Lecturas

La novela que Galdós no escribió

El escritor Carlos Mayoral, autor de 'Un episodio nacional'./ VIRGINIA CARRASCO
El escritor Carlos Mayoral, autor de 'Un episodio nacional'. / VIRGINIA CARRASCO

Carlos Mayoral se vale del material periodístico con que el autor canario narró el crimen de la calle Fuencarral para armar el relato que este dejó en borrador

EDUARDO LAPORTE

De las mujeres no le interesaba su espíritu, sino su vida y hasta sus trampas». Esto lo dijo Baroja, a propósito de Galdós, en las 'Semblanzas' compiladas por Caro Raggio en 2013. Y, a pesar del tósigo del dardo, no le falta razón al escritor vasco, como demuestra el interés que puso en el famoso crimen de la calle Fuencarral, que implicó a dos mujeres. Una, la muerta, Luciana Borcino, una viuda de la burguesía madrileña que un 2 de julio de 1888 apareció carbonizada en la cocina de su casa, junto a su perro, extrañamente adormilado. Otra, Higinia Balaguer, sirvienta de la señora Borcino, y a la que el tribunal condenaría al garrote vil dos años después. En el ajusticiamiento, tres singulares personajes: el joven Baroja, Emilia Pardo Bazán y el periodista que había firmado para el periódico argentino 'La Prensa' las crónicas de un suceso que dio la vuelta al mundo. Porque a la intriga por ver quién había sido el ejecutor de tan truculento crimen se unía también una subtrama muy propia de su siglo: la lucha de clases. Ese año se había creado en España la UGT, organización sindical que tomaba el testigo de los movimientos sociales llegados antes a otros países de Europa.

Con todos estos y otros materiales, Carlos Mayoral (Madrid, 1986) compone 'Un episodio nacional' (Espasa), la novela que Galdós nunca escribió sobre el histórico crimen, pero para el que legó unos borradores de excepción: las citadas crónicas. Recogidas y prologadas por Rafael Reig en 2003 (Lengua de Trapo), en opinión de Mayoral se trata de unas «crónicas planas», que no muestran todo el potencial de quien tenía a sus espaldas obras como 'Fortunata y Jacinta'. O la misma 'Miau', que escribió en apenas unas semanas entre febrero y marzo, meses antes del crimen que rescata Mayoral para su reto literario, en vísperas del centenario del famoso escritor (4 de enero de 2020).

«Son unas crónicas en las que no termina de mojarse ni de desentrañar al personaje. Actúa como un cronista al uso y se dedica a contar sin grandes riesgos lo que sucede», detalla Mayoral. Así, el escritor pone en contexto las circunstancias del crimen, pero también biografía a su manera la vida del propio Galdós, al introducir, por ejemplo, a Emilia Pardo Bazán, con quien mantiene una relación, y a un personaje llamado Melquíades que representa esa bohemia de los Alejandro Sawa y compañía y que resulta clave en la novela. Llega de provincias para recibir el padrinazgo literario de nada menos que Benito Pérez Galdós pero, aún verde en la vida, frecuentará más las tabernas de vinazos que las bibliotecas para lograr así, sin querer queriendo, acarrear las suficientes «torturas en la memoria» necesarias para escribir.

«Escribir la novela me ha enseñado que no hemos cambiado tanto, se repiten los mismos errores»

'True crime' castizo

Las fronteras entre ficción y no ficción parecían entonces más marcadas que en la actualidad. No habían llegado aún los padres del Nuevo Periodismo americano, como Truman Capote y su 'A sangre fría', o el patrio, como el Chaves Nogales de 'El maestro Juan Martínez que estaba allí'. Galdós, cuenta Mayoral, opta entonces por un registro frío, casi notarial, del crimen. Entre las razones, el respeto por el entorno: personajes vivos para los cuales Galdós, explica Mayoral, sentiría demasiado respeto. «Los tenía demasiado cerca como para hacer ficción».

Mayoral, gran conocedor de esa época bisagra de la historia literaria española (como demostró en 'Empiezo a creer que es mentira', publicado en Círculo de Tiza), recrea con gran detalle aspectos del proceso gracias al material que previamente le ha puesto el propio Galdós en bandeja. Como los del ajusticiamiento por el garrote vil al que le abocó la sentencia: «Fallamos que debemos condenar y condenamos a la procesada Higinia Balaguer Ostalé, por el delito complejo de robo con homicidio, a la pena de muerte, que se ejecutará en forma que determinan los artículos 102 y siguientes del Código Penal».

Llega la hora, la última, y a Higinia se le concede una «pitanza» de despedida a su gusto: sopa castellana con doble ración de huevo duro, merluza dorada y de postre, guindas en almíbar. Se le permitió incluso una hora de siesta antes del sueño eterno, pero la inquietud en Higinia no tardó en llegar. Tanto como para que tuviera que intervenir el médico de la cárcel, un tal Rufilanchas, famoso por sus inyecciones gigantes que no eran letales sino tranquilizadoras. Las pulsaciones de Higinia estaban en 122. Le sorprenden al autor esos cuidados paliativos en un contexto tan particular. «Todo es mucho más afín al presente de lo que creemos. Escribir la novela me ha enseñado que no hemos cambiado tanto, me he dado cuenta de lo cíclico de la historia, del espacio, de cómo se repiten los mismos gestos, los mismos errores».

Lucha de clases

¿Qué tenía este crimen, uno más en la España de finales del siglo XIX, para que suscitara tanto interés? Porque hasta la remota Argentina, gracias a las crónicas que Benito Pérez Galdós enviaba a 'La Prensa', se siguió el caso con notable interés. ¿Las razones? Algo más que el morbo connatural al ser humano por las desgracias: un caso en el que se dirimía una soterrada lucha de clases. Se generó incluso una división entre los 'higinistas', más afines a la acusada, y los 'varelistas', que no creyeron en la implicación de uno de los principales sospechosos, el 'Pollo' Varela, hijo de la víctima, clásico retrato del señorito parrandas que dilapida la fortuna en vicios varios.

Sin dudar de la responsabilidad de la considerada autora material del crimen, Mayoral se alinearía con los 'higinistas' al considerar que «la historia ha tratado mal» a Higinia y le parece muy significativo que, con tantos implicados, solo fuera una la que pagara el pato. Diputado en dos periodos por partidos de corte progresista, sensibles en principio a los padecimientos de los desfavorecidos, Galdós tendría algo de voz de los sin voz. Así lo recrea al menos, en una licencia poética, el autor de 'Un episodio nacional', con el encuentro con un joven médico metido a panadero que se considera a sí mismo «lector» y que se presenta como Pío Baroja y Nessi. El futuro escritor califica de «admirable» lo que está haciendo por Higinia, y le recuerda que todo Madrid lo sabe y lo valora. Porque Baroja cree que es posible convertir «en héroes a esas pobres gentes». Ese es el espíritu con el que abordaría al menos su famosa trilogía de 'La lucha por la vida', con 'La busca' y la deriva de Manuel Alcázar, el polo opuesto a los señoritos sin escrúpulos como el 'Pollo' Varela.

Dice la leyenda que la condenada al torniquete fatal tuvo aún fuerzas para exigir cuentas con un tenebroso «¡Dolores, catorce mil duros!», dirigida a su supuesta cómplice, presa en la cárcel Modelo de Madrid. «Preferí no incluir la frase en la novela porque no está claro que sea verídica. Pero estuve muy tentado, porque me parecía muy literario», reconoce Mayoral, fiel a esas reglas no escritas con respecto a la fidelidad histórica, aunque se escriba desde el supuestamente libre territorio de la ficción.