Ciencia y tecnología

Sus propios conejillos de indias

Sus propios conejillos de indias
mikel casal

Hay una figura heroica en Medicina: la del investigador que usa su mismo cuerpo

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

Son conocidos muchos casos de científicos que, al no tener sujetos experimentales o por intentar procedimientos especialmente peligrosos, se han usado a sí mismos como conejillos de indias ayudando así a impulsar el conocimiento científico. Por ejemplo, Jonas Salk se prestó voluntario junto con su familia para probar su vacuna contra la polio, y el doctor Barry Marshall se infectó intencionadamente con la bacteria Helicobacter pylori para demostrar que la úlcera estomacal era una infección bacteriana, descubrimiento que le valió el Nobel de Medicina en 2005.

Pero otros muchos no tuvieron tanta suerte. Tal fue el caso de Alexander Bogdanov (1873-1928), polímata ruso que además de ser médico, economista, filósofo, escritor de ciencia ficción, maestro, poeta, revolucionario y pionero de la cibernética y la ciencia de las organizaciones, abrió en 1926 la primera institución del mundo dedicada íntegramente a las transfusiones sanguíneas. Pese a su formación científica, su entusiasmo le llevó a creer que las transfusiones de sangre eran el secreto de muchos aspectos de la salud e incluso la puerta a la inmortalidad.

Para demostrarlo, en la década de 1920 Bogdanov empezó a realizarse transfusiones de distintos donantes. Decía –y podemos estar seguros de que no era así– que había dejado de perder el cabello, que su vista había mejorado y que se sentía con mucho más vigor. De poco ayudaron amigos revolucionarios como Leonid Kraskin, que decían que después de la transfusión Bogdanov se veía diez años más joven. Así, se practicó un total de once transfusiones. La sangre de la última era de un alumno que padecía de tuberculosis y malaria. Aunque el estudiante se recuperó completamente, Bogdanov murió pocos días después, probablemente, según los estudiosos actuales, porque en las anteriores transfusiones su sistema inmune había desarrollado anticuerpos contra algunas proteínas y reaccionó violentamente ante la sangre del alumno.

Un caso menos letal, pero aún así lesivo para el experimentador fue el del oficial de la fuerza aérea estadounidense y cirujano John Paul Stapp, quien se interesó en averiguar la capacidad de resistencia del cuerpo humano ante situaciones extremas en los aviones. Comenzó sus trabajos en 1946, volando bombarderos a alturas de 14 kilómetros para estudiar la enfermedad de la descompresión en pilotos. Descubrió así que si un piloto respiraba oxígeno puro durante media hora antes de despegar, podía volar a grandes alturas en una cabina sin presurización y sin que se formaran en su sangre las temidas burbujas.

Después se dedicó a analizar la aceleración y desaceleración, un conocimiento fundamental para la medicina relacionada con los aviones, en especial las velocísimas aeronaves militares y los sistemas de eyección en caso de pérdida de la nave, y con los viajes espaciales. Para no usar sujetos experimentales que pudieran resultar lastimados, Stapp volvió a ser su propio conejillo de indias en un trineo cohete llamado 'Gee whiz' (algo así como 'qué barbaridad') capaz de acelerar a 220 kilómetros por hora y luego frenar hasta cero en 1/5 de segundo, el equivalente a lo que sufre un cuerpo humano en el choque de un avión. Stapp fue pronto conocido como 'el hombre más rápido de la tierra' realizando experimentos en los cuales, además de romperse varios huesos y desprenderse temporalmente las retinas, consiguió determinar que un cuerpo humano puede soportar hasta 45g (g es 'gravedad', es decir, la aceleración que la atracción de la tierra ejerce sobre nosotros, de 9,8 metros sobre segundo al cuadrado) con un arnés adecuado.

Quizá los casos más conocidos de autoexperimentación se relacionan con la fiebre amarilla. En 1804, Stubbins Ffirth (sí, con dos 'f') informó que había realizado un terrible autoexperimento con el vómito negro propio de las víctimas de la fiebre amarilla en la epidemia de 1793 en Filadelfia, virtiéndolo en sus heridas abiertas, en sus ojos, bebiéndolo en grandes cantidades y vadeando hasta el cuello en una tina llena del vómito de los pacientes. Hizo lo mismo con la orina y la sangre de los infectados. El libro que publicó en ese año declaraba que la fiebre amarilla no era contagiosa.

El uso de humanos

Y no lo era con los procedimientos que usó Ffirth. Lo era de otro modo.

Estudiando la enfermedad en Cuba en 1900, casi un siglo después, el médico estadounidense Jesse Lazear estaba convencido de que la enfermedad sí era contagiosa, pero el método de transmisión era un huésped viviente y el medio era la sangre de los infectados. Como miembro de la Comisión sobre la Fiebre Amarilla del Ejército de los EE UU, Lazear probó su hipótesis incubando huevos de mosquito, dejando que los mosquitos se alimentaran con la sangre de pacientes de fiebre amarilla de un hospital de La Habana y luego haciendo que picaran a dos voluntarios. Lo que ocurrió con él es objeto de versiones contradictorias. Según algunos, él mismo se hizo picar por un mosquito mientras que otros implicados dicen que ya se había dejado picar sin desarrollar la enfermedad, de modo que se inyectó directamente sangre de uno de los enfermos. A los pocos días, Lazear desarrolló fiebre amarilla y murió.

Un año después, en otro experimento de inoculación de fiebre amarilla de la misma comisión, encabezada por Walter Reed, se convocaron voluntarios para dejarse picar por mosquitos infectados a cambio de una compensación de 100 dólares (hoy en día la ética médica impide que se compense a los participantes en estudios, solo cubrir sus gastos). La enfermera estadounidense Clara Maass fue una de las voluntarias, dejándose picar siete veces. La hipótesis era que haber sido picado en el pasado confería inmunidad a infecciones posteriores. Clara Maass murió seis días después de su séptima picadura.

Su muerte, por cierto, disparó intensas protestas sobre el uso de seres humanos en la experimentación médica, lo que obligó a revisar a fondo las exigencias éticas de todo experimento que ponga en cualquier riesgo a una persona. Lo que a su vez –en ocasiones– ha invitado a la autoexperimentación nuevamente por parte de estudiosos que son heroicos, irresponsables, optimistas, demasiado seguros de sí mismos o todo a la vez.

Pierre Curie

Tanto Pierre como Marie Curie, los descubridores del radio, sufrieron problemas de salud por su exposición a la radiactividad. Pero no porque no supieran el riesgo que corrían, aunque quizás no en qué medida o con qué alcance. En 1903, Pierre mostró al público de la Royal Institution una quemadura que se había provocado a sí mismo fijándose una muestra de sales de radio con cinta adhesiva durante solo 10 horas casi dos meses antes de la demostración. Pierre murió en un accidente tres años después. Marie sobrevivió hasta 1934 y murió de leucemia provocada por su exposición a la radiación.