La mirada

Piedras y versos

MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN

Nos gustan las ciudades provincianas, no sé si para seguido, al menos para unos días. Tal vez no sea una visión realista, la novedad es un barniz que da brillo a los colores. Escribió Félix de Azúa: «La tarea más productiva del periodo democrático ha sido la redención de las ciudades provincianas, que hace 40 años eran poblachones en los que apenas se veía por las calles a unas viejas de pañoleta negra, labriegos sarmentosos y bobos bizcos, como en las películas de Buñuel». Azúa es uno de los numerosos discípulos brillantes de Agustín García Calvo, lingüista, filósofo, traductor de presocráticos, anarquista y poeta, que nació y murió en Zamora pasando por Madrid y París, célebre por su inteligencia. Otro de ellos, Fernando Savater, escribió que fue para él tan decisivo conocer a García Calvo como perderlo de vista.

A lo mejor hay que ir a Zamora para leer a sus poetas, como estoy haciendo, los poemas a veces convertidos en canciones, como esta 'Libre te quiero' de García Calvo cantada por Amancio Prada: «Libre te quiero,/ como arroyo que brinca/ de peña en peña./ Pero no mía». En las fotos de Internet, Agustín e Isabel van vestidos como John y Yoko junto al Duero, con la ciudad detrás. Paseamos por las calles limpias, mirando sus iglesias románicas recién pulimentadas, sus casas modernistas, los palacios, el casino, los teatros, la estatua de Viriato que hizo Barrón, camino de la catedral y el castillo de Doña Urraca, la puerta de la Traición de Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido, cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco, en el romance del rey Don Sancho. Ahora lo han convertido en héroe del nacionalismo leonés. La puerta de la traición, mil años después, se ha convertido en el portillo de la Lealtad por decisión unánime del pleno municipal.

Entramos en las aceñas de los grandes martinetes, los molinos y batanes, con su aguda proa de piedra rompiendo la corriente. Cruzamos el puente de piedra y recorremos la otra ribera, mirando con la distancia del agua la muralla, la torre de escamas, las casas. Fuimos a la colegiata de Toro, de armonioso cimborrio bizantino acribillado de palomas y pórtico policromado. Los músicos coronados tocan zanfonas, flautas, salterios. La vega del Duero desde lo alto de la explanada es un cuadro de Benjamín Palencia con los chopos entre verdes y amarillos del otoño, los desmontes de tierras marrones, el ancho río, el largo puente, el alto cielo. «Siempre la claridad viene del cielo», escribió Claudio Rodríguez, poeta zamorano, el primer verso de su 'Don de la ebriedad'.

 

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