Contra la obscenidad nipona

Megumi Igarashi, con su polémica canoa./ REUTERS
Megumi Igarashi, con su polémica canoa. / REUTERS

Megumi Igarashi relata sus detenciones en Japón por utilizar la vagina como objeto artístico y denuncia el cruel sistema judicial y el patriarcado que dominan el país

Zigor Aldama
ZIGOR ALDAMA

Cualquier cosa que incite el deseo sexual, la excitación o la estimulación en vano, o que viole el sentido de decencia de una persona sensata, o los principios de la sexualidad moral y legítima». Así define el Tribunal Supremo de Japón la obscenidad, un delito por el que la artista Megumi Igarashi (Shizuoka, 1972) ha sido detenida en dos ocasiones. En 2014, la Policía consideró que su obra es «una obscenidad que estimula los impulsos sexuales excesivos», y, aunque el Tribunal del Distrito de Tokio finalmente la exoneró de ese cargo, fue condenada a pagar una multa «por distribuir material indecente». Lo que llevó a esa sentencia es el hilo narrativo de 'Obscenidad', la peculiar autobiografía gráfica de Rokudenashiko (literalmente, 'inútil'), el seudónimo con el que firma Igarashi.

Lo primero que llama la atención es que, en su edición española, la editorial Astiberri haya mantenido el orden de lectura tradicional de los cómics manga, de derecha a izquierda comenzando desde la tapa que en nuestro país marcaría el final del libro. Pero, sin duda, lo que más asombra de la obra no es el continente sino el contenido. Porque Igarashi utiliza su particular odisea judicial para hacer una ácida crítica de la sociedad japonesa. Con tanta contundencia como humor, sus esquemáticos dibujos y diálogos breves diseccionan aspectos tan delicados como el patriarcado o el sistema policial del país.

Igarashi, originaria de una pequeña aldea montañosa, recuerda cómo siempre fue considerada una mujer rara. Niña y adolescente retraída, siempre absorta en su propio mundo creativo, tuvo claro que quería convertirse en dibujante de cómics cuando se trasladó a Tokio para estudiar. Pero la industria, en busca de obras basadas en experiencias reales llenas de morbo, dio la espalda a las historias que proponía. Buscó inspiración comercial en infidelidades conyugales, pero el éxito no le llegó hasta que un anuncio le dio la idea que ha marcado su vida: decidió someterse a una operación de cirugía estética genital, conocida como labioplastia, y en su primer éxito editorial relató el proceso que culminó con una vulva ajustada a los cánones estéticos imperantes.

La artista cuenta en un cómic sus problemas y cómo fue sancionada por distribuir 'material indecente'

El problema surgió cuando la editora le pidió una segunda parte de la obra. Se dio cuenta de que la historia no daba para más, así que decidió dar un paso más e inaugurar lo que ha denominado como 'arte manko' –manko en japonés significa coño–: hizo un molde de su vagina y comenzó a fabricar objetos con forma de vulva. Se puede incluso adquirir una carcasa de móvil con las inconfundibles formas que marcan los labios y la abertura vaginales. Pero, consciente de que necesitaba dar un salto en la escala de sus obras para llamar la atención, Igarashi escaneó sus genitales en 3D y, gracias a una campaña de 'crowdfunding', creó una canoa con la forma de su vulva y la probó con éxito en un río.

Llegan los problemas

Ahí fue cuando rebasó la línea roja de la contradictoria sociedad japonesa. Con caras de enfado recuerda cómo algunos la tacharon de guarra. Otros, sin embargo, babeaban con lascivia: «¡Niña pervertida! ¡Quiero follarte!», escribe que le dijeron. Diez agentes de policía –nueve hombres y una mujer– se presentaron en su casa y la detuvieron por obscenidad. Encerrada en condiciones sorprendentemente malas para un país tan desarrollado como Japón, donde los sospechosos pueden estar detenidos sin cargos durante 23 días, Igarashi tuvo tiempo de sobra para reflexionar y convertir en activismo lo que había comenzado como una táctica comercial: si en Japón se puede salir en procesión con un falo rosado gigante durante el festival sintoísta 'Kanamara Matsuri', que venera el pene, ¿por qué una reproducción de la vulva femenina es una obscenidad?

Es más, Igarashi cuenta en su libro cómo los propios agentes de policía o el personal de los juzgados eran incapaces de mencionar siquiera la palabra 'manko'. Incluso cuando leían sus declaraciones, algo que deberían hacer de forma literal, sustituían ese término vulgar que ella había utilizado por 'genitales' o 'partes íntimas'. Con todo ello, Igarashi critica la doble moral que lleva a pixelar los genitales en las producciones pornográficas, pero no condena que estas inciten a la pederastia. Es la contradictoria dicotomía entre la pulcra imagen pública socialmente exigida y la enrevesada perversión que se esconde en ocasiones en las sombras del ámbito privado.

«Resulta antinatural difuminar los genitales como si no existiesen o fuesen algo malo», explica

El problema de Igarashi, sin embargo, no estaba tanto en las obras –que el tribunal finalmente consideró arte pop– como en la distribución de 'material indecente', un delito tipificado de forma muy poco precisa en el artículo 175 del Código Penal. Porque Igarashi recompensó a quienes aportaron más de 3.000 yenes (25 euros) en su campaña de 'crowdfunding' con el envío por vía electrónica de la imagen tridimensional de su vagina, el archivo que permitió imprimir en 3D la canoa. O sea, que la embarcación en sí no supone un delito, pero compartir los archivos que han servido para crearla sí.

«Es un error permitir que sea el Gobierno quien decida qué es arte y qué no. Cuando ilustramos nuestro propio cuerpo, incluido el mío, resulta antinatural difuminar o eliminar los genitales, como si no existiesen o fuesen algo malo», comentó Igarashi en declaraciones al diario 'Japan Times'. «Tradicionalmente, la vagina ha sido tabú en la sociedad japonesa, pero el pene se ha utilizado en ilustraciones y se ha convertido en parte de la cultura pop», añadió la artista, que tampoco parece cómoda cuando se le cuelga la etiqueta de feminista.

En cualquier caso, Igarashi ha logrado poner el foco en la misoginia de una sociedad que, incluso en el siglo XXI, aparta a la mujer del mundo laboral y de la esfera de poder político incluso más que vecinos menos desarrollados como China. Su caso también ha movilizado a un importante número de personas que, aunque no se vean atraídas por el 'arte manko', han participado en las diferentes campañas 'online' para lograr la liberación de Igarashi o han contribuido a su defensa legal porque sí creen conveniente que Japón defina bien lo que es la obscenidad y avance hacia una sociedad más tolerante con las representaciones del sexo. De momento, Igarashi está a la espera de apelar su condena a una instancia superior y se desahoga con un cómic que se devora en dos sentadas.

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