Lecturas

Las nueve críticas literarias de la semana

La escritora, en un retrato de sus últimos años./E. C.
La escritora, en un retrato de sus últimos años. / E. C.

Adelantándose un año al vigésimo aniversario de la muerte de la escritora salmantina, Siruela reúne en este volumen una producción cuentística que permanecía hasta ahora dispersa

Carmen Martín Gaite y la sombra de la generación del 50

Iñaki Ezkerra

La sombra de la generación narrativa del 50 ronda sobre el presente. En este 2019 en el que ha muerto Rafael Sánchez Ferlosio, se cumple el cincuentenario de la desaparición de Ignacio Aldecoa, efeméride a la que se adelantó el pasado año la editorial Alfaguara publicando un volumen de sus 'Cuentos completos'. Y en estos días el sello Siruela pone en las librerías un volumen titulado 'Todos los cuentos', que recoge los relatos de Carmen Martín Gaite, de cuya muerte se cumplirá el año que viene el vigésimo aniversario. Esta confluencia de hechos puede hallar una lectura más que positiva en el actual momento literario que atraviesa nuestro país. Puede ser un constructivo estímulo para dejar atrás la obsesiva temática de la Guerra Civil y avanzar en un tiempo aún lejano pero que tiene respuestas para el nuestro. La generación de Carmen Martín Gaite es la que vivió la contienda del 36 durante la infancia y los años primeros de la Dictadura durante la adolescencia; lo cual hizo que su literatura se volcara en levantar acta del paso de la posguerra al desarrollismo. Se trata de una generación puente que conecta con la España de hoy porque es la primera que se mueve, pese a la atmósfera represiva que imponía el franquismo, en unas modernas coordenadas progresistas, unas contestatarias referencias intelectuales y una conciencia social que se deja ver en todas sus obras. Es la generación de las chicas que empiezan a ir a la Universidad y de las parejas que comenzarán a separarse en unos tiempos en los que todavía no había una ley de divorcio.

La preocupación social está presente de una manera especial y fuertemente marcada a lo largo de toda la inicial etapa creativa de Carmen Martín Gaite, incluso en las dos primeras prosas con las que se abre el libro y que conforman el apartado 'Cuentos de primera juventud'. En 'Desde el umbral', la luz de la primavera adquiere un significado esperanzador en un día de 1948 de la Universidad de Salamanca sobre el que planean las nubes feas de la época, tenuemente insinuadas: la censura en la investigación histórica, la incompatibilidad de los estudios con la maternidad en algunas compañeras… En 'Historia de un mendigo', un pobre hombre se encamina hacia la muerte seguido fielmente por un perro. A continuación, en los 17 relatos que componen los libros 'El balneario' y 'Las ataduras', que aquí aparecen unidos en un mismo bloque, desfilan una serie de personajes, muchos de ellos femeninos, con sus existencias humildes y sus deprimentes entornos, que se hacen soportables gracias a una fuerza y a una alegría interiores: el dócil y gris oficinista, la mecanógrafa que se pinta mal los labios, el viejo maestro que echa de menos a sus nietos, las tatas, las porteras, las mujeres abandonadas o que se abandonan, las madres desveladas por los quebrantos de salud de los hijos… A Carmen Martín Gaite ni le sedujo ni le iba aquel realismo objetivista que cultivaron varios de sus compañeros de generación, ni tampoco el costumbrismo castellano que pesaba en algunos de ellos. Consiguió esquivar uno y otro con la tercera vía de un neorrealismo humanizador que le permitía penetrar en unos registros sentimentales lindantes con las niñas resabiadas de las narraciones breves de Ana María Matute y las penurias de las 'Pobres gentes' de Dostoyevski, aunque sin llegar alcanzar los tintes trágicos y sombríos de las historias del gran maestro ruso.

