Lecturas

Las nueve críticas literarias de la semana

El escritor extremeño Luis Landero./Virginia Carrasco
El escritor extremeño Luis Landero. / Virginia Carrasco

El escritor extremeño cuenta en 'Lluvia fina' una historia de viejos rencores familiares que afloran en torno a la celebración del octogésimo cumpleaños de una madre triste y autoritaria

Luis Landero, el mal y la infelicidad

Iñaki Ezkerra

Con 'La vida negociable', publicada en 2017, la narrativa de Luis Landero se adentraba en un territorio éticamente inhóspito que contrastaba con la calidez y la candidez moral que transmitían los personajes de sus novelas más conocidas. El personaje que ahora les proponía a sus lectores, aquel Hugo Bayo que desde niño aprendía a sacarles partido a los secretos culpables e inconfesables de los adultos hasta derivar en un sujeto maleado y despegado de los afectos familiares, indicaba que en el universo novelesco de este escritor se había producido un cambio sustancial: había hecho acto de presencia el mal, en un estado puro y gratuito. Incluso el 'afán', esa entrañable forma del deseo de superación personal que llevaba a sus más humildes y grises protagonistas a soñarse como no eran -prósperos, guapos, heroicos…- comparecía como un sentimiento pervertido, y transformado en una petulancia exenta de encanto y de grandeza. En 'Lluvia fina', su nueva entrega novelística, no hay un personaje tan natural y desinhibidamente taimado como aquel Hugo de su obra anterior, pero es como si el mal hubiera dejado poso en la narrativa landeriana para convertirse en una atmósfera de fatalidad que lo enrarece todo y que pudre las iniciativas más benignas y desinteresadas de sus personajes.

La propia aseveración con la que se inicia el libro -«Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes»- y que se repite, de forma recurrente aunque con diferentes variaciones, a lo largo de sus 268 páginas como un estribillo o un 'leitmotiv' musical, explicita esa impregnación maligna en las palabras y conductas de todos los personajes. Y así, la iniciativa inocua de Gabriel, el filósofo, de convocar a la familia en su casa para celebrar los ochenta años que cumple su madre se convierte en la compuerta que abre un torrente de malos recuerdos, de viejos agravios y enconados rencores. Su hermana Andrea, una mujer acomplejada que abraza las banderas del animalismo, el vegetarianismo y el 'rock metal', sigue sin perdonar a su madre que planeara la boda de su hermana Sonia, cuando era una adolescente, con el hombre del que ella estaba secretamente enamorada, un tal Horacio que les llevaba a las dos más de veinte años y que regentaba un boyante comercio de juguetes. Sonia a su vez no le perdona a Horacio, con el que tuvo dos hijas y del que ya está divorciada, unos escabrosos y violentos episodios sexuales de naturaleza sadomasoquista que le hacen verlo como un pervertido. Tras ese fracasado matrimonio, sale con un tal Roberto, pero en realidad está enamorada de Dorita, una empleada del negocio de su exmarido. Ambas hermanas no le perdonan tampoco a Gabriel que fuera el preferido de la madre, y esta no le perdona a la vida su viudez pobre, que la obligó a trabajar duramente de practicante, callista y corredora a domicilio de artículos de mercería y perfumería. La madre, con su boca y su moño prietos, su carácter severo y agrio, es, sin duda, el personaje más potente del libro.

Hay dos personajes más en esta historia que son la antítesis diurna de la madre sombría y autoritaria. Uno es el padre muerto cuyo recuerdo evoca, en su personalidad alegre e histriónica, el impulso soñador del que surgía en los 'Juegos de la edad tardía' la hilarante fantasía del Gran Faroni. De hecho, ese padre -se nos recuerda- fantaseó en su día con el retrato de un emperifollado militar decimonónico que hallaron en el estreno de una nueva casa hasta convertirlo, ante sus hijos, en el Gran Pentapolín, un ilustre, políglota, aventurero, mágico y disparatado antepasado, que es un elocuente guiño a la primera novela de Landero. El otro personaje diurno es Aurora, la mujer de Gabriel, un ser angelical al que acude toda la familia para contarle sus cuitas y más embarazosos secretos. Pero, de la misma manera que sobre el recuerdo alegre del difunto padre fantaseador se ciernen las sombras de la mirada inquisitorial de la esposa, el propio don benéfico de Aurora para hacer el papel de confidente va perdiendo calidad moral según el texto avanza y según va calando en este personaje un sentimiento de cansancio no solo físico, del cual la 'lluvia fina' del título sería una metáfora, así como la propia percepción del lector de que esa disposición para escuchar a los otros presenta un lado siniestro, como el de Alicia, la hija de Aurora, aquejada por una enfermedad congénita. 'Lluvia fina' es una magnífica y desoladora novela en la que la promesa de felicidad se diluye bajo el constante goteo de un agua que no es limpia.

