Poesía en transición
Golpe a golpe. ·
Desde la Generación del 27 y del 36 a los Novísimos, el género vivió un momento único de expresión en el cambio de régimenCarlos Aganzo
Sábado, 22 de noviembre 2025, 00:00
Lo decía Santiago Carrillo en sus memorias: hubo un momento de oro, en los años setenta, en el que la poesía hizo más por el ... cambio político que todos los partidos, los movimientos, las asociaciones y los sindicatos juntos. «Tiene que llover a cántaros», anunciaba Pablo Guerrero en 1972, coincidiendo con el auge de aquellos cantautores que, junto con sus letras propias, le habían puesto música a los grandes poetas de nuestra literatura, como signo de la victoria de la poesía y la cultura sobre la dictadura. Serrat con Machado o Miguel Hernández. Paco Ibáñez con Góngora, Quevedo, Manrique, Cernuda, Celaya, Goytisolo o Rafael Alberti. Amancio Prada con San Juan de la Cruz, Rosalía, Agustín García Calvo o Chicho Sánchez Ferlosio. Luis Pastor con Blas de Otero. La lista es interminable.
Junto a la voz de los cantautores, buena parte de la poesía que se publica, en permanente lucha con la censura, aparece en las revistas literarias, que mantienen en esa época, y desde los años cincuenta, una vigencia absoluta. Y también en las antologías y colecciones poéticas de nuevas editoriales que surgieron entonces con una fuerza extraordinaria. Ése es el caso de Visor, que había inaugurado Jesús García Sánchez (Chus Visor) en 1968 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción de Gabriel Celaya, uno de los poetas sociales del momento. También de Hiperión, que abrió Jesús Munárriz precisamente en 1975, después de que le clausuraran seis años antes la editorial Ciencia Nueva, vinculada al clandestino Partido Comunista. Editoriales y libros que tenían sus escaparates en algunas librerías identificadas claramente con el cambio, como la Antonio Machado de Madrid, que sufrió varios atentados, el más llamativo de ellos en febrero de 1972.
En el año 1975 la poesía social todavía estaba viva, si bien alguno de sus miembros, como José Hierro o Gloria Fuertes, habían tomado ya caminos más personales. En esa fecha Blas de Otero publicó sus Hojas de Madrid, y Gabriel Celaya reeditó Poesía, política y compromiso. Sin embargo, los poetas que entonces están verdaderamente al alza son los de la Generación del 50, ese grupo de «señoritos de nacimiento, por mala conciencia escritores de poesía social», como los definió Jaime Gil de Biedma, uno de sus miembros más destacados. En 1975 se publicaron sus Poemas póstumos, casi al tiempo que la reedición exitosa de los Procedimientos narrativos de Ángel González, que Poeta de guardia, de Gloria Fuertes o La muerte en Beverly Hills, de Pere Gimferrer. Un año antes de que se publicaran Interior con figuras, de José Ángel Valente, o El vuelo de la celebración, de Claudio Rodríguez. Una nómina larga y apabullante en la que se incluyen además nombres como José Hierro, Carlos Murciano, Manuel Alcántara, María Victoria Atencia, Carlos Barral, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Ángel García López, Eladio Cabañero, Jesús Hilario Tundidor, Ángel Crespo, Antonio Gamoneda, José Agustín Goytisolo, Félix Grande, Carlos Sahagún o Julia Uceda.
En ese mismo tiempo empezarían a aparecer los primeros libros y las publicaciones en revistas o antologías de la generación siguiente, la de los Novísimos. En 1970 se había publicado la antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles, que incluía los nombres de Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero. En 1974 Álvarez había publicado La hora interior, y en 1975 aparecería Hymnica, de Luis Antonio de Villena. También en 1975 apareció uno de los libros más relevantes de su tiempo, que marcó poderosamente a poetas de las generaciones posteriores, como es Sepulcro en Tarquinia, de Antonio Colinas, al que algunos críticos incluyen en la Generación del 50 y otros en la segunda hornada de los novísimos. Una auténtica efervescencia en la que no podemos olvidar que en pleno inicio del cambio de régimen, tras la muerte de Franco, todavía están vivos, y en algún caso muy vivos, los miembros de las generaciones anteriores. Empezando por la del 27, que en ese año tiene en España a Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Carmen Conde, Vicente Aleixandre o Ernestina de Champourcin, y todavía en el exilio a Jorge Guillén, Rafael Alberti, María Zambrano, José Bergamín o Concha Méndez. Una herida que no se cerraría «oficialmente» hasta la concesión del Nobel de Literatura, en nombre del exilio exterior y del interior, en la figura de Aleixandre, en 1977. Y continuando con la Generación de la Guerra o del 36, tanto los autores de la «poesía desarraigada», alguno de los cuales (Otero, Hierro y Celaya) militaron después en la poesía social, como los de la «poesía arraigada», Luis Rosales, Leopoldo Panero o Dionisio Ridruejo, quien había publicado en 1974 su antología personal Poesía española 1936-1973. Un año decisivo para la historia de España. También para la poesía española, que viviría a partir de entonces un momento único de expresión hasta bien entrados los años ochenta.
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