Y de la temática social o el cuidado del estilo, la concepción del cuento da en la autora un salto a lo autobiográfico en 'El castillo de las tres murallas' y 'El pastel del diablo', las dos piezas narrativas que conforman el apartado de 'Dos cuentos maravillosos' y que tratan de las relaciones de la mujer con el sentimiento de la libertad. A esas dos etapas se añade una tercera de experimentación que el profesor de la UAM José Teruel, responsable del prólogo y la edición, ya ve esbozada en textos como 'Variaciones sobre un tema' o 'Retirada'; una 'nueva concepción del cuento' que él define acertadamente como «la reviviscencia de una imagen fugaz que reclama su derecho a no ser olvidada y que se instala transversalmente en la memoria del narrador». Algo de eso hay en sus 'Cuentos últimos'; en 'Sibyl Vane', en '(Donde acaba el amor)' y sobre todo en 'Flores malva', en el que la protagonista retiene una imagen del campo como si guardara cifrada una revelación vital. 'El otoño de Poughkeepsie', el relato que cierra el volumen, no solo es el más desgarrado de los que escribió Martín Gaite sino el que sintetiza toda su evolución.

Un crimen casi perfecto

J. Ernesto Ayala-Dip

Estoy casi seguro de que si la próxima novela negra de la escritora Arantza Portabales, se parece como mínimo a la primera en este género que acabo de leer, 'Belleza roja', se la podrá llamar sin lugar a dudas la nueva dama del crimen en castellano, tal es la impresión que me dio.

En 'Belleza roja' confluye una trama perfectamente urdida y mejor resuelta, el estilo irreprochable y la sagacidad psicológica y los diálogos absolutamente verosímiles. Empecemos por la trama. Tenemos dos investigadores públicos. Santi Abad y Ana Barroso. Los dos son relativamente jóvenes, aunque parece que llevaran años de servicio. Santi es el jefe, y es soltero. Alguna vez estuvo casado y el matrimonio acabó mal, muy mal. Ana, vive sola con su hijo. El crimen que investigan se ha producido en una casa. Cinco personas son las sospechosas. Nadie fuera de ellas lo pudo haber cometido. La víctima es una adolescente de 15 años. Espabilada y con sensibilidad artística, que le viene de una tía y una abuela, artistas las dos. Xiana, que así se llama la víctima, es encontrada en su habitación estirada y muerta en un charco inmenso de sangre, natural y artificial, de las que se usan en las películas. El inspector Abad y la agente Barroso entran en escena. Todos los sospechosos tendrían motivos, unos más que otros, para asesinar a Xiana. Esta vivía con sus padres y una tía abuela, que días después se tira por una ventana y muere. Mientras todo ello ocurre, los policías descubren sus lados débiles y en ese intercambio de debilidades se produce un encuentro amoroso. Tienen que mantener la relación en secreto, aunque este comienza a ser un secreto a voces.

La trama, seguramente el lector ya lo habrá cazado, nos remite a la célebre novela de Agatha Christie 'Diez negritos'. Ya sabemos que el fuerte de la gran escritora inglesa no era precisamente su estilo, pero sí su inventiva y su gran arte para tejer tramas sugestivas y casi inverosímiles, además de enormemente entretenidas. El arte de Portabales va por otros derroteros estéticos. Hila a la perfección los diálogos, siempre creíbles. La perspicacia psicológica sorprende, se trate de la faz policiaca, como de la vital de cada uno de los personajes. Y por fin., el estilo. Claro, explicativo cuando es necesario, elusivo por mor de la trama que se trae entre manos. Y todavía le queda espacio para el lirismo repartido con elogiable dosis por toda la novela. El ritmo es el que toca en una novela negra. Y las pausas la ponen las reflexiones exactas que esta novela destila tan generosamente. Recuerden este nombre. Arantza Portabales.

Filo victoriano

Pablo Martínez Zarracina

Transcurridas cien páginas, esta novela publicada en 1899 sitúa en la cabeza del lector una hipótesis extraña, sugerente e imposible: Jane Austen construyendo una historia a partir de una escena inicial propuesta por Stevenson. Esa escena presenta al joven Hugh Scarlett, un apuesto 'principiante', siendo llamado por Lord Newhaven a su despacho. Quiere robarle «tres minutos de su valioso tiempo» justo al final de una fiesta, cuando todos los invitados ya se van de la gran casa de los Newhaven. En el despacho, el anfitrión informa al joven de que sabe que mantiene una aventura con su mujer. Y le anuncia que van a resolverlo del único modo posible «en las circunstancias un tanto manidas en las que nos encontramos». El método de Lord Newhaven es creativo, pero no original. «Lamento que la idea no sea mía», explica. «La leí en una revista». Y le ofrece al joven dos cerillas ocultas en su puño. El que extraiga la más corta deberá suicidarse en los próximos cinco meses.