Historia de supervivientes

J. Ernesto Ayala

Cuando yo creía que ya estaba todo escrito y todo publicado sobre Auschwitz, resulta que aparece otro libro, en muchos aspectos tan desolador como los restantes, pero con un cierto sabor a final feliz. Se trata de 'El chico que siguió a su padre hasta Auschwitz. Una historia real'. Precisamente el último libro que adquirí sobre este dantesco asunto histórico, fue 'Auschwitz, los nazis y la solución final', de uno de los mayores expertos en esta materia, Laurence Rees, editado en su edición original en 2005.

El libro que comento hoy, como aclara su subtítulo, se basa en una historia que ocurrió. Relata las peripecias padecidas por la familia de judíos vieneses Kleinman y de su andadura vital hasta llegar a las cámaras de gas. Pero no todos acabaron allí. Kurt, el hermano pequeño, se salvó porque sus padres lo enviaron con unos familiares a Estados Unidos. Dos hijas, Edith y Herta, de Gustav Kleinman y su mujer Tina, terminaron en los crematorios. Además del pequeño Kurt, Gustav Kleinman y su hijo mayor Fritz se salvaron. Y justamente aquí es donde interviene la escritura del autor de este conmovedor libro. El meollo de este texto estriba en el hecho de que Fritz, una vez encarcelado en distintos campos de concentración hasta llegar al de exterminio, decide seguir a su padre, que entonces tenía 53 años. Decide no abandonarlo y ayudarlo a sobrevivir. Jeremy Dronfield lo que hace es leer e interpretar un diario que llevaba Gustav, una libreta que nunca fue concebida para ser publicada, pero que sin embargo a Dronfield le sirvió de mucho. Luego también este entrevistó a los descendientes, familiares y al mismo Kurtz para armar su relato.

Padre e hijo pasan de campo en campo. Son trasladados en aquellos fatídicos trenes de la muerte hasta Buchenwald (donde estuvo Jorge Semprún), luego a Auschwitz, de donde milagrosamente salieron con vida, hasta terminar en Austria en el campo de concentración de Mauthausen, que en principio no estaba pensado para gasear a nadie, pero en donde la gente moría de hambre, palizas o de un tiro en la cabeza si le venía en gana a cualquier guardia, y donde también se moría en la escalera que conducía a su fatídica cantera (No olviden que en este campo fue vital el papel de Francesc Boix, fotógrafo catalán que escondió los negativos de las fotos que se sacaban a los presos según iban entrando a ese infierno. Esos negativos Boix los usó como pruebas irrefutables contra los verdugos en los juicios de Núremberg).

Otro libro imprescindible de leer para impedir olvidar lo que cuenta.

Gente de Brooklyn

Pablo Martínez Zarracina

Jennifer Egan ganó el Pulitzer en 2011 con 'El tiempo es un canalla' (Minúscula), una novela espectacular y sarcástica que se ocupaba de la pérdida de la juventud y que la propia autora situaba entre Proust y 'Los Soprano'. Aquel libro arrancaba en la década de los setenta, con la furia del punk y la contracultura, y llegaba hasta un futuro inminente lleno de tecnología e incertidumbre. Entre sus alardes experimentales, algunos que dieron que hablar: un capítulo con forma de una presentación de 'PowerPoint' y otro en el que se parodiaba el exhibicionismo de la prosa de Foster Wallace.

