El peligro de nacer

El peligro de nacer

Durante la mayor parte de la historia humana entre un 30 y un 40% de los bebés no cumplían un año y más de la mitad morían antes de los 18

Imaginémonos en el pasado, digamos hace 500 años. Cuando una mujer se acercaba al término de su embarazo y comenzaban los preparativos para el parto, estaba agudamente consciente de las probables consecuencias: que madre y bebé vivieran, que uno de los dos muriera o que ambos fallecieran como consecuencia del proceso.

Era un momento de esperanza y temor. El conocimiento que se tenía sobre los procesos del embarazo y el parto era impreciso y estaba empapado de supersticiones y rituales. La madre era atendida por una partera y amigas o familiares cuya capacidad para resolver una complicación era limitada, fueran problemas de la madre, cuestiones mecánicas como un bebé demasiado grande o en una posición anormal o una hemorragia incontrolada… cosas que hoy se manejan sin dificultad y con gran éxito.

Se calcula que cinco de cada mil mujeres morían al momento del parto, una cifra enorme, sobre todo si la mayoría de nuestros parientes animales, los primates, suelen tener partos sin complicaciones, sin aparente dolor o incomodidad y sin esos altos niveles de mortalidad.

Parte de la respuesta está en las condiciones poco higiénicas que prevalecían en algunas sociedades y que aumentaron la mortandad de madres e hijos y que se abatieron cuando se desarrollaron las prácticas higiénicas en el tratamiento de las mujeres parturientas que promovió el médico húngaro Ignaz Semmelweis, y el desarrollo de la cesárea, operación que en el pasado se hacía para salvar al bebé a expensas de la vida de la madre, que empezó a sobrevivir de modo consistente al procedimiento a partir del siglo XVIII.

Los estudiosos miran al pasado, a la historia evolutiva del ser humano. Una explicación largamente aceptada ha sido que al volverse bípedos, se alteró la posición de la pelvis de nuestros ancestros Australopithecus de hace 4 millones de años de modo tal que el canal de parto asumió una forma que exige que el bebé se gire y vuelva para poder pasar de su cómodo alojamiento uterino al mundo exterior. Como parte del mismo proceso, en los millones de años siguientes, la evolución favoreció cerebros más grandes, lo que implicó también que las cabezas más grandes de los bebés debían pasar por el mismo canal. Y que la enorme cantidad de energía que consume un gran cerebro mientras aún está en el vientre materno puede debilitar a la madre y hacerla más frágil para el enorme esfuerzo que implica el parto humano, con nueve horas de media de trabajo, que se comparan con las dos horas de media de otros miembros de nuestra familia de homínidos, como los chimpancés, orangutanes y gorilas. Aunque hay estudios posteriores que añaden otros factores o matizan algunos elementos, de momento ésta parece ser la explicación más precisa de la peculiar situación del ser humano en cuanto a su proceso de nacimiento.

El incierto 'después'

Aún si un niño sobrevivía al expulsivo, se enfrentaba a graves riesgos en su primer año de vida. Aunque los datos de mortalidad infantil en épocas antiguas son solamente cálculos, los expertos consideran probable que durante la mayor parte de la historia humana entre un 30 y un 40% de los bebés nunca alcanzaban su primer cumpleaños, y más de un 50% de todos los nacidos morían antes de cumplir los 18 años. Esta alta mortalidad explica también las altas tasas de natalidad, cuando tener muchos hijos era garantía de que al menos algunos vivieran lo suficiente para ayudar en las tareas de la familia e incluso recibir el legado de sus padres, por modesto que fuera.

Los principales peligros a los que se enfrentaba el niño eran un aterrador abanico de enfermedades, algunas de las cuales se consideraban propias de la infancia, como el sarampión, rubeola, paperas, tos ferina y varicela, además de afecciones frecuentes como diarreas, infecciones intestinales, fiebre tifoidea o viruela. No obstante, no fue sino hasta fines del siglo XIX cuando expertos como el médico inglés George Newman identificaron la mortandad infantil como un problema concreto. En su clásico 'Mortalidad infantil: un problema social' de 1906, Newman buscó entender las causas de esta mortalidad y su posible prevención. En aquél entonces, el 15% de todos los nacidos en Inglaterra morían en su primer año de vida. El tema pasó así a ser esencial para medir la salud y bienestar de cualquier sociedad.

A partir de la década de 1930 y durante todo el siglo XX, los países industrializados o de mayores ingresos vieron reducirse el fenómeno gracias a las mejores calidades de la vida, la nutrición y la higiene de sus sociedades, y emprendieron esfuerzos como el suministro de agua potable, los sistemas de drenaje y la recogida de basuras. Surgieron también tratamientos para evitar la deshidratación por diarrea, el descubrimiento de las vitaminas y una intervención cuyo éxito ha sido espectacular: la vacunación contra las enfermedades infantiles, desde la vacuna para la difteria en 1923, la de tos ferina en 1926, la de polio en 1952 y las de las enfermedades más comunes entre 1963 y 1978.

Después de la Segunda Guerra Mundial, estos beneficios empezaron a extenderse en los países de bajos ingresos, que empezaron a experimentar rápidas caídas en la mortalidad infantil. Hoy, contra el casi 50% de muertes en el primer año que había al comienzo del siglo XIX, a nivel mundial muere el 4,5% de los nacidos que, pese a ser una tragedia que debe abordarse, es mucho menor que hace poco.

Por desgracia, esa cifra es diferente en distintas regiones. África sigue teniendo (según cifras del Banco Mundial de 2015), un 8% de muertes infantiles, mientras que Asia tiene un 3,5%, América Latina un 2,5% y los países más ricos de alrededor de un 0,05%. La mortandad materna, que se ha reducido mucho más, es prácticamente inexistente en el mundo industrializado. A nivel mundial se registran 216 muertes por cada 100.000 niños nacidos vivos pero, de nuevo, las cifras más altas se tienen en el África subsahariana con 547 muertes, que se comparan con las 25 que se producen en los países ricos.

El peligro de nacer es hoy muchísimo menor que durante toda la historia de la humanidad, tanto para las madres como para los bebés, y aunque es bueno celebrar este logro, no por ello se debe pasar por alto que la medicina, la ciencia y la tecnología aún pueden hacer mucho por reducir las cifras más altas en un mundo globalizado.

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