Artes plásticas

Objetos contra corriente

Grabado de Gillray con los vicios del futuro Jorge IV./
Grabado de Gillray con los vicios del futuro Jorge IV.

El Museo Británico selecciona cien objetos de su colección para volver del revés la narración oficial del mundo que tradicionalmente simboliza y preserva

BEGOÑA GÓMEZ MORAL

La efigie de Eduardo VII en un penique y, sobre el perfil del monarca, un eslogan toscamente grabado: 'Votos para las mujeres'. Hay un gesto profundamente iconoclasta en ese objeto diminuto, por eso forma parte de la muestra que el Museo Británico dedica a la subversión. La moneda no era nueva. Se acuñó en 1903 y circuló normalmente durante diez años antes de la alteración. Después se dijo que las sufragistas habían tomado la idea del anarquismo, aunque el autor –o autora– no se conoce ni se ha podido establecer conexión con ningún grupo concreto. Se calcula que el número de monedas intervenidas fue escaso, ya que el proceso era rudimentario y tuvo que ser fatigoso. Se estampaba letra a letra, despacio. Alguien en algún lugar pasaba las horas colocando cada molde de cada letra sobre la circunferencia de apenas 3,8 milímetros de diámetro, encima del bronce ennegrecido por el uso y, con un golpe detrás de otro, clamaba por una reivindicación que hoy nos parece obvia, pero que tiene solo un siglo. En aquel momento la Primera Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina. Su llegada marcaría en unos meses el cambio de paradigma y la fase final de la era victoriana. Mientras tanto, las sufragistas también estaban en las calles. Incendiaban, literalmente, la sociedad, rompían escaparates y atacaban obras maestras en los museos. En comparación, la acción sobre algo de tan poco valor puede parecer trivial, aunque la intención es la misma.

Igual que la moneda, cada objeto de la muestra se ha rastreado entre la colección del museo. Eso significa que proceden de cualquier punto del planeta y abarcan un lapso de tres mil años. Hay objetos cotidianos y obras de arte únicas. Algunos se exhiben por primera vez, otros son célebres. No hay distinción de rango o estamento cultural, pero todos implican significados en contra del sentir común.

Hay mensajes satíricos. Un grabado del Príncipe de Gales y futuro rey Jorge IV lo presenta como un personaje entregado a los excesos. Con los 'breeches' a punto de estallar, todavía sujeta el tenedor con el último bocado. Bajo la mesa, tres botellas vacías: un 'Voluptuoso durante los horrores de la digestión', como reza el título, pero también un despilfarrador incapaz de financiar los edificios a medio construir que se ven por la ventana.

Casi todas las piezas fueron creadas en momentos en que la disensión era peligrosa

Un mensaje tan evidente no es lo habitual. Casi todas las piezas reunidas conllevan un significado oculto. Fueron creadas en momentos en que la disensión era peligrosa. Es lo que sucede con un salero ornamental fabricado durante el auge reformista. Esconde simbología católica y desafía la imposición protestante de tal manera que podía estar en el centro de la mesa, a la vista de cualquiera sin despertar sospechas. También un tapiz congoleño de rafia subvierte la imagen del leopardo al acecho, símbolo del dictador Mobutu: «La piel del leopardo es bella, pero su interior es la guerra». Y una, en apariencia, inocente acuarela de dos búhos con los ojos abiertos responde a la persecución sufrida por pintar un búho con un ojo cerrado, símbolo de declive interpretado como panfletario durante la Revolución Cultural en la China de Mao.

Cocodrilo libidinoso

En otros casos la permisividad existe hasta cierto punto: una lámpara de aceite adornada con la imagen de una mujer sobre un cocodrilo libidinoso es propaganda contra Cleopatra. Procede de una guerra célebre, cuando Octavio Augusto, con intención de minar la popularidad de Marco Antonio, optó por difamar a su aliada. En otro punto del recorrido un esqueleto de papel maché representa al propietario de una factoría: la burla a la autoridad permitida durante los días que dura la fiesta de difuntos en México.

El propio museo no censura su censura y exhibe aquella placa que Banksy 'instaló' furtivamente en una sala en 2005. 'Peckham rock' (la piedra de Peckham) imita los dibujos esquemáticos de la prehistoria, aunque lo que representa es el 'homo carritus', el cliente de supermercado de nuestra era, que regresa –esta vez con permiso y en calidad de préstamo– tantos años después de permanecer expuesto durante tres días sin que nadie se percatase. Incluye su irónica cartela: «Este ejemplar, en excelente estado de conservación, data de la era Post-Catatónica y se cree que representa al hombre primitivo aventurándose en terreno de caza fuera del casco urbano. Se estima que el autor debe haber dejado un consistente número de obras en la zona sureste de Londres bajo el seudónimo de Banksymus Maximus. Poco más se sabe, ya que la mayoría de piezas similares no han perdurado, destruidas por agentes municipales ajenos al mérito y valor arqueológico de los dibujos en las paredes».

Entre la fenomenología más actual, hay un gorro de punto recién adquirido por el museo. Parte del público recordará que se popularizó en la Marcha de las mujeres de Washington DC del 21 de enero de 2017, organizada en protesta por las políticas del recién elegido Donald Trump. De la misma campaña que le llevó la presidencia procede la insignia 'Crooked Hillary' (Hillary corrupta), relacionada con el escándalo Cambridge Analytica, la captura de datos de usuarios de Facebook por parte de una empresa de 'minería de información' que, contratada por el futuro presidente, habría accedido a los perfiles privados de 50 millones de usuarios para influir en sus votos y proyectar la imagen negativa de su rival.

 

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