Lo primero que llama la atención en el que, ocho años después, es el siguiente trabajo de ficción de Egan es su ortodoxia, casi su seriedad. 'Manhattan Beach' es una novela que se atiene a las fórmulas clásicas del género y presenta mucha más ambición que estruendo. Su objetivo es explicar una ciudad y un tiempo, en este caso el Nueva York que va de la Gran Depresión a la Segunda Guerra Mundial, a través de los Kerrigan, una familia irlandesa de Brooklyn. En la escena inicial del libro, Anna Kerrigan acompaña siendo una niña a su padre a una gran casa en la playa de Manhattan. Acuden a visitar a un hombre misterioso y a su manera encantador. Mientras juega con la niña de la casa, Anna advierte de un modo tangencial la fuerza intimidatoria que desprende su anfitrión. También cómo, en su presencia, la personalidad de su padre parece mostrar una mezcla novedosa de miedo, interés y sumisión. Jennifer Egan es una sutil retratista psicológica. Y en esta novela sus personajes funcionan como planchas que se imprimen por la matriz de la historia. El resultado es una gran novela sobre Nueva York, un texto que debe situarse entre los mejores que en este particular subgénero han podido escribir autores próximos generacionalmente a la autora, como Michael Chabon o Jonathan Lethem.

Al final de la novela, Anna Kerrigan ya no es una niña, sino una mujer «pálida y de ojos oscuros» que se ha abierto camino en el mundo duro y masculino de los astilleros. Su padre se ha convertido mientras tanto en una ausencia misteriosa. Y el hombre de la gran casa en la playa se nos ha revelado por completo como un poderoso gánster, un aspirante al trono de la ciudad, para el que el bien y el mal quizá no sean tan relativos. Sobre todos ellos ha actuado de un modo decisivo una época que les ha negado el sosiego, la más mínima promesa de estabilidad, y les ha impuesto en muchos casos un desafío moral. El Nueva York que intentaba resurgir del desastre del 29 choca contra una guerra que impone la abolición de la privacidad y la certeza de la muerte, lo que provoca una especie de efervescencia de los secretos. El modo en que Jennifer Egan muestra el sometimiento a las fuerzas de la historia de unos personajes que nunca aparecerían en los libros de historia es remarcable. La naturalidad con la que ese realismo social llega a mezclarse con un particular simbolismo poético, en este caso relacionado con la presencia constante del océano en el libro, es por momentos brillante. Solo cierta tendencia a atar cada hilo de la narración con un exceso de premeditación y un énfasis que llega a rozar el didactismo, menospreciando la capacidad del lector para atar cabos, entorpece una historia muy notable, poderosa, de infrecuente solidez.

La belleza natural

Elena Sierra

'Un año en Sand County' comienza, y en eso el título lo condensa bien, con el paso de los meses, de enero a diciembre, en un lugar de Wisconsin. Ese año ocurrió hace muchos años, y reflejaban toda una larga historia al mismo tiempo que apuntaban hacia el fin de ella. Lo que trataba de reflejar el escritor y naturalista Leopold, un enamorado del medio que sentaría las bases del conservacionismo tal y como lo conocemos, era la maravilla del mundo en el que vivimos, y también el peligro de destruirlo. Los árboles seguían creciendo -y cortar uno era asistir a una narración histórica en otra clave- y los gansos seguían pasando un par de veces al año por encima de su cabeza, pero en sus textos se va dando cuenta de la desaparición de especies. El último ejemplar de algún pájaro hacía tiempo que había sido visto u oído; la última raíz de determinada especie acababa de ser arrancada de la tierra. Fauna y flora, sí, y con ello, los estilos de vida asociados.

El libro de Leopold sigue siendo hoy tan válido como cuando lo escribió en la década de 1940. Su defensa del entorno natural, tan necesaria como entonces. Ahora, con más datos en la mano. Y, además, lo que dice (de una manera bellísima) no solo sirve para ser aplicado a nuestra relación con el medio ambiente, sino a otros ámbitos de la existencia humana. Cuando se habla de las máquinas que harán el trabajo de las personas, de inteligencias artificiales que nos ayudarán a no tomar decisiones, de adiestrarnos en unas habilidades y no en otras, merece la pena preguntarse, como él, si el precio que vamos a pagar es justo, si realmente queremos caminar ese camino. Si «es posible que la educación sea un proceso de intercambio de conciencia por cosas de menor valor».

Otra novela más

Eduardo Laporte

El selecto catálogo de Libros del Asteroide, con jugosos rescates recientes como el de 'Claus y Lucas' u 'Operación Masacre', pierde algo de lustre con esta novela. No hay nada que chirríe, nada que moleste; es más, hay fases en que se lee con sostenido interés, por esa relación epistolar clandestina entre dos amantes platónicos que quieren ir más lejos, a pesar del freno que supone sus respectivos familiares. Y la moral. Una moral cristiana que arroja luz pero también es fuente de tormento en cuanto que traición a unos valores.