El lector tardará un tiempo en conocer quién se queda con la cerilla corta. Lady Newhaven tardará bastante más. El modo en que a partir de ahí 'Un guiso de lentejas' se transforma en una novela de personajes que se cruzan tejiendo un panorama social de la Inglaterra de finales del XIX es llamativo. Mary Cholmondeley es una autora que disimula su dominio técnico con un aire de naturalidad casi desenfadado. Sin embargo, esta novela es capaz de hacer muchas cosas a la vez. Entre ellas, penetrar como una tuneladora en al menos tres clases sociales, construir un puñado de personajes que funcionan como minuciosas caricaturas morales, anticipar con audacia teorías de emancipación femenina y cuestionar de un modo radical el pensamiento dominante y los usos y costumbres que su época no solo considera correctos, sino también distinguidos.

Para hacerlo, recurre a la ironía de un modo esplendoroso. Lo hace tanto en la construcción del punto de vista del narrador omnisciente como en el del mecanismo intelectual que la historia activa como un detector de incongruencias; entre ellas, el modo en que en sociedad la virtud se emparenta con la mentira.

Destaca a este respecto el retrato del estamento clerical, que se concreta en el vicario Gresley, hermano de Hester, una de las jóvenes protagonistas que orbitan en torno al galán Scarlett. Gresley es un personaje dickensiano: un pastor fatuo, timorato y fanático que parece siempre a punto de chocar contra alguna clase de verdad sin percibirla, «con el mismo ímpetu con el que una liebre perseguida se arrojaría contra un muro de piedra». Que la propia Cholmondeley perteneciese a una familia de religiosos (su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron pastores anglicanos en Hodnet y ella pasó gran parte de su vida en la rectoría del lugar) da cuenta de su particular audacia y del peso autobiográfico del texto. Solo un exceso de peripecia lastra una novela de enorme modernidad y asombroso filo. Entre los respetables pilares que quiere poner a prueba, el amor romántico, el orden provinciano, el prestigio de la gran ciudad y, por supuesto, la religión, que está presente ya en el título. El original, 'Red pottage', remite al español 'un plato de lentejas' y a su significado bíblico: el precio ridículo al que Esaú vendió su primogenitura.

Personajes entre España y Marruecos

Roberto Carlos Miras

Marruecos, España, Iraq y en menor medida Egipto, Italia, Turquía, Francia o Hungría son algunos de los escenarios por los que se mueve nuestro joven protagonista, Ismael, en su lucha por los distintos vericuetos de la vida de la mano del periodista Jaime Barrientos, mientras busca el arma del conquistador macedonio Alejandro Magno.

Considerado como uno de los autores que hay que tener muy en cuenta al hablar o escribir sobre ciertos temas, Barrientos nos sumerge en un mundo en el que viven a diario multitud de chicos, algunos de los cuales han formado y forman parte de esa relación España-Marruecos que en ocasiones olvidamos. Y no solo eso, también mezcla lo que a él mismo parece haberlo ocurrido y muchos no cuentan en sus crónicas periodísticas.

El autor utiliza varios géneros y dan ganas de marcharse a los lugares descritos, sitios que muchos conocemos por la gran pantalla pero en su obra nos los acerca como si estuvieran aquí al lado.

Seriedad e ironía son los elementos y eso hace que forme parte de nosotros mismos. Un ejercicio tanto literario como periodístico fruto del bagaje cultural de quien lo escribe que se disfraza con nombres falsos pero sabiendo quiénes son sus verdaderos personajes. Historia, narrativa de la buena... ¿Falta algún elemento? Quizás que la editorial esté a la altura de la misma y ambos encuentren la espada de Alejandro que todos llevamos dentro.

La extraña mirada

Elena Sierra

Esto, al principio, no tiene ni pies ni cabeza. Y podría pensarse que después tampoco mucho, con ese narrador que dice cosas tan raras... como lo hacen su padre, su madre, su hermana y todos sus amigos y conocidos. ¿Pero se muere o no se muere el padre? ¿Qué le pasa al vecino? ¿Dónde está la madre de sus nuevos amigos? Es lo que tiene la infancia: que aquí nadie sabe nada, por mucho que uno se empeñe en que sí que sabe –o que luego, con los años, cuente sus historias de entonces como si fueran capítulos perfectamente ordenados y, lo que es peor, como si todo hubiera sido maravilloso–. Si algo ha sabido hacer Manuel Jabois en su primera novela es mantener la extrañeza ante todo lo que le rodea en la que vive inmerso Tambu, un niño de diez años al que se le está cayendo el mundo encima.

