos nota que nos gusta pintar y disfruto pintando», confiesa y reconoce que la ejecución le ocasiona una suerte de ensimismamiento. El artista también admite que una cosa es el disfrute personal y otra, la derivada de la posterior proyección fuera del estudio. Su cuarta cita en la galería bilbaína ofrece cuadros de mediano y gran formato, composiciones arriesgadas dentro de la abstracción geométrica que se han convertido en su seña de identidad para el público.

Nada es obvio en el trabajo de Moreno. A ese respecto, la aparente racionalidad de estas formas complejas no se corresponde con una percepción del autor como un creador plenamente racional que busca la factura predeterminada e impoluta. «No comulgo con la idea del artista caliente que se estrella contra el cuadro en un ímpetu expresionista, mientras que el más frío ha de ser regular, guiado por la línea recta», aduce. «El signo geométrico ya no guarda el valor universal de antes y se halla en constante revisión».

Los cuadros de Moreno no son planos, sino que presentan capas, veladuras y correcciones. Muchos tienen boceto previo, otros no, y requieren un cierto acabado antes de considerarlos terminados. El autor necesita habitualmente de largos desarrollos que implican constantes retoques. «Las relaciones que estableces con una piezas revierten en otras siguiendo un proceso completamente natural», aduce y habla de reposos, de abandonos, de soluciones posteriores, de reinvenciones a partir de un particular código gráfico. «Sigo confiando en el azar controlado porque ahí caben descubrimientos interesantes».

La práctica, ese territorio en el que se crea, es el ámbito preferido. «Yo defiendo la acción de hacer», arguye. «Esta disciplina tiene la facultad de poder pensar mientras haces, una posibilidad que aparece más difusa en otras, que requieren una idea previa, producción o formalización». Además, la larga historia de la pintura y su manufactura, relativamente convencional y fácil de elaborar, se presta, sin embargo a proyectos ambiciosos. «A partir de un presupuesto pequeño se puede conseguir algo complejo y no sólo visualmente, y sin caer en barroquismos».

Aunque parezca un ejercicio de hedonismo absolutamente egocéntrico, la obra del artista resulta especialmente generosa con el espectador, invitado a introducirse en espacios laberínticos donde encuentra referencias muy diversas, explícitas o escondidas. «Todo lo que filtro lo acabo incorporando, aunque no se trate de una propuesta narrativa». El resultado es una creación exuberante, pero sin discontinuidad, y el autor aduce la necesidad de mantener una línea argumental entroncada en su nicho artístico. «Quiero generar un ambiente en el que entres y que retenga la mirada, que sugiera diversas lecturas, que te deje un poso, como cuando te pega la luz en el ojo y el sol permanece en la retina», explica y alude, en último término, a un deseo de regalar al observador todo un relato de intuiciones.

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