Las nueve críticas literarias de la semana

El rastro

Iñaki Ezkerra

Desde 1975, Andrés Trapiello acude todos los domingos al Rastro de Madrid como otros van a misa. Hasta 1980 esa visita dominical la hacía solo y a media mañana, como también la hacía por su cuenta el poeta y crítico Juan Manuel Bonet. Desde una madrugada de 1980, en que este último se dejó caer, después de una noche de copas, por esas empinadas calles y comprendió, como si se tratara de una revelación, que hasta entonces se habían estado perdiendo «lo mejor» de aquel pintoresco mercadillo, los dos amigos hacen juntos, a partir de las ocho de la mañana, ese recorrido que Bonet sólo interrumpió durante los cinco años en que dirigió el Instituto Cervantes de París. De este modo, puede decirse que 'El Rastro' es un libro en el que Trapiello ha vertido toda esa larga experiencia de vagabundeos semanales entre libros, cuadros, fotos viejas y cachivaches que se ha prolongado durante cuarenta y tres años sin interrupción; un libro que se divide en cuatro grandes partes: 'Breve historia del Rastro', 'Meditaciones y conjeturas (Para una teoría del Rastro)', 'Intermedio sentimental o práctica del Rastro' e 'Iluminaciones del Rastro'. Dichos títulos son significativamente elocuentes y enuncian de modo preciso su contenido. Y es que, si bien el texto parte del contexto cronológico y concreto de esos cientos de tenderetes que se alinean en torno a la Ribera de Curtidores, va abriéndose según se avanza en su lectura hacia la vivencia personal del autor así como al propio concepto de 'rastro' en su sentido más amplio, genérico, y abstracto; en su dimensión más atemporal y más universal.

«El Rastro es difícil de pensar», dice Andrés Trapiello en el primer renglón de este ensayo, anunciando, así, su propósito de «pensar el Rastro»; de captar la esencia de ese fenómeno; de explicar su porqué, su significado y las razones por las que resulta atractivo o despierta fidelidades inquebrantables en determinadas personas. Y, «pensando el Rastro», nos da de este una interminable colección de definiciones que rebaten todos los falsos lugares comunes. Frente al tópico de que esa institución callejera es algo estático y detenido en el tiempo; de lo agónico y lo mortecino; de lo cochambroso y lo sórdido; de lo antiguo y lo pasado de moda; de lo tenebroso y lo deprimente; de lo conservador y lo reaccionario o de lo errado y lo opresivo, Trapiello nos brinda una definición heraclitana –«El Rastro es el fluir»– o sostiene que «el Rastro es el lugar de las resurrecciones»; que «el Rastro es un lugar de poesía, de sutilezas»; que «el Rastro es surrealista un par de siglos antes que el manifiesto de Breton»; que «el Rastro es el paraíso»; que es el puro igualitarismo entre los objetos visitados y los sujetos que los visitan; que «el Rastro es el último bastión de la libertad»…

En ese compendio de definiciones que van salpicando estas páginas, llama especialmente la atención la que hace de ese recinto en el marco histórico del franquismo y que también rompe un lugar común. «El Rastro fue –según el autor leonés– una especie de reserva natural de la cultura» que conservaba «lo que se había editado antes de la guerra, lo que se había editado fuera de España y lo que editado en España, tras la guerra, había caído en el desprestigio». Trapiello nos recuerda aspectos incómodos no ya solo de la Dictadura sino de la propia oposición a esta, como el hecho de que los autores que consideraba desprestigiados la propia Universidad española, cautiva de las extranjeras, que a su vez se hallaban dominadas por los exiliados, no eran unos cualquieras sino escritores de la talla de Manuel Machado, Ridruejo, Foxá, Cunqueiro, Sánchez Mazas, Risco, Torrente Ballester, Josep Pla…

'El Rastro' es un libro documentado hasta la erudición y a la vez ameno; un texto luminoso que solo lo podía escribir Trapiello por su experiencia autobiográfica, por el conocimiento del tema y por la pasión que deja traslucir cuando lo aborda; por un sincero amor a ese mundo sobre el que lo sabe todo y con el que consigue construir no ya una teoría sino una mística con sus propias consignas, leyes y reglas de oro, como las que imponen acudir a ese ritual sin ducharse y «en ayunas, como los verdugos». «En el Rastro nadie pregunta mucho», apunta asimismo en un esclarecedor prólogo no exento de humor cuando compara el anonimato y la discreción del asiduo visitante de esos puestos con la oscura procedencia de las mercancías que en ellos se exhibe o con el anónimo legionario de la canción: «Nadie en el Tercio sabía/ quién era aquel legionario…»