Se llama crecer, sí, y puede suceder de muchas maneras. La de Tambu es extrema. No está su entorno para fiestas. Aquí pasa de todo (el amor, la muerte, el sexo, el fin de la infancia) y en realidad es casi como si no pasara nada porque, mientras está ocurriendo, el niño hila anécdota tras anécdota, cosas del día a día y rarezas varias. Es la vida. No se piden explicaciones. ¿Y a quién se las vas a pedir?

A Jabois se le conoce por sus artículos, a los que no les falta esa mirada raruna ni el sentido del humor, como en 'Malaherba'. Otros autores de su quinta han echado la mirada atrás –a esa infancia ochentera que aquí está muy presente: solares llenos de jeringas, salas de juegos, acoso escolar normalizado– en plan ensayístico, pero él opta por la extrañeza y el humor, el sinsentido más que el desarrollo en profundidad, y no le ha salido nada mal.

Olinka

'Olinka' es una novela de acción del mexicano Antonio Ortuño y es también el nombre de un fraude: el de una lujosa urbanización levantada para albergar en principio a científicos y artistas, pero tras la que se ha tejido una tupida red de oscuros negocios así como una serie de despojos de tierras comunales. Su protagonista es Aurelio Blanco, un tipo que sale de la cárcel donde ha pasado quince años acusado de ese fraudulento entramado urbanístico y víctima de su lealtad a los Flores, su truculenta familia política. De esta recibió la falsa promesa de que pasaría muy poco tiempo entre rejas si asumía la culpa. Ahora, una vez comprobada la frialdad con la que le dejaron caer y lo traicionaron, se propone recuperar a su propia hija y todo el tiempo perdido.

Si esto es una mujer

Lorenzo Silva y Noemí Trujillo habían escrito juntos dos novelas juveniles ('Suad' y 'El palacio de Petko') así como otra del género policíaco: 'Nada sucio'. Con 'Si esto es una mujer', ambos inician un ciclo protagonizado por la inspectora de homicidios Manuela Mauri. Esta debe abandonar la baja laboral y sobreponerse a un espinoso y doloroso asunto –el suicidio de un compañero de trabajo–, del que salió injustamente salpicada, para enfrentarse a la aparición de unos restos humanos en los vertederos de Pinto y Valdemingómez, dos pueblos de Madrid; para investigar la autoría del crimen y para descubrir incluso la propia identidad de la víctima, de la que no hay la más remota pista porque todavía no se ha podido encontrar siquiera el cuerpo completo.

Historia de una ballena blanca

'Historia de una ballena blanca' es un relato de pasión por la naturaleza, en el que Luis Sepúlveda da voz a un cetáceo para que hable de los recuerdos de su vida acuática y de la experiencia de la inmensa soledad oceánica que ha conocido; de las profundidades del abismo y de cómo ha dedicado su vida a cumplir la misteriosa misión que le fue confiada por otro cachalote entrado en años y que en buena parte consiste en proteger el mar de los extraños que aparecen con sus embarcaciones para arramblar con todo lo que pillan sin guardar el menor respeto por el entorno natural. Fueron ellos quienes han tratado de desacreditarlo a base de contar la historia de la peligrosa ballena blanca. Pero ha llegado el momento de ceder a esta la palabra para que cuente sus secretos.

Paisajes italianos

Antes de instalarse de modo definitivo en Francia en 1907, Edith Wharton viajó hasta en 66 ocasiones al continente europeo. Para ella, darse una vuelta por Europa suponía una auténtica liberación de la estrecha vida social neoyorquina que se le hacía insoportable y que describió con implacable ironía en muchos de sus textos. Su éxito literario sirvió, sin embargo, para eclipsar sus escritos ajenos a la ficción, entre los que destaca su personal y sugerente literatura de viajes en la que pone a nuestro completo servicio sus profundos conocimientos de historia del arte. Los 'Paisajes italianos' son una brillante muestra de esa faceta y una valoración documentada de las piezas pictóricas, escultóricas o arquitectónicas que describe a sus lectores.

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