Nada hay, pues, que echar en cara a la autora de 'El sermón del fuego', pero tampoco una potencia literaria que nos atrape. Porque toda la novela tiene un sabor predecible, a lo largo de un tema tan gastado como es la infidelidad sin que se ofrezca un ángulo que renueve nuestro interés. A decir verdad, sí que resulta algo incómodo, por artificioso, el diálogo epistolar entre Maggie y su tentador James, un poeta que, sin pretenderlo, o precisamente por ello, acaba resultando arrogante. Qué difícil es lograr la naturalidad literaria; quizá el modo más eficaz sea evitando replicar la realidad e inventar una nueva.

Por razones tan misteriosas como el propio hecho literario, la trama no consigue seducir, como tampoco la paniaguada relación entre Maggie y su marido. El estilo resulta plano, no abundan escenas que ofrezcan un peso literario y, de hecho, a menudo hay páginas que coquetean con el tono de folletín de quiosco. Sí revisten en cambio valor las digresiones de corte teológico, místico, como esa cita a Milton en que se habla de una cópula tan elevada que no interviene el sexo, la interpenetración intelectual de los ángeles. Buenos mimbres, pero no tantos como para levantarle la vitola de otra novela más.

Después de medianoche

La escritora alemana Irmgard Keun gozó de un gran éxito en su país hasta que, en 1933, los nazis secuestraron sus libros y la obligaron a exiliarse. Tras la ocupación nazi de Holanda en 1940 y la separación de su compañero Joseph Roth, volvió a Alemania clandestinamente hasta el final de la guerra y murió a inicios de los 80, cuando los alemanes la redescubrieron. Minúscula recupera ahora 'Después de medianoche', la que está considerada como su mejor novela y en la que cuenta la historia de Sanna, una joven de 19 años que ve contrariado su proyecto de abrir una tabaquería con Franz, su novio, cuando este es acusado de comunista por un tabaquero vecino que no desea tener competencia. Un gran retrato de una sociedad sumida en la indignidad, la delación y la cobardía.

La hija de la española

Karina Sainz (Caracas, 1982) publicó en 2007 dos libros de carácter periodístico ('Caracas hip-hop' y 'Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales') y 'La hija de la española' es su primera novela. En ella cuenta la peripecia de Adelaida, una compatriota de 38 años, por huir de la Venezuela bolivariana cuando muere su madre. Después del entierro, su casa es convertida por una horda de mujeres en un almacén de cajas de comida destinadas a venderse al triple de su valor en nombre de la Revolución. Adelaida llama entonces a la puerta de su vecina, y descubre que ha muerto. En el salón de esta se topa con una carta que le comunica que le han concedido el pasaporte español. La protagonista sólo tiene que usurpar la identidad de la muerta para huir de la pesadilla.

El fin del fin de la tierra

El escritor Jonathan Franzen triunfó en 2002 con su novela 'Las correcciones' y alcanzó el éxito definitivo con 'Libertad' en 2011. El sello Salamandra, que ha editado ambas, publica ahora 'El fin del fin de la Tierra', una colección de artículos en la que caben los homenajes a novelistas como Edith Wharton o William T. Vollmann o a fotógrafos como Sarah Stolfa; crónicas de viajes a Nueva York, Filadelfia, Jamaica, Santa Lucía, Albania, Centroamérica o África; diatribas contra políticos como George W. Bush y Trump; cantos a las aves más hermosas y extrañas del planeta que se hallan en peligro de extinción y advertencias sobre un futuro ecológicamente incierto. El título, que no es una ironía, alude a la amenaza climática del deshielo difícil que pende sobre la Antártida.

Las legendarias aventuras de Chiquito

En 'Las legendarias aventuras de Chiquito', el prestigioso pintor, ilustrador gráfico e historietista Sergio Mora nos brinda un lujoso volumen que narra, a través de divertidos textos y de dibujos que responden a una estética de viñeta de cómic, las rocambolescas peripecias vitales del célebre cómico Chiquito de la Calzada, fallecido el 11 de noviembre de 2017. El libro sigue, uno a uno, los pasos de una biografía plagada de anécdotas reales, aventuras insólitas y leyendas indemostrables. Juega con los mitos reales y los inventados del humorista, como el de que se codeó con Steven Spielberg; el de que le enseñó el 'moonwalker' a Michael Jackson; el de que se fue de parranda con Iggy Pop o el de que cantó con la Princesa Leia. Un merecido homenaje a un genio del humor.

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