El vendedor de tabaco

J. Ernesto Ayala

Un inmenso placer regresar al mundo novelesco del escritor (y actor) austriaco Robert Seethaler. En estas mismas páginas, reseñé el año pasado su anterior novela, 'Toda una vida', un canto a la soledad esencial. Si esa novela ocurría en la Austria rural, la que ahora presento, 'El vendedor de tabaco', transcurre entre la Viena de 1938, cerniéndose sobre ella la amenaza nazi, y la ocupada por el ejército de Hitler y toda su demencial parafernalia. El tenebroso Anschluss.

Todo comienza cuando el joven de provincias Franz Huchel es enviado a Viena para trabajar de dependiente en una tabaquería. Al dueño de dicho establecimiento le falta la pierna que perdió en la Primera Guerra Mundial. Por lo demás su principal objetivo es ser atento con su clientela, además de leer todos los días los diarios. Mientras tanto, Franz se desenvuelve con eficacia. Un día entra a la tienda un señor muy importante, por la esmerada atención que le dedica su dueño, ante el asombro de Franz. Se trata ni más ni menos que del célebre doctor Sigmund Freud.

En un momento dado, Franz decide que debe encontrar a alguien a quien amar. Se dirige al Prater y allí conoce a una chica con la cual entabla una curiosa relación que lo afecta muy profundamente. Un amor que dada la velocidad con que se fraguó se parece mucho a esos enamoramientos supersónicos que sólo se dan en las óperas. Pero la chica tan pronto como aparece, desaparece para desesperación de Franz. A todo ello, un día Franz contacta con Freud. El célebre fundador del psicoanálisis entabla con el joven de provincias una rápida relación. Freud siente afecto por el joven y este, además de afecto, una admiración y un respeto instintivo. Franz no tiene la cultura que se necesita para aprovechar las enseñanzas del improvisado maestro, pero sí la suficiente sensibilidad natural para intuir su importancia.

En Austria ya se ha producido el Anschluss. Viena se llena de nazis de todo pelaje. El acoso contra los judíos cada día es más pronunciado. Franz se reencuentra con la chica del Prater. Esta lo conduce un día hasta un sórdido tugurio vienés, un antro como sacado de un cuadro expresionista, donde ella ofrece sus encantos por unas monedas. Un día desaparece para siempre de la vida de Franz para liarse con un soldado nazi.

'El vendedor de tabaco' es algo más que una novela de época. Es un retrato moral de cómo una ciudad y sus habitantes venden su alma al diablo para seguir con sus vidas como si no pasara nada. Y además está la figura de Freud. Perfecta conjunción de vida, tinieblas y arte.

Ellos

Pablo Martínez Zarracina

Francine du Plessix Gray nació en Varsovia en 1930. Hija de una gran dama rusa cuya majestuosidad causaba «el impacto psicológico de un spray de pimienta» y de un miembro de la nobleza francesa que murió combatiendo con De Gaulle, su biografía está a la altura de la sonoridad de su nombre. Por si faltase brillo, su padrastro era hijo de un colaborador de Lenin y llegó a convertirse en uno de los editores más influyentes de Nueva York. En casa de la autora las anécdotas familiares iban de Gengis Kan a la Rusia revolucionaria, involucraban príncipes, espías y artistas y se detenían en los salones de París. Los nombres de Maiakovski, Cecil Beaton o Marlene Dietrich resultaban tan rutinarios como los de cualquier pariente.

Autora de varias novelas y biógrafa del marqués de Sade y Simone Weil, Francine du Plessix compone en 'Ellos' un retrato familiar que destaca por su amplitud, nitidez y viveza mientras esquiva el peligro de la idealización con una mezcla muy singular de penetración y descaro. El resultado es un texto excepcional y valioso que apenas se ve lastrado por cierta inercia testimonial mediada la narración. En el centro de ese retrato genealógico, la autora, su madre y su padrastro, «tres nómadas dispersos durante décadas por guerras y revoluciones» que sin embargo consiguieron conformar un hogar. Uno cosmopolita, en el que se hablaba ruso, francés e inglés y en el que se tenía una concepción «homérica» de la hospitalidad mientras se cultivaba la generosidad «opulenta». También uno en el que podía no tenerse presente la conveniencia de que una niña de diez años desayunase cada día antes de ir al colegio de algún modo que no fuese cogiendo un taxi por su cuenta.

La madre de Francine du Plessix, Tatiana, desplegaba una de esas personalidades que funcionan como grandes focos de atracción gravitatoria. Bastaba su presencia excesiva para que todo girase en torno a ella. Conoció el hambre en Moscú, el exilio en París, donde se enamoró de Maiakovski, y el éxito en Nueva York, donde se convirtió en una de las diseñadoras de sombreros favorita de las estrellas de cine y la alta sociedad. El padrastro de la autora, Alexander Liberman, fue durante décadas el director editorial de revistas como 'Vogue' o 'Vanity Fair'; un hombre de modales impecables, muy dotado para el lujo y el ascenso, que adoraba a su mujer y evitaba por todo los medios que cualquier asunto llegase a perturbarla.

El matrimonio era original, extraño, ambicioso y deslumbrante. El modo en que Francine du Plessix reconstruye su intimidad (mitad homenaje, mitad disección) termina siendo lo más apasionante de un relato que contiene historias tan apasionantes como las expediciones por África y Asia del tío Sasha (el pintor Alexandre Iacovleff) o la invasión nazi de Francia. La autora, que se reconoce en unas últimas páginas memorables como la «única guardiana» de la memoria de los suyos, se aplica a esa custodia sin subterfugios, desvelando el dolor pero matizando su crudeza con elegancia. Por ejemplo: «Las tácticas que usaban para mantener el mito de su matrimonio perfecto eran similares a las utilizadas para erigir la fachada propagandística del gobierno soviético: nunca debía admitirse que hubiese ni una grieta en la perfecta sociedad, aunque fuese claramente percibida por los observadores externos».

Guerra y trementina

Elena Sierra

Está el mundo plagado de héroes anónimos, de personas que han vivido de todo y que, aún más importante –sobre todo para ellas y para quienes las rodean–, han sido capaces de superarlo, de integrarlo (o no, pero al menos han podido convivir y seguir adelante con alguna ilusión). El abuelo materno del escritor flamenco Stefan Hertmans fue una de esas personas. Nació en una familia muy pobre a finales del siglo XIX, empezó a trabajar de niño, su padre murió cuando él era muy joven, su madre se volvió a casar con un tipo bastante desagradable, y vivió la Primera Guerra Mundial. La historia no se detiene ahí, pero es el eje de 'Guerra y trementina', una historia de no ficción en la que el autor recupera las memorias del abuelo y condimenta con reflexiones sobre casi todo: la vida, las familias, el paisaje, el tiempo, el arte...

El arte fue el salvavidas del abuelo, el único alivio a la amenaza constante de la muerte, al dolor absoluto. El nieto le cede una buena parte de la novela a las palabras sobre la guerra que aquel dejó escritas, sin interferencias, mientras que en otros capítulos va desenredando la vida de su antecesor hablando de sí mismo. Es un ejercicio literario que hemos visto mucho en los últimos tiempos, pero no hay que buscar la novedad: lo importante es que se haga bien, que aporte sentido, que invite a la reflexión al tiempo que a disfrutar de las letras. Y Hertmans hace todo eso. El único pero al libro viene por el lado de la edición en castellano y es que las muchas frases en inglés y, sobre todo, en francés, del original no se merecen ni una nota al pie, y eso impide, por muy optimista que quiera ser el editor, que todos los lectores se enteren de todo.

El hilo invisible

María Bengoa

En 'El hilo invisible' una exitosa guionista de documentales se enfrenta a un dilema vital: su marido quiere ser padre y ella no; eso le hace dudar del futuro de su matrimonio. Además, el guión del documental científico que prepara se le resiste y recibe una sorprendente invitación de una bisabuela para celebrar su centenario en la isla de Batz y pasar allí el mes de agosto. Aceptará la invitación, que en principio le parece un disparate, con el propósito de despejar dudas mientras disfruta de unas vacaciones en Bretaña. Pero allí encontrará un misterio familiar cuyo origen se remonta a la Segunda Guerra Mundial. Con toda esta tela que cortar la novela vuela entre intrigas y la preparación de un documental sobre Rosalind Franklin. La protagonista reivindica con visión de género el papel decisivo que esta científica inglesa tuvo en el descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN en 1953; su trabajo como precursora no fue reconocido por sus colegas masculinos que obtuvieron el Premio Nobel en 1963 cuando ella ya había muerto. A lo largo de la novela construye un convincente guión sobre el documental. Pero su situación vital no le resulta tan diáfana, avanza con dificultad por los misterios del pasado y duda sobre el futuro que le espera al volver de vacaciones. Sus dudas nos invitan a posicionarnos ante el papel de la mujer en la sociedad. Hay muchos personajes femeninos interesantes en esta novela, algunos históricos como Rosalind Franklin y la pintora Remedios Varo; otros de ficción, como la bisabuela Yvonne, cuya recia personalidad cautiva. Mujeres que orientan su vida escapando del exclusivo mandato social de la maternidad y quieren emplear su tiempo en otras cosas.

La hermana favorita

La editora y periodista Jessica Knoll es la autora de 'La hermana favorita', una novela que combina la parodia sociológica con el género policíaco y que tiene como escenario un 'reality show' neoyorquino que termina en un asesinato. El programa se llama 'Dig Diggers' y a él acuden cinco mujeres bellas, exitosas y competitivas entre las que hay dos hermanas de las cuales una no vivirá para contarlo. Knoll satiriza la falta de escrúpulos de los clásicos ejecutivos de las cadenas televisivas que planean esa clase de espectáculos de telebasura en los que las invitadas se dedican a ventilar chismes y tirarse venenosos dardos con el exclusivo objetivo de atraer la atención morbosa del espectador. Y satiriza también el tópico de la complicidad y la solidaridad del género femenino.

Palermo es mi ciudad

'Palermo es mi ciudad' es un libro en el que la escritora italiana Simonetta Agnello Hornby narra y describe los lazos que le unen a esa localidad en la que nació, pero de la que vivió alejada durante su niñez, que trascurrió en Agrigento, hasta que su familia decidió regresar a la capital de la isla de Sicilia cuando ella tenía trece años. La autora presenta este regreso a Palermo como una recuperación del paraíso, de un pequeño universo formado por unos colegios mejores de los que dejaban atrás; por sus tíos y sus primos, que vivían a unos pasos; por los amigos y el personal de servicio así como por las tardes en el cine, los buenos conciertos… Pese a esa idealización de su ciudad natal, el texto no ignora las heridas que había abierto la guerra y las que abriría la especulación urbanística.

Kentukis

Para escribir su distópica novela 'Kentukis', la argentina Samanta Schweblin ideó una inquietante y futurista generación de artefactos tecnológicos con un inocente aspecto de peluches que, además de saciar la necesidad de compañía y de comunicación en el consumidor le obligan a establecer con alguien desconocido un contacto al que se accede con una clave y que dura lo que las pilas del juguete. El Kentuki es en realidad una fusión desasosegante de dos realidades electrónicas ya conocidas: los 'tamagotchis', que demandaban la atención de su propietario como una mascota real y la videoconferencia, que permite al usuario desayunar con alguien que está en otra ciudad. El problema surge cuando ese invento conlleva una relación de espionaje y poder.

Cabezas cortadas

En 'Cabezas cortadas', Pablo Gutiérrez cuenta la historia de María, una joven desorientada cuyos sueños de dejar atrás una realidad mediocre, una vida tediosa y unas viejas heridas, así como de vivir emociones en el extranjero, la llevan a instalarse en una degradada megalópolis de un futurismo distópico y fantasmagórico que presenta a los inmigrantes recluidos en suburbios y perseguidos por siniestras brigadas de voluntarios. María se agarra a un sueldo modesto que la obliga a largos desplazamientos y a un cuaderno de 50 peniques en el que escribe recuerdos sombríos y pensamientos destructivos durante ese trayecto al trabajo. El texto se sitúa en la novelística contestataria de la crisis y en la denuncia de la muerte del futuro para las nuevas generaciones.

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