La mirada

¿Real o ficción?

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT

'Mme. Bovary c'est moi'. Esta categórica afirmación de Gustave Flaubert nos aclara mucho sobre la parte autobiográfica de todo libro de ficción. Nada tenía que ver en este caso la protagonista, una aburrida burguesa de provincias, con su autor, un hombre de potente vida interior; sin embargo, las emociones que pudiera sentir el personaje estaban integradas en la sensibilidad de quien lo creó. De ese modo quedaría demostrado que incluso un texto completamente imaginario tiene siempre una parte derivada de la biografía de su inventor. Naturalmente el porcentaje de materiales vividos que se emplean en la obra puede ser mayor o menor. Hay autores, como por ejemplo Philip Roth, que inspiraron toda su obra en episodios de su propia experiencia sin apenas ocultarlo. Otros, como Borges, quedan tan difuminados en su mundo narrativo que nadie podría deducir características personales en ellos. También es cuestión de modas, claro está. En la actualidad parece que hemos vuelto a un fuerte componente autobiográfico en las obras de ficción. En muchas ocasiones, ni siquiera se recurre a la alteridad de ponerle otro nombre al 'yo' del escritor. En un reciente artículo en 'El País', Javier Marías, con su habitual mordacidad, decía que esos libros que cuentan las experiencias extremas vividas por sus narradores a modo de confesión le interesan poco o nada. Lleva razón, que alguien haya luchado contra la anorexia o que haya superado una terrible adicción no es mérito suficiente para convertir su confidencia en buena literatura. Pero vivimos tiempos de poca fe en el arte, de manera que el público se acerca a ese tipo de volúmenes porque «son verdad» y lo llamativo, descarnado y a veces brutal, vende por sí mismo si estamos seguros de que ocurrió. Sería terrible que esa tendencia a apreciar lo verídico junto al coraje del protagonista al contarlo, se convirtiera en una tendencia general. Caeríamos en literatura al mismo nivel de la lucha de gladiadores, en el que la gente desde la grada pide más sangre sin ninguna matización. Es complicado, porque a veces hay novelas autobiográficas con nombre y apellido que están francamente bien. Véase a la autora Delphine de Vigan que logra transmitirnos la angustia infinita de la locura relatándonos el caso real de su madre, que finalmente se suicidó. En mi época de estudiante se ignoraba la figura personal del autor, sOlo contaba su obra. Ahora hay doctorandos que trabajan sobre alguno de mis libros y me escriben para hacerme preguntas sobre lo que pienso o lo que siento. Suelo contestar con evasivas. Lo que yo piense da igual.

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