Lecturas

Las nueve críticas literarias de la semana

El escritor andaluz Antonio Muñoz Molina./efe
El escritor andaluz Antonio Muñoz Molina. / efe

En esta nueva entrega novelesca, el escritor jienense presenta a un hombre que vive una crisis de angustia existencial mientras arregla la vivienda lisboeta en la que va a residir con su esposa

Antonio Muñoz Molina o 'un andar solitario en una casa'

Iñaki Ezkerra

En 'Un andar solitario entre la gente' (2018), Antonio Muñoz Molina nos proponía a un narrador que era a la vez el protagonista de un relato fragmentario que lindaba con el diario, el dietario o el libro de viajes y que transmitía al lector la perplejidad del hecho de existir, del acto de mirar a la realidad circundante e incluso de la sensación de aturdimiento cuando esa realidad se presentaba más espesa y más densa que la propia conciencia o la propia existencia. En 'Tus pasos en la escalera', Muñoz Molina nos ofrece un texto que se adentra más que aquel en el terreno de la ficción y al que no le pondríamos los reparos que podíamos haberle puesto al anterior a la hora de catalogarlo como novela. Aquí ya hay una situación novelesca y unos personajes. Hay un tal Bruno, como figura central que narra en un presente de primera persona, y una tal Cecilia, que es su mujer y a la que espera en una casa de Lisboa que él se está encargando de adecuar para que ambos vivan juntos reproduciendo la distribución del domicilio que han dejado en Nueva York. Aquí ya hay un cierto grado de 'ficcionalidad' en ese estricto sentido, aunque las circunstancias del héroe coincidan con ciertos, obvios y conocidos aspectos biográficos del autor, como el de su estancia en la ciudad de los rascacielos al frente del Instituto Cervantes, y aunque el argumento del libro sea una extraña prolongación de esa espera a la esposa que reproduce, en su esquema más básico, la de los dos vagabundos de Samuel Beckett en 'Esperando a Godot', o sea, aunque esa espera tenga un carácter 'sui géneris' y unas dosis abundantes de irrealidad, no muy ajenas a la literatura del absurdo.

El largo aplazamiento de esa anunciada llegada permite, por otra parte, al autor reproducir en una buena medida los estados de contemplación, de perplejidad y de aturdimiento que en su anterior entrega narrativa cobraban un cariz nítidamente autobiográfico. Si en aquel caso estábamos ante el hombre que encarnaba 'un andar solitario entre la gente', obedeciendo al famoso verso de Camões que Quevedo reprodujo literalmente en un soneto, en esta ocasión estaríamos ante 'un andar solitario en una casa'; entre las paredes y el mobiliario de una vivienda que, en momentos determinados, cobra una función de auténtico búnker. Salvando las pertinentes distancias entre un texto autobiográfico y uno de ficción, lo que ha heredado esta novela del libro que el autor publicó el pasado año es el tono, el espíritu, el aire itinerante, la mirada de extrañeza a una realidad con la que el narrador no se siente identificado y ante la que se interpone una distancia en la que este encuentra la fuente de su discurso, si bien ahora dicha distancia adquiere ya una dramática dimensión de abismo pues se suman a su percepción los sentimientos inmovilizadores de pánico, angustia y vértigo.

El propio comienzo de la novela es explícito en cuanto al perfil patológico de ese personaje-narrador: «Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo». Dicha confesión ya desmiente que a quien espere sea a su cónyuge, quien, por otro lado, anda volcada en un trabajo científico -realiza experimentos para estudiar los mecanismos de la memoria y del miedo en las ratas- que parece una irónica metáfora de la dolencia del marido. Y, así, a las circunstancias objetivas que llevan a Bruno a vagar de forma fantasmal por el domicilio o a sus instantes de paralización física, de los que el lector irá teniendo noticia según avance el libro -la experiencia del 11-S neoyorquino que compartió con su mujer, el despido de su trabajo del que no quiere tener informada a esta…- se añade una enfermiza afición a todo Apocalipsis que le brinde gratuitamente la prensa, esto es, a un inventario de catástrofes naturales o provocadas con las que justifica su convicción de que el fin del planeta está cercano: «En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas…».

En esa dilación y dilatación de su espera, Bruno tiene unas relaciones muy limitadas: su perra Luria, a la que contagia sus estados anímicos; Cándida, la asistenta; Alexis, un argentino que hace todo tipo de chapuzas en la casa… Lo que describe 'Tus pasos en la escalera' es, en fin, el cuadro clínico de una depresión de manual con tintes paranoicos, si bien Muñoz Molina lo hace con su habitual e impecable estilo literario.

Un lobo en el bosque

J. Ernesto Ayala

A esta altura de la cosecha negra o policiaca, sus lectores ya sabemos que no solo necesitamos la intriga bien diseñada. Necesitamos el estilo, la profundidad psicológica de sus personajes, con ese deje de abismo que tienen que gastar si quieren perdurar. Pienso esto cuando termino de leer 'Brondrée. La frontera del bosque', de la escritora canadiense (Quebec) Andrée A. Michaud.

La acción de este 'thriller' se desarrolla en una zona boscosa, entre EE UU y Canadá. Cerca de este bosque se halla un pequeño pueblo donde todos sus habitantes se conocen. Sus hijos son amigos entre sí. Salen y se divierten. Algunos se internan en el bosque para escapar de la vigilancia de sus padres. Hasta que un día una adolescente es hallada asesinada. Claro que hay un sospechoso, del que todo el pueblo desconfía. Fue cazador y una de sus trampas fue encontrada al lado del cadáver de la víctima. A los pocos días desaparece la amiga íntima de la primera. También es hallada muerta. Probablemente también asesinada. Es cuando aparece en escena el inspector Michaud (no confundir con la autora) con sus dos ayudantes. No hay pruebas concretas contra nadie. Y todos los sospechosos de rigor, los habituales, tienen coartadas muy sólidas.

Michaud (la autora) urde una trama apoyada en cierto suspense. El relato se arma alrededor de dos voces, una ficcionalmente autobiográfica en la voz de una adolescente casi testigo directo de todo lo acontecido, y la otra omnisciente, la que sabe todo de todos, menos quién es el asesino. Me gustaría trasladarle al lector un fragmento descriptivo de la novela para que se hagan una idea del estilo de la autora: «Frenchie era una chica guapa de pelo casi tan largo como el de Sissy Morgan y Zaza Mulligan (las víctimas). Había en ella algo como inacabado, una falta de brillo que la convertía en una chica corriente comparada con las otras dos. Michaud no hubiera podido decir a qué se debía, quizá a la languidez de la inteligencia. Estaba a dos dedos de alcanzar la belleza, lo que intentaba compensar con la ayuda de un maquillaje demasiado llamativo y ropa provocadora». Así escribe Andrée A. Michaud. Siempre atenta a los detalles demoledores. Cuando uno se enfrenta a una novela de género (me molesta este término, pero para entendernos) escrita con este rigor y a la vez con tantos matices estilísticos, casi te olvidas de quién es el asesino. Incorporo ya a esta autora a mi carpeta de muy recomendables.

Dos ciudades

Pablo Martínez Zarracina

Burhan Sönmez responde al perfil del escritor amparado por el PEN Club. Además de poeta y narrador, es un abogado que lucha por los derechos humanos en su país, Turquía. En 1996 fue detenido por participar en una protesta pacífica y torturado en comisaría. Pasó varios años en Inglaterra, recuperándose de las secuelas de aquel episodio. Ahora Sönmez vive de nuevo en Estambul, ciudad que para él tiene dos caras contrapuestas, dos niveles. Uno queda en la superficie y se corresponde con una gran metrópoli populosa y complicada, pero llena de luz y comprometida con la vida; el otro nivel es en cambio oscuro y subterráneo: tiene que ver con celdas, puertas de hierro y el sonido de botas que se acercan.

Lo que hace Burhan Sönmez en 'Estambul Estambul' es ofrecer una perspectiva conjunta de esas dos ciudades, mostrando los caminos que las conectan y demostrando que el espíritu humano se impone en las circunstancias más adversas. El resultado es una especie de homenaje a la ciudad, contradictorio y doloroso, pero lleno de significado gracias al modo en que consigue esquivar el maniqueísmo.

Los protagonistas de la novela son cuatro prisioneros que comparten celda en un centro de detenciones de Estambul. Se trata de un lugar «enterrado en las profundidades del suelo» en el que apenas se ve y «el más mínimo ruido» retumba en los oídos de los presos. Antes que a las visitas de los torturadores, los detenidos terminan temiendo algo mucho más omnipresente e inconcreto: «El tiempo, que se esparcía como un olor a putrefacción, era allí nuestro peor enemigo». Para combatirlo, lo que hacen es contarse historias, de un modo que remite a fórmulas clásicas, como 'Las mil y unas noches' o 'El Decamerón', libro que uno de los presos refiere con toda la intención. Al fin y al cabo sus protagonistas también están atrapados y amenazados por un peligro mortal. Otro prisionero pregunta si ese libro transcurre en Estambul. La respuesta que obtiene: «Para nosotros todas las ciudades son Estambul».

Las historias que cuentan los prisioneros alternan la experiencia personal con la ficción, la leyenda urbana con el disparate o la proyección de los propios deseos. Poco a poco, esas historias van tejiendo una especie de mapa impresionista de la ciudad, lleno de secretos, poesía, personajes excesivos y sentido del humor. Hay ocasiones en que los presos tienen que contenerse para evitar que sus carcajadas lleguen al exterior. La realidad de la prisión, la violencia, su oscuridad, se entremezcla con las narraciones luminosas que comparten los cautivos.

Burhan Sönmez consigue que ese contraste se convierta en un canto a la dignidad humana y en una postal agridulce e incitadora de Estambul. Lo hace trasladando con inteligencia la fascinación de las narraciones tradicionales a un escenario de horror contemporáneo. Y recordándonos, a través del cautiverio de sus protagonistas, la clase de felicidad accesible que aguarda sobre la superficie del mundo. «Por debajo de la puerta de la celda sopló un viento marítimo. Juntos volvimos nuestras miradas hacia la puerta. El viento, que soplaba hacia el interior rozando el hormigón, trajo consigo el olor a mar y lo dejó sobre nuestros pies descalzos. (…) Respirábamos aquel olor y reteníamos el aire en nuestro interior antes de que abandonara la celda y volviera a su lugar de origen en el Bósforo».

El fino arte del haiku

Jon Kortazar

Matsuo Basho (1964-1694) es considerado el máximo representante de la elaboración del haiku, ese breve y esencial poema japonés que en su extensión de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas es capaz de componer una imagen que deja en suspenso al lector y le invita a una exploración interior. Juego entre imagen exterior e introspección interior, el haiku ha sido considerado como expresión exacta del arte de la contemplación.

Gracias al empeño de Beñat Arginzoniz, como editor y traductor, el lector puede acceder a la 'Poesía Completa' de Matsuo Basho, en una publicación que reúne su colección de haikus, y gozar de 1.012, la mitad inéditos en castellano. No hace falta subrayar la importancia de este trabajo que viene a completar la lectura del gran poeta japonés que fue capaz de influir de manera central en la poesía occidental de principios del siglo XX.

Cualquier conocedor de la poesía de los haikus ha gozado de su enorme poder de seducción y complejidad de significados. El poema, que es frontera con la finura absoluta, reúne en una frase imagen e idea de manera que el lector puede dejar volar su sentido de la interpretación: «Cuando el cerezo/ florece, nada sé/ como el poeta». En esta edición, que se volverá recordada, los poemas se complementan con notas cronológicas y anotaciones que ofrecen noticias sobre el sentido que el poeta quiso dar a estos poemas sublimes, porque el haiku compite con la mirada en sutileza.

Nadie tiene la receta

Elena Sierra

A José Antonio Pérez le conoce mucha gente por muy diversos motivos. Del humor sobre la actualidad del blog Mimesacojea a los programas de contenido científico, pasando por artículos de opinión, colaboraciones en la radio y sus guiones cómicos para la tele (para 'El Hormiguero', por ejemplo, o monólogos). Ninguna de esas caras es la que se encuentra en sus novelas, que ya va por la segunda. Las historias de sentimientos, porque así es como las definen las editoriales, son lo que le gusta llevar a las librerías. 'Esto no es una historia de amor', de 2016, fue la primera. Ahora acaba de publicar 'Un lugar al que volver', plagada de personajes en busca de la felicidad, o al menos de motivos y momentos para no sentirse tan mal como se sienten.

Son, explica el autor, historias normales de personas normales. Tomás es un divorciado en paro, Tess una interiorista en crisis matrimonial. Ambos tienen hijos con los que no hay manera de llevarse bien -o tan bien como desean-. Se conocen, viajan juntos, descubren algo sobre cómo estar mejor

Pero no todo. Y eso es de agradecer en esta trama, que nadie tiene la respuesta de nada, nadie tiene la receta del éxito en la vida (bueno, uno cree que la tiene pero es un imbécil, así que no cuenta). Por muchas vueltas que dan los personajes nada se resuelve de repente con una iluminación, con un encuentro imposible que les lleva a ese sitio en el que, dicen, se comen perdices. Ese recurso del que tanto se abusa para que los lectores cierren el libro entre confeti, aquí no está.

En el lado negativo, le sobran algunos secundarios de los que se cuenta todo su pasado y que alargan la lectura sin aportar gran cosa.

Oriente

'Oriente' tiene como protagonista a un profesor universitario que ronda los sesenta años que, tras la muerte de su madre, tiene acceso a una serie de cartas muy personales y comprometidas que habían permanecido celosamente guardadas durante años y cuyo contenido le llevará a hacer una relectura de su propia vida y la de sus padres, profundamente marcadas y zarandeadas por las distintas y complicadas relaciones sentimentales y pasionales que han mantenido. Sin duda, el gran logro de la novela reside en una escritura que sabe penetrar en las eternas contradicciones humanas y en la atmósfera bella, sugerente, onírica incluso, con la que el autor consigue envolver unas historias que a fin de cuentas son variaciones del fracaso amoroso.

Rialto 11

«Yo tenía una librería en Sevilla». Así comienza 'Rialto 11', un libro en el que Belén Rubiano narra de manera novelada su experiencia de librera en su ciudad natal, que no es una experiencia cualquiera porque para ella ese oficio va unido a una insobornable pasión por la lectura. Es esto lo que lo hace singular y emocionante en un tiempo en que las librerías van desapareciendo y en el que el mundo editorial se halla tan contaminado de intereses comerciales. La librería de la plaza de Rialto, «tan hermosa como pequeña, de techos altísimos y elegantes molduras» también cierra como tantas en estas páginas, pero le deja al lector el sabor inolvidable de esa pasión, de ese sueño impagable y esa aventura; de las vivencias contadas con amor, humor y delicadeza.

Raúl Guerra Garrido 2019

'Raúl Guerra Garrido 2019' celebra el cincuentenario de la publicación de 'Cacereño', la novela en la que el escritor donostiarra de adopción narró el drama de la inmigración en el País Vasco. Una decena de autores rinden homenaje a este novelista al que el abertzalismo radical le quemó en julio de 2000 su farmacia de San Sebastián. A autores del mundo del euskera, como Arantxa Urretabizkaia, Lourdes Oñederra, Aritz Gorrotxategi, Anjel Lertxundi, Ramón Saizarbitoria o Felipe Juaristi, se suman otros en castellano como Luisa Etxenike, Santiago Aizarna, Edurne Portela o Fernando Aramburu, quien recuerda cómo nunca se produjo en su apoyo una acción colectiva del gremio literario, «ni en su caso ni en el de tantos otros, como no fuera a título personal».

Diccionario escéptico

El diccionario escéptico es un clásico de internet. La web (www.skepdic.com) la creó el filósofo estadounidense Robert Todd Carroll (1945-2016) en 1994 y seis años después la publicó en forma de libro con una selección de 400 entradas. Ahora, José Fonollosa (Vinaroz, 1974) ha dado forma al 'Diccionario escéptico ¡en cómic!', una obra que en 66 entradas ilustradas -ninguna supera las dos páginas- desmonta algunas pseudociencias y mitos contemporáneos como la radiestesia, la homeopatía, la Atlántida y la tan de moda Tierra plana. Con sentido del humor y desparpajo, el autor disecciona cada tema basándose en lo que años de estudios serios han demostrado. Una delicia y una magnífica introducción al pensamiento